martes, 25 de junio de 2013

Arte Contemporáneo / Mondongo en el MAMBA

PROBAR MONDONGO
N.F.

Entre las muestra que se exhiben  en el  Museo de Arte Moderno de Buenos Aires (MAMBA) se encuentra la de Mondongo (colectivo artístico compuesto por Agustina Picasso, Juliana Laffitte y Manuel Mendanha).


La exposición, curada por Kevin Power,  se compone de los trabajos realizados por el grupo desde 2009 hasta la fecha, y se presenta dividida en dos ejes temáticos: Retratos  y Paisajes. En ambos segmentos, encontramos diversas expresiones  y  técnicas variadas, no obstante (y, aunque tengamos que tomar un ascensor que nos lleve de una sala a otra para seguir viendo la muestra –como si fuese parte de la propuesta artística-)  el conjunto se lee como una unidad. Todo lo amalgama la libertad expresiva y  la destreza y la autoridad artística con la que los artistas dominan el material.


Más que retratos
Los retratos están trabajados con hilos de algodón sobre madera.  Parece increíble que con este material se consiga un resultado tan realista, una imagen tan fotográfica  y a la vez con tantas sutilezas.
Entre los retratos llama particularmente la atención el de Rodolfo Fogwill. La expresión conseguida es  tan poderosa que trasmite, sin mayores necesidades de interpretaciones, la fuerte personalidad del escritor devenido en modelo para la ocasión, cada trazo, expresa su nervio, su carácter, su energía.


Aparte de los retratos, en esta misma sala, encontramos unos cuadros que se insertan dentro de la pared del museo y que juegan con la idea del espacio y la perspectiva casi como una ironía, dado que ambos conceptos se hacen cuerpo en la profundidad del mismo cuadro. Completa este grupo  un, desde lejos, verdadero-costillar- de- vaca- disecado- producto- por- el -efecto- del- desierto,  que en principio parece una traspolación de ese elemento  al ámbito museo, y desde cerca  (como en casi toda la producción artística de este grupo),  nos guiña el ojo cuando ese hipotético resabio animal se manifiesta  realizado con monedas de cinco y diez centavos de curso legal.

Natural mente
Las obras de los paisajes (¿los, el?) se encuentran en otra sala.  La lectura comienza en un extremo y termina en el otro, en ese recorrido van pasando cosas. Va cambiando el panorama, vamos deslumbrándonos. 



Todo es un conjunto se compone de quince cuadros de aproximadamente dos metros de alto por tres de largo, dispuesto como una gran cinta,  curva, armada con cada obra  una al lado de otra, dando continuidad a todo un relato natural del paisaje -boscoso, casi selvático-  entrerriano. 



Lo que queda delante de nuestros ojos es altamente realista  sólo hay que animarse a dar un paso para entrar en ellos y comenzar a correr enloquecidamente en aquellos matorrales. Pero lo más original del tema es el material: está realizado todo en plastilina. Ramas que se escapan de los planos, el barro  que casi salpica, el ruido del agua, la  humedad que se nos impregna, los olores más o menos densos según el punto donde nos hallemos, los sonidos de los animales, todo eso está presente, no hay alegoría todo es real.


En este contexto, cada cuadro nos pide compromiso, complicidad, como en el juego de “Buscando a Wally”, no paramos de encontrar  elementos nuevos, cada mirada nos lleva a descubrir un detalle, nos hace entender  la composición del paisaje y esto, a su vez nos hace comprender  al arte que expresa este grupo de nombre tan particular.

domingo, 23 de junio de 2013

Literatura / Cuento: Oropeles / Premio Narrativa

1° PREMIO NARRATIVA
XXXV EDICION CONCURSO INTERNACIONAL
“HERMANDO CONTINENTES”
Otorgado por el
INSTITUTO CULTURAL LATINOAMERICANO
JUNIN –PROVINCIA DE BUENOS AIRES - ARGENTINA





Oropeles
Nicolás Fratarelli
         
             Es un bar común. No tiene ninguna característica especial. No hay nada que lo destaque. No tiene ninguna particularidad, ninguna historia. Es el café al que suelo ir por las tardes, cuando el sol  comienza a dar sombras largas.
             El café se puede confundir con cualquier otro. Hay cientos de cafés como este en la ciudad. Apenas guarda una curiosidad: Tiene cortinas de tela que uno puede correr si le molesta el sol, y  hojas de vidrios que se abren para arriba y que cualquiera puede regularlas  cuando entra el viento o comienza a llover. 
             Su clientela es gente suelta. Estudiantes, profesores, empleados, algún que otro comerciante de la zona,  algún taxista.

“Tenía sólo 17 años cuando conmovió al mundo por primera vez. En los juegos de Beijing 2008 la joven somalí disputó la carrera de los 200 metros”

             El bar se encuentra en una esquina. La esquina tampoco tiene nada de particular salvo que enfrente hay dos bares más y en diagonal arreglan electrodomésticos en la vereda. Desde aquí se pueden ver heladeras, lavarropas, cocinas. Prismas blancos de distintas alturas. En este mismo momento se escuchan unos golpes y un par de voces con acento dominicano que convienen donde golpear. Pero, más allá de esto,  la esquina en sí misma es como cualquier otra esquina de Buenos Aires.
             El bar está en Monserrat, o en Constitución, no estoy seguro. Pero no importa, podría estar en Flores, Liniers o en cualquier otro barrio.
             Al bar lo atienden bien, su dueño es amable y solícito. Es un gallego que a veces escucha pasodobles. Lo elijo porque es un lugar tranquilo, el volumen de la televisión es casi imperceptible -muchas veces está directamente apagada, algo raro en estos tiempos-   y generalmente tiene libre alguna mesa pegada a la ventana. Desde allí puedo ojear la calle mientras miro el diario. Es mi templo zen, mi centro de meditación. 

“Llegó última a diez segundos de las ganadoras. El estadio entero la ovacionó”

             Como decía al principio el lugar es amigable pero no tiene historia. No es El Federal, ni La Poesía, ni el Británico, lejos está de ser La Paz y mucho más lejos aún de parecerse al Richmond o al Florida Garden. Salvo algún que otro músico virtuoso que suele venir esporádicamente, no es un bar que convoque artistas, ni políticos, ni intelectuales. Apenas es un bar cualquiera, es mi bar y como tal para mí resulta un bar notable.

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(La patera se hace llamar embarcación)

             Abre la puerta, camina como si evitara hacer ruido. Abre la valija y sin decir palabra, me muestra sus oropeles dorados. El negro, ese joven negro que se me acerca es alto, fornido, de nariz ancha y tiene una sonrisa africana. Este no hace como otros africanos que despliegan en la vereda una mesa con los trastos enganchados en un pañolenci color rojo, ni abre, cerca de la estación terminal,  un paraguas de tela que actúa de vidriera mostrador. El negro que entra, el negro africano, muy negro, con las palmas de las manos tan negras como el resto de su piel, lleva la misma mirada triste que el resto de los africanos que andan por la calle pero tiene una gran diferencia. Mientras a ninguno vi sonreír éste muestra sus dientes blancos y una sonrisa que, aunque la suelte  por razones comerciales,  resulta extraña por lo infrecuente.
             Este joven negro, no es la primera vez que entra al bar, por el contrario todas las tardes suele pasearse tratando de vender sus oropeles dorados. Esta tarde apareció como tantas otras tardes. Y como siempre, como si fuera la primera vez que se me acerca, abrió su valijita y me ofreció sus productos sin emitir palabra, con su sonrisa en  blanco y negro como único gesto.

 (El negro viene a ganarse unos pesos en estas tierras que descubro hostil para él)

             Todas las veces lo despido con un “gracias” y continúo con mi actividad trivial, por lo general descartable.  Pero ese día frío,  para mí no fue igual que otro.  Ese día le compré una de sus joyas, un reloj dorado, que nunca usaré ni regalaré.

 (Iba a decir una de sus baratijas, pero me doy cuenta a tiempo y corrijo la forma despectiva del  término) 

             Pero sépalo usted que está leyendo,  mi compra no fue un acto solidario, por el contrario  fue un hecho egoísta, otro más. Fue una acción qué sólo buscaba amortiguar  mejor el golpe recibido por la noticia que había terminado de leer en el diario de la tarde, ese de distribución gratuita.

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             Todo estaba organizado. Todo listo. Un manojo de personas, veinte, treinta, dos millones, fue subiendo con ansias sobre un objeto inconsistente que flotaba en las aguas de un mar que no prometía certezas. Cada sueño levantaba las piernas y cruzaba esa barrera de madera que alguna vez fue árbol; cada esperanza, descalza, con sus pies mojados, bañaba el piso de la embarcación que se movía inevitablemente a medida que ingresaba otra y otra, y otra esperanza.
             Y así la patera se fue llenando, y  con su capacidad colmada  -digamos de personas, digamos de deseos, digamos de angustias-  partió de algún lugar de la costa de  Somalia con la idea  de llegar al Mediterráneo y hacer pié en el sur del sur de Italia.
             La patera sin despedirse se despegó de la orilla y con este primer movimiento  el deseo se hizo acción, y ese hatajo humano, inocente, inconsciente,  que comenzaba a posarse sobre el mar, sobre el mar que aterraba y a la vez inspiraba esperanza, sobre el mar que tenía una ruta tan estable como un hilo de coser, así  mismo, sin más,   ese cuenco preñado de almas en penas,  se lanzó a desafiar al mar, a un mar que no tenía nada de poesía, ni  de colores, a un mar que no tenía nada que perder, a un mar que se sabía fuerte, a un mar que esperaba paciente dar su a lucha cuerpo a cuerpo.
             Y  el agüita empezó a moverse, y con risa cínica dispuso bambolear la marcha de esa corteza. Y chocaron los címbalos. Y  de a poco se armó la escenografía: Y el sol comenzó a menguar: y el viento a ponerse firme; y el cielo fue tomando el color de la piel de los habitantes de la patera; y la lluvia fue dejando paso a la tormenta. Y las olas comenzaron a mover ese mortero como lo haría un sismo, para un lado y para otro, y los hombres y mujeres se tomaban fuerte de los bordes de la embarcación, y se aferraban al anhelo de que pase pronto la tempestad, y los que no llegaban a los bordes se tomaban de los brazos de sus acompañantes que quizá fueran compañeros, quizá compañía, quizá nada. Entonces algunos para vencer al miedo le rezaban en voz alta a su Dios, otros a sus muertos, otros a sus vivos. Pero hubo alguien que  eligió otro camino, el de la evasión, el de poner su mente en blanco, el de pensar en algo bueno en medio de un momento malo y dando la cara al viento, Samia, era  ella ese alguien, recordó el día que había sido capitana, el día que había llevado la bandera de su país para que todo el mundo la mire,  el día  que había sido el día  más feliz de su vida.

(Viento. Viento y lluvia)
(El bar no es gran cosa)
(No quiero llamar baratijas a los oropeles dorados para evitar malos entendidos)
(Viento. Viento y lluvia)

             Algunas barcas llegan. Esta no. Esta se dio vuelta. Se dio vuelta en el medio del mar. Esta no tuvo la suerte que tuvieron otras  de llegar a países donde lo trataran como a perros de la calle. Sus tripulantes no tuvieron la suerte de arribar a esas costas donde un grupo de gendarmes los juntaría en algún páramo de condiciones paupérrimas  para hacerlos regresar a su pobreza, y evitar así que infecten la virtud de los países prolijos, de esos que no tiran papeles en la calle y respetan al peatón en los cruces sin semáforos.
             Esta barca no llegó. No. No  tuvo esa fortuna. Sus integrantes no tuvieron la suerte de llegar a tierra firme para ser maltratados.  Su barca volcó. Se dio vuelta. Giró sobre sí misma, tiró montones de ilusiones al mar, armó una mancha negra en el agua, y el mar no se opuso a que sus fauces las devore.
              Algunas pateras llegan. Esta no, decía. El destino no quiso. Se opuso a  que llegara para que los carabineros arresten a sus tripulantes y  los aten y los sienten en el piso mientras esperan que arribe el barco de carga que los aloje de nuevo al lugar de  donde nunca debieron salir.  Estos negros, no tuvieron esa suerte. Estos ojos apenas si pudieron ver por última vez el cielo que como un techo se les cayó encima, apenas si  advirtieron resignados el momento en que  el mar implacable le daba vuelta su barca, apenas si sintieron el sabor del agua salada que le llenaba sus pulmones, apenas si razonaron de como el mar jugaba del lado de los vencedores, de los que siempre ganan las carreras olímpicas, de los que invariablemente suben al podio.

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             El café se me enfrió. (Le voy a pedir otro al mozo que ahora está escuchando una zarzuela).  El negro que tantas veces me ofreció sus oropeles y que esta vez tuvo éxito conmigo, antes de irse a otra mesa -con la transacción terminada- me hizo unos comentarios que jamás entendí. Su idioma, su voz gruesa y pastosa dejaron un mensaje al que no pude llegar. Lo creí una botella al mar.
             El negro será de Senegal, del Congo, de Costa de Marfil, de Sierra Leona, de Nigeria, no lo sé, lo dudo como dudo si el bar queda en Monserrat  o en Constitución. Imagino que habrá subido como polizón, y viajado escondido en algún rincón del barco, en alguna bodega, en la sala de máquinas cerca de las hélices. Lo imagino llegando otra vez con los pies mojados, yendo a la casa de  algún compatriota para que lo reciba y lo  instale en un hotel de mala muerte de los tantos que existen cerca de esta esquina.
             Al lado del reloj dorado que tiene destino de cajón de mesa de luz quedó el diario de la tarde, ese de distribución gratuita.  Volví a tomarlo, y esta vez, con cierto recelo, pavor y culpa releí la noticia.
             La ventana cerrada evitaba que se fuera el calor del lugar. Los últimos rayos de sol pasaban entre las cortinas de tela y golpeaban contra el dorado del reloj. El título de la noticia decía:

“EL PEOR FINAL DE UNA ATLETA”

             Y  su copete agregaba:

“Una somalí murió al intentar llegar a Italia clandestinamente”

             Al lado de la nota que se encontraba en página impar, en la sección “el mundo”;  a la izquierda de las veinte columnas que desplegaba la noticia, se destacaba la foto de la atleta. Su  imagen más conocida, la que le tomaron de medio cuerpo el día de la competencia. Allí Se la ve con mirada lejana y gesto resignado. Lleva una remera blanca y una vincha con el isotipo de Nike que parece ser parte de una ironía. Debajo un epígrafe:

“Samia emocionó al mundo en 2008, al llegar última en la carrera de los 200 metros”.

             La joven africana de la que habla la nota  es Samia Yusuf Omar.

“En estos días Omar vuelve a ser noticia pero por un hecho trágico: la joven atleta falleció ahogada mientras intentaba llegar a las costas italianas de manera clandestina en una pequeña embarcación.”

             El negro recién ahora cierra la valija y sale por la puerta a navegar por otros bares. Enfrente se siguen escuchando los golpes que los dominicanos le dan a los prismas de lata.
             El informe cierra recordando una declaración de Samia:

“Ha sido una experiencia bellísima haber portado en las olimpíadas la bandera mi país. Algo inolvidable”

El bar no es gran cosa.  No tiene gran historia.

(El sol bajó. El reloj ahora no brilla)

miércoles, 5 de junio de 2013

Literatura-Ensayo / Florencio Sánchez

Florencio Sánchez
El Nómada de Banfield
Nicolás Fratarelli
Publicado en el Banfileño.  Mayo 2013. Nº6. Año 1.
Ilustración Andrés Alvez



Mientras miraba por la ventanilla del tren, tosía. Cruzaba los Alpes. Retornaba a Italia. De Suiza lo habían echado amablemente. Lo habían rechazado de hoteles y hospitales. La Svizzera no quería tuberculosos. Que te curen en Milán uruguayito.
La ilusión de que las montañas alpinas lo aliviasen de su enfermedad duró poco.

Desde la ventanilla del tren miraba su pasado. ¿Qué se movía el tren o el paisaje? ¿Él o su historia? ¿Es que acaso el pasado es historia, o el relato de ese pasado la convierte en tal?

Florencio transitaba por las vías desde hacía treinta y cinco años. Transitó esas vías de la vida como pudo. Molestó a todos los que merecían ser molestados. Fue un tábano con un aguijón alerta.

Florencio Tosía. Tosía y  estaba solo, ya había despilfarrado 3000 francos en Niza como si nada, lo había hecho en un casino, lo había hecho como desahogo, como  fechoría más que como diversión. Todo el dinero que le habían pagado por una de sus obras había quedado lapidado. Y bueno la obra era Los Muertos. ¿Derroche? pero ¿qué es el dinero? sino apenas eso, tenerlo por unas horas en el bolsillo, apenas, por un rato. Algo tan efímero como la salud. Lo tuvo y lo gastó. Lo ganó vendiendo y malvendiendo sus obras. Todas sus obras. Porque todas  fueron malvendidas, porque por ninguna pagaron lo que realmente valía. 

En ese tren sentía lo mismo que aquel 13 de octubre de 1909, cuando bajaba en Génova del barco italiano “Príncipe di Udine”. Por esos días había dejado escrito: “…estoy desconsolado y con ganas de dejarme morir… me siento deprimido, triste, compungido, con ganas de llorar…”. Las cosas no habían cambiado demasiado en ese aspecto después de un año. Ahora iba en un tren que lo conducía a Milán, seguía llevando consigo, dentro de su equipaje escuálido, su angustia y sus pulmones tan dañados que apenas lo dejaban respirar.

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Florencio nació en 1875, en Montevideo. Fue uno de doce hermanos nacidos vivos. Tuvo como única formación regular haber asistido a la escuela primaria.
A los diecisiete años se radicó por primera vez en Buenos Aires. Desde ese momento no paró de girar. De  Montevideo a Rosario, de Rosario a Buenos Aires, de Buenos Aires a Montevideo  y así en círculos, ininterrumpidamente.

Las injusticias sociales lo llevaron a abrazar las ideas anarquistas, y a expandirlas. Sus textos tomaron como  referencia las lecturas de  Bakunin, Kropotkin, Reclus, Malatesta, luego vendrían otras: Zola, Ibsen, Strindberg.
Peleó siempre desde donde estuvo. Con su pluma y con su cuerpo. Las hormigas que llevaba en el corazón lo convertían en un espíritu inquieto.
Según palabras de Lisandro de la Torre  Florencio Sánchez era un “bohemio incapaz de someterse a ninguna disciplina”. Era cierto.

Para mil novecientos, con sólo veinticinco años, ya se había ganado un lugar destacado dentro del circuito  periodístico y en Buenos Aires comenzó a recorrer  los ambientes intelectuales y las oficinas de redacción de los principales diarios.
Luego inició su otro trabajo. Un trabajo imparable. Comenzó a crear su dramaturgia naturalista, realista, única, que lo llevaría a la fama: Gente Honesta, Canillita, M´hijo el Dotor, La Gringa, Barranca Abajo, En Familia… En solo cinco años (de 1903 al 1907) escribió más de quince obras que se transformaron en clásicos. En muy poco tiempo se convirtió en hito de la dramaturgia rioplatense.

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Tosía. Tosía y recordaba. Recordaba el día que fue a pedir la mano de Catita, de Catalina Raventos. Recordaba que una tía,  de quien luego sería su mujer,  le preguntó “¿Y usted con que cuenta joven?”. Sonreía por la pregunta pero aún más por su respuesta jactanciosa y soberbia: “con mi pluma señora, cuento con mi pluma”.  El pensamiento lo abstrajo. Amó con el alma a esa chica de buena familia. Él el anarquista, el bohemio, de quien había que tener cuidado por anticlerical, se casaba por iglesia con su gran amor y agradecía caer en los brazos de quien lo ayudaba a  “razonar juiciosamente”. En ese momento del viaje no tosió.  Le quedaban pocos días de vida. Lo sabía. Esos paisajes eran los últimos que vería. Morir en Milán, pensaba, morir tal lejos del Río de la Plata… 

El tren de los Alpes le recordaba a aquel  que iba de Constitución a Banfield. Acá cruzaba el Riachuelo que por aquel entonces no tenía olor. Acá cruzaba el Riachuelo el autor teatral más importante del Río de la Plata, uno de los más destacados de habla hispana. Acá cruzaba una gloria del teatro.

Sobre ese tren lejano, recordaba su época de esplendor, veía al público de pie aplaudiendo a uno de los más perfectos textos para teatro: Barranca Abajo.  Recorría sus puestas en el Teatro Apolo, veía decir sus textos a los grandes actores de la época.


Recorría con su mente, el momento en que se casó, cuando  fue a vivir con su mujer a Buenos Aires. Pasaba el dedo por el polvillo de los muebles de su casa de San Telmo.  Recordaba sus viajes, las orillas que lo contenían como si fuese siempre la misma, porque él fue un nómada de dos orillas, a las que siempre sintió como una, sólo una, siempre la  misma, sin distinción.

Desde Montevideo, en uno de sus tantos viajes Florencio le escribió a su amigo Luis Doello  para que le consiga  una casa en Banfield.  Su salud declinaba cada día un poco más y esto afectaba a su espíritu que pedía trozos de calma.

Para esa época  la zona sur era sinónimo de aire puro, como en Suiza, pero mejor, porque no echaba a nadie.  No por casualidad en Temperley se instalaba el anexo del Hospital Español para Valetudinarios y Crónicos (1904) no por casualidad el Asilo de alienadas (1908) -hoy Hospital Estévez-.

Releía de memoria la respuesta de su amigo, donde le informaba que le había encontrado la casa deseada.  Está “a tres cuadras al sur de la Iglesia; tres piezas, cocina, dependencias, una piecita alta, gallinero, huertecita, jardín al frente. Nada de tapias; alambre tejido y ligustrina”. La casa era la extinta Quinta Las Magnolias, en Medrano 440. Allí se instaló junto a su esposa, su hermano Alberto y su prima  Isabel.
Recordaba que con frecuencia sus amigos iban a visitarlos;  que usaban la pieza de huéspedes cuando “llevados por una conversación animosa” perdían el último tren para su regreso a la urbe.

Florencio amaba las aves. Tenía a Kivi, una calandria domesticada, a quien le hablaba y le enseñaba a entonar el Himno de los Trabajadores,  y una garza que lo seguía por las calles y arqueaba el cuello como un gato cuando Florencio le rascaba la nuca diciéndole “Juancito… Juancito…”.

Cuentan sus amigos que a Florencio le gustaba morder pétalos de flores en pleno trabajo. Cuentan de las rosas color té que crecían en el  jardín, cuentan que Catita las juntaba y que con ellas cubría todos los rincones de la casa, y vestía la mesa sencilla, de pino lavado, y disfrutaba de su aroma.
Cuentan que sobre su escritorio había frutas;  que hincaba las uñas sobre limones y disfrutaba con el perfume de su jugo.


Florencio vivió en Banfield. Podríamos decir que aquí vivió. Que fue aquí donde más vivió. Fue en Banfield donde le cortaba el codito de pan a su esposa, donde la sentaba en sus piernas, donde le decía Catita te amo. En otros lugares moró, residió, yiró, vagó, merodeó deambuló confraternizó discutió; desde otros lugares fue y vino, de Banfield también, pero aquí fue feliz.

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El tren lo dejó en Milán. Florencio se encontraba parado con  la valija en la mano decidiendo donde ir.  En la estación la marea humana lo esquivaba a paso rápido. Se había terminado el tiempo de los recuerdos. Tosía. A los pocos días lo internaron en el  hospital de caridad “Fate bene fratelli”. Allí murió. Demasiado joven. Fue un 7 de noviembre de 1910. Su legado continúa vivo.

Bibliografía Consultada

 Julio Imbert , Florencio Sanchez y una carta de Luis Doello Jurado. Buenos Aires. Ed.Pantomimas. 1953

Julio Imbert, Florencio Sanchez Vida y Creación. Buenos Aires. Ed. Paidós. 1954
Pedro Urquiza. Historia del Club Atlético Bánfield. Buenos Aires. Libro del Centenario del C.A.B.
Gabriela Braselli en Florencio Sánchez entre las dos orillas. Getea. Grupo de estudios de Teatro Argentino e Iberoamericano Osvaldo Pellettieri  y Roger Mirza editores. Buenos Aires, Ed. Galerna. 1998
Jorge Lafforgue, Florencio Sánchez. Buenos Aires, CEAL, 1967.
Luis Ordaz, Florencio Sánchez. Buenos Aires CEAL, 1971.
Ignacio Rosso, Anatomía de un genio: Florencio Sánchez. Montevideo, Casa del Estudiante, 1988.
Jorge Dubati, Florencio Sánchez y la introducción del drama moderno en el teatro rioplatense
Rita Gnutzmann Borris, Florencio Sanchez

sábado, 25 de mayo de 2013

Ensayo / El espacio público como amenaza

La ciudad mediática:
El espacio público como amenaza
Nicolás Fratarelli

Revista Contratiempo.
Año XI Nº3 primavera 2011 


El espacio mediático

Las ciudades se van impregnando cada vez de más frivolidad. Unas buscan parecerse a otras, siguiendo los esquemas urbanos considerados exitosos por el orden global, sin importar su posición geográfica, su cultura  y sus habitantes.

El discurso mediático, en manos de intereses privados, se aprovecha de las ingrávidas democracias  para caerles al acecho y desplegar sin pudor un relato de  ciudad a su medida, llena de corazas, pautas publicitarias, y preconceptos,  produciendo “ideas de ciudad, críticas, análisis, figuraciones, hipótesis, instrucciones de uso, prohibiciones, órdenes (y) ficciones de todo tipo.” (Beatriz Sarlo)

Estos relatos buscan proteger intereses sectoriales creando una ciudad mediática a su imagen y semejanza, despegada de la vida de quienes la habitan y la hacen diariamente.

Como la sábana que convierte a la nada en fantasma, el discurso omnímodo procura transformar lo soso en sustancia, reemplazando el debate con sobreinformación; exponiendo  un  catálogo de datos inútiles, lleno de slogans de fácil digestión, que busca opacar cualquier posición crítica que le haga frente y desautorizar cualquier propuesta alternativa de ciudad.

La intervención mediática sobre la ciudad transita por dos senderos: uno que muestra de forma exacerbada los problemas de la ciudad real, donde se propicia el miedo, y se les refriega  a sus habitantes los peligros y los riesgos que se corren en sus espacios públicos; y paralelamente otro, que ofrece  como solución una “ciudad ideal”, en donde se exaltan las ventajas de una ciudad vigilada, controlada, dirigida, sin conflictos sociales, con una población homogénea y de pensamiento uniforme, generando de este modo una representación que promete una falsa idea de bienestar y coincide con los negocios propiciados por quienes escriben estos guiones


Las sociedades actuales, atomizadas y  apáticas frente a la impiedad y a la injusticia,   prefieren ver en directo por la pantalla de televisión el eclipse lunar con tal de no levantar la persiana que muestra el cielo frente a sus narices. Ante cualquier acontecimiento que infrinja el orden conservador bajado por los medios hegemónicos solo espera una explicación audiovisual de algún pope bien pagado, echarse de costado, apagar la luz de noche y disponerse a dormir, dejando que los discursos dominantes completen los desdeñados intersticios participativos.

“Ciertamente, el poder siempre ha tratado de asegurarse el control de la comunicación social, sirviéndose del lenguaje como medio para difundir la propia ideología y para inducir a la obediencia voluntaria” (Zygmunt Bauman), sin embargo, frente al panorama descrito ya no es necesario el poder de un estado totalitario para lograr el control social. El poder invisible, la imposición masiva del relato mediático con fines determinados, reemplaza sus métodos aunque no sus fines.

Hoy los discursos de los medios de comunicación dominantes, convencen cordialmente sobre las bondades de su plan. Como nos dice Bauman, el secreto de toda socialización exitosa  reside en pugnar para que los individuos deseen hacer lo que sea necesario para que el sistema logre autorreproducirse y “esto puede realizarse abierta o explícitamente (…) inculcando o imponiendo (…) ciertos patrones de comportamiento”. La irónica profecía de  Aldous Huxley en Un mundo feliz,  “el secreto de la felicidad y la virtud es amar lo que uno tiene que hacer (donde todo) condicionamiento se dirige a lograr que la gente ame su inevitable destino social”,  parece cumplirse sin dolor.

Todo este bagaje mediático influye directamente en la conformación espacial de la ciudad, promueve el aislamiento de los actores sociales urbanos y desdeña el uso de los espacios públicos produciendo fragmentaciones y limitaciones de uso, y  predisponiendo  su espacio físico al simple acto funcional de circular o comprar. El acto de usar la ciudad, con el sentido de apropiársela, de sentirla de uno, de tomarla como la casa propia, de quererla y a la vez, de cuidarla, de desear mejorarla y de transformarla, termina siendo una idea sediciosa y conspirativa frente a los intereses de las corporaciones que buscan persuadir al habitante urbano que la ciudad es una amenaza, que transitar por sus calle es peligroso e inseguro y que los lugares públicos son de nadie (salvo cuando, desde los propios medios se llama a  protestar en contra de la “inseguridad”). 


De este modo, al espacio público de la ciudad, que desde sus orígenes fue un lugar impuro, un lugar de discusión, de controversia, de intercambio, de encuentro, hoy se lo pretende como un lugar de paso, prolijo, insulso, chirle, rodeado por una escenografía ajena, separada de la vida, al que el hombre urbano no tiene acceso.  La ciudad perfecta para este discurso es la no ciudad o bien la ciudad virtual, como brillantemente lo planteara Marc Auge, donde los “habitantes de esos espacios públicos convencidos que lo público, no les pertenece, pasan a ser espectadores (…) de una vida sin imperativos” (Gilles Lipovtsky) y simplemente se adecuan a acatar y a ocupar los  lugares que quedan vacante para beber de la fantasía del derrame. 


El espacio del Consumo

El relato mediático como cualquier producto perecedero, tiene fecha de vencimiento, y como mercancía desechable de permanente recirculación, necesita de un reacondicionamiento periódico. Para ello, debe ser eficiente y creíble y por lo tanto debe exponer la información y sus opiniones como verdades inobjetables.

En manos de las grandes empresas que transaccionan comunicación, el ideal de ciudad termina siendo un objeto de consumo más, como cualquier producto ubicado en la góndola de supermercado. Bajo este precepto el consumo termina siendo el único valor que redime a la ciudad y a su espacio público de los lugares conflictivos.

El mensaje estimula el sedentarismo social, o mejor dicho, más que al sedentarismo estimula a caminar en una cinta sin fin, que permiten hacer cientos de kilómetros, regular las velocidades y disponer de las dificultades preestablecidas, pero no moverse nunca del mismo lugar.

La ciudad mediática, es bien recibida por una sociedad desganada, sin espíritu de lucha, malcriada “por el facilismo del mercado de consumo, que promete hacer de cada elección una transacción segura y única, que no genera obligaciones a futuro” (Bauman).  Es bien recibida por una sociedad que lejos de sentirse parte de una comunidad, sueña con encontrar las soluciones de sus desventuras yéndose a otras ciudades (de países centrales) con topónimos que suenan a seguridad y buen vivir,  y al no lograr dicho objetivo, termina eligiendo -como el recurso menos malo- arrinconarse en barrios privados, en torres country o en alternativas similares; tomando, así, el atajo propiode esa vida de niños mimados, de riesgo mínimo, responsabilidad reducida o eludida, y subjetividad neutralizada a priori.” (Bauman)

La ciudad del consumo encuentra su horma en los zoológicos privados al estilo Temaiken, donde todo es pulcro, ordenado y estudiado en cada detalle. Donde no hay olor de animales y los sonidos de pájaros salen de altoparlantes; gusta de los grandes parques temáticos concesionados como el Parque Nacional Iguazú donde uno debe caminar por los senderos obligatorios, y mojarse la cabeza con agua mineral embasada porque el control espacial es tan grande que nadie puede acercar el cuenco de sus manos en los millones de hectolitros de agua que bajan por la increíble catarata que solo está para ser observada. De este modo el discurso mediático encuentra la virtud en “una ciudad simulada, controlada, compuesta por iguales, donde todo está previsto y es previsible (incluyendo la) felicidad encapsulada, segura y esterilizada.” (Zaida Muxi)



El espacio público como amenaza

Dice Habermas: “Por espacio público entendemos un ámbito de nuestra vida social, en el que se puede construir algo así como opinión pública. La entrada está fundamentalmente abierta a todos los ciudadanos. En cada conversación en la que los individuos privados se reúnen como público se constituye una porción de espacio público.”

En cada uno de estos ámbitos el habitante de la ciudad, interactúa con el otro, se proyecta, se refleja, se identifica con el otro.

El espacio público, es un lugar un lugar antropológico que al decir de Marc Auge “constituye las formas elementales del espacio social (…) donde los hombres se cruzan se encuentran y se reúnen”. Su posición en la ciudad la genera las intersecciones de los itinerarios “trazados por los hombres”

En estos centros, se entreteje lo individual con lo colectivo, se unifican diferencias, se unen heterogeneidades, se comparten experiencias, el hombre se identifica con el medio que lo cobija y en la interacción se produce identidades mutuas (del hombre con el medio y del medio con el hombre).

Los espacios públicos de la ciudad son generadores de un discurso propio y por si mismo critican a las expresiones que vienen de los medios de comunicación electrónicos. La ciudad “es un organismo vital que precisamente empieza a morir cuando el hombre no ve en él su reflejo, cuando no entabla una comunión con sus elementos, pero sobre todo, cuando de alguna manera no forma parte de sus problemas.” (Zenda Liendivit)

El espacio público asusta. Aterra. Con su vida propia y contradicciones, se opone a cualquier imposición externa. Las ciudades basan su carácter en estos espacios comunes, en estos espacios de todos. El relato mediático mediante el poder del mercado busca igualar a todas las ciudades, su ideal es hacer a todas parecidas a aquellas ciudades europeas protegidas por Unesco, con sede en Ginebra, Suiza, (país históricamente neutral de todo y modelo de lo insulso), que resultan insoportables de tan perfectas donde es impensado encontrar vida propia, transpiración, suciedad, alguna bacteria que contamine  de vitalidad. El mensaje dominante desea tener ciudades sin alma, sin nervio, sin fibra, igualadas por una manera de ser, donde sus habitantes actúen como turistas, o para ser más específicos, como turistas de museos quienes se adecuan -al igual que quienes se congregan “en los shoppings y en los espectáculos televisivos”- a la “imposibilidad de usar, de habitar, de hacer experiencia.” (Giorgio Agamben)  Frente a esto, el espacio público resiste y actúa como amenaza.

  
Notas
Beatriz Sarlo. La ciudad vista. Siglo XXI. Buenos Aires. 2009
Zygmunt Bauman. Vida de consumo. F. de Cultura Económica. Buenos Aires. 2007
Marc Augé. Los no lugares. Espacios del anonimato. Gedisa. Barcelona 2005
Zaida Muxi. La arquitectura de la ciudad global. Nobuko. Buenos Aires  2009
Gilles Lipovetsky. La era del vacío. Anagrama. Barcelona 2008
Jürgen, Habermas. Historia y crítica de la opinión pública. La transformación estructural de la vida pública. Ed. Gustavo Gilli. Barcelona. 2009
Zenda Liendivit. La ciudad como problema estético. Contratiempo. Buenos Aires. 2009
Giorgio Agamben. Profanaciones. Adriana Hidalgo. Buenos Aires 2005

jueves, 9 de mayo de 2013

Literatura / Italo Calvino: Por qué leer los clásicos

Por qué leer los clásicos
Italo Calvino  (1981)

Empecemos proponiendo algunas definiciones.
1. Los clásicos son esos libros de los cuales se suele oír decir: «Estoy releyendo...» y
nunca «Estoy leyendo...».
Es lo que ocurre por lo menos entre esas personas que se supone «de vastas lecturas»;
no vale para la juventud, edad en la que el encuentro con el mundo, y con los clásicos
como parte del mundo, vale exactamente como primer encuentro.
El prefijo iterativo delante del verbo «leer» puede ser una pequeña hipocresía de todos
los que se avergüenzan de admitir que no han leído un libro famoso. Para tranquilizarlos
bastará señalar que por vastas que puedan ser las lecturas «de formación» de un
individuo, siempre queda un número enorme de obras fundamentales que uno no ha
leído.
Quien haya leído todo Heródoto y todo Tucídides que levante la mano. ¿YSaint-Simon?
¿Y el cardenal de Retz? Pero los grandes ciclos novelescos del siglo XIX son también
más nombrados que leídos. En Francia se empieza a leer a Balzac en la escuela, y por la
cantidad de ediciones en circulación se diría que se sigue leyendo después, pero en
Italia, si se hiciera un sondeo, me temo que Balzac ocuparía los últimos lugares. Los
apasionados de Dickens en Italia son una minoría reducida de personas que cuando se
encuentran empiezan enseguida a recordar personajes y episodios como si se tratara de
gentes conocidas. Hace unos años Michel Butor, que enseñaba en Estados Unidos,
cansado de que le preguntaran por Emile Zola, a quien nunca había leído, se decidió a
leer todo el ciclo de los Rougon-Macquart. Descubrió que era completamente diferente
de lo que creía: una fabulosa genealogía mitológica y cosmogónica que describió en un
hermosísimo ensayo.
Esto para decir que leer por primera vez un gran libro en la edad madura es un placer
extraordinario: diferente (pero no se puede decir que sea mayor o menor) que el de
haberlo leído en la juventud. La juventud comunica a la lectura, como a cualquier otra
experiencia, un sabor particular y una particular importancia, mientras que en la
madurez se aprecian (deberían apreciarse) muchos detalles, niveles y significados más.
Podemos intentar ahora esta otradefinición:
2. Se llama clásicos a los libros que constituyen una riqueza para quien los ha leído y
amado, pero que constituyen una riqueza no menor para quien se reserva la suerte de
leerlos por primera vez en las mejores condiciones para saborearlos. En realidad, las lecturas de juventud pueden ser poco provechosas por impaciencia,
distracción, inexperiencia en cuanto a las instrucciones de uso, inexperiencia de la vida.
Pueden ser (tal vez al mismo tiempo) formativas en el sentido de que dan una forma a la
experiencia futura, proporcionando modelos, contenidos, términos de comparación,
esquemas de clasificación, escalas de valores, paradigmas de belleza: cosas todas ellas
que siguen actuando, aunque del libro leído en la juventud poco o nada se recuerde. Al
releerlo en la edad madura, sucede que vuelven a encontrarse esas constantes que ahora
forman parte de nuestros mecanismos internos y cuyo origen habíamos olvidado. Hay
en la obra una fuerza especial que consigue hacerse olvidar como tal, pero que deja su
simiente. La definición que podemos dar será entonces:
3. Los clásicos son libros que ejercen una influencia particular ya sea cuando se
imponen por inolvidables, ya sea cuando se esconden en los pliegues de la memoria
mimetizándose con el inconsciente colectivo o individual.
Por eso en la vida adulta debería haber un tiempo dedicado a repetir las lecturas más
importantes de la juventud. Si los libros siguen siendo los mismos (aunque también
ellos cambian a la luz de una perspectiva histórica que se ha transformado), sin duda
nosotros hemos cambiado y el encuentro es un acontecimiento totalmente nuevo.
Por lo tanto, que se use el verbo «leer» o el verbo «releer» no tiene mucha importancia.
En realidad podríamos decir:
4. Toda relectura de un clásico es una lectura de descubrimiento como la primera.
5. Toda lectura de un clásico es en realidad una relectura. La definición 4 puede
considerarse corolario de ésta:
6. Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir.
Mientras que la definición 5 remite a una formulación más explicativa, como:
7. Los clásicos son esos libros que nos llegan trayendo impresa la huella de las lecturas
que han precedido a la nuestra, y tras de sí la huella que han dejado en la cultura o en
las culturas que han atravesado (o más sencillamente, en el lenguaje o en las
costumbres).
Esto vale tanto para los clásicos antiguos como para los modernos. Si leo la Odisea leo
el texto de Homero, pero no puedo olvidar todo lo que las aventuras de Ulises han
llegado a significar a través de los siglos, y no puedo dejar de preguntarme si esos
significados estaban implícitos en el texto o si son incrustaciones o deformaciones o
dilataciones. Leyendo a Kafka no puedo menos que comprobar o rechazar la legitimidad
del adjetivo «kafkiano» que escuchamos cada cuarto de hora aplicado a tuertas o a
derechas. Si leo Padres e hijos de Turguéniev o Demonios de Dostoyevski, no puedo
menos que pensar cómo esos personajes han seguido reencarnándose hasta nuestros
días.
La lectura de un clásico debe depararnos cierta sorpresa en relación con la imagen que
de él teníamos. Por eso nunca se recomendará bastante la lectura directa de los textos
originales evitando en lo posible bibliografía crítica, comentarios, interpretaciones. La escuela y la universidad deberían servir para hacernos entender que ningún libro que
hable de un libro dice más que el libro en cuestión; en cambio hacen todo lo posible
para que se crea lo contrario. Por una inversión de valores muy difundida, la
introducción, el aparato crítico, la bibliografía hacen las veces de una cortina de humo
para esconder lo que el texto tiene que decir y que sólo puede decir si se lo deja hablar
sin intermediarios que pretendan saber más que él. Podemos concluir que:
8. Un clásico es una obra que suscita un incesante polvillo de discursos críticos, pero
que la obra se sacude continuamente de encima.
El clásico no nos enseña necesariamente algo que no sabíamos; a veces descubrimos en
él algo que siempre habíamos sabido (o creído saber) pero no sabíamos que él había
sido el primero en decirlo (o se relaciona con él de una manera especial). Y ésta es
también una sorpresa que da mucha satisfacción, como la da siempre el descubrimiento
de un origen, de una relación, de una pertenencia. De todo esto podríamos hacer derivar
una definición del tipo siguiente:
9. Los clásicos son libros que cuanto más cree uno conocerlos de oídas, tanto más
nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad.
Naturalmente, esto ocurre cuando un clásico funciona como tal, esto es, cuando
establece una relación personal con quien lo lee. Si no salta la chispa, no hay nada que
hacer: no se leen los clásicos por deber o por respeto, sino sólopor amor. Salvo en la
escuela: la escuela debe hacerte conocer bien o mal cierto número de clásicos entre los
cuales (o con referencia a los cuales) podrás reconocer después «tus» clásicos. La
escuela está obligada a darte instrumentos para efectuar una elección; pero las
elecciones que cuentan son las que ocurren fuera o después de cualquier escuela.
Sólo en las lecturas desinteresadas puede suceder que te tropieces con el libro que
llegará a ser tu libro. Conozco a un excelente historiador del arte, hombre de vastísimas
lecturas, que entre todos los libros ha concentrado su predilección más honda en Las
aventuras de Pickwick, y con cualquier pretexto cita frases del libro de Dickens, y cada
hecho de la vida lo asocia con episodios pickwickianos. Poco a poco él mismo, el
universo, la verdadera filosofía han adoptado la forma de Las aventuras de Pickwick en
una identificación absoluta.
Llegamos por este camino a una idea de clásico muy alta y exigente:
10. Llámase clásico a un libro que se configura como equivalente del universo, a
semejanza de los antiguos talismanes.
Con esta definición nos acercamos a la idea del libro total, como lo soñaba Mallarmé.
Pero un clásico puede establecer una relación igualmente fuerte de oposición, de
antítesis. Todo lo que Jean-Jacques Rousseau piensa y hace me interesa mucho, pero
todo me inspira un deseo incoercible de contradecirlo, de criticarlo, de discutir con él.
Incide en ello una antipatía personal en el plano temperamental, pero en ese sentido me
bastaría con no leerlo, y en cambio no puedo menos que considerarlo entre mis autores.
Diré por tanto: 11. Tu clásico es aquel que no puede serte indiferente y que te sirve para definirte a ti
mismo en relación y quizás en contraste con él.
Creo que no necesito justificarme si empleo el término «clásico» sin hacer distingos de
antigüedad, de estilo, de autoridad. Lo que para mí distingue al clásico es tal vez sólo un
efecto de resonancia que vale tanto para una obra antigua como para una moderna pero
ya ubicada en una continuidad cultural. Podríamos decir:
12. Un clásico es un libro que está antes que otros clásicos; pero quien haya leído
primero los otros y después lee aquél, reconoce enseguida su lugar en la genealogía.
Al llegar a este punto no puedo seguir aplazando el problema decisivo que es el de
cómo relacionar la lectura de los clásicos con todas las otras lecturas que no son de
clásicos. Problema que va unido a preguntas como: «¿Por qué leer los clásicos en vez de
concentrarse en lecturas que nos hagan entender más a fondo nuestro tiempo?» y
«¿Dónde encontrar el tiempo y la disponibilidad de la mente para leer los clásicos,
excedidos como estamos por el alud de papel impreso de la actualidad?».
Claro que se puede imaginar una persona afortunada que dedique exclusivamente el
«tiempo-lectura» de sus días a leer a Lucrecio, Luciano, Montaigne, Erasmo, Quevedo,
Marlowe, el Discurso del método, el Wilhelm Meister, Coleridge, Ruskin, Proust y
Valéry, con alguna divagación en dirección a Murasaki o las sagas islandesas. Todo esto
sin tener que hacer reseñas de laúltima reedición, ni publicaciones para unas
oposiciones, ni trabajos editoriales con contrato de vencimiento inminente. Para
mantener su dieta sin ninguna contaminación, esa afortunada persona tendría que
abstenerse de leer los periódicos, no dejarse tentar jamás por la última novela o la última
encuesta sociológica. Habría que ver hasta qué punto sería justo y provechoso semejante
rigorismo. La actualidad puede ser trivial y mortificante, pero sin embargo es siempre el
punto donde hemos de situarnos para mirar hacia adelante o hacia atrás. Para poder leer
los libros clásicos hay que establecer desde dónde se los lee. De lo contrario tanto el
libro como el lector se pierden en una nube intemporal. Así pues, el máximo
«rendimiento» de la lectura de los clásicos lo obtiene quien sabe alternarla con una sabia
dosificación de la lectura de actualidad. Y esto no presupone necesariamente una
equilibrada calma interior: puede ser también el fruto de un nerviosismo impaciente, de
una irritada insatisfacción.
Tal vez el ideal sería oír la actualidad como el rumor que nos llega por la ventana y nos
indica los atascos del tráfico y, las perturbaciones meteorológicas, mientras seguimos el
discurrir de los clásicos, que suena claro y articulado en la habitación. Pero ya es mucho
que para los más la presencia de los clásicos se advierta como un retumbo lejano, fuera
de la habitación invadida tanto por la actualidad como por la televisión a todo volumen.
Añadamos por lo tanto:
13. Es clásico lo que tiende a relegar la actualidad a la categoría de ruido de fondo,
pero al mismo tiempo no puede prescindir de ese ruido de fondo.
14. Es clásico lo que persiste como ruido de fondo incluso allí donde la actualidad más
incompatible se impone. Queda el hecho de que leer los clásicos parece estar en contradicción con nuestro ritmo
de vida, que no conoce los tiempos largos, la respiración del otium humanístico, y
también en contradicción con el eclecticismo de nuestra cultura, que nunca sabría
confeccionar un catálogo de los clásicos que convenga a nuestra situación.
Estas eran las condiciones que se presentaron plenamente para Leopardi, dada su vida
en la casa paterna, el culto de la Antigüedad griega y latina y la formidable biblioteca
que le había legado el padre Monaldo, con el anexo de toda la literatura italiana, más la
francesa, con exclusión de las novelas y en general de las novedades editoriales,
relegadas al margen, en el mejor de los casos, para confortación de su hermana («tu
Stendhal», le escribía a Paolina). Sus vivísimas curiosidades científicas e históricas,
Giacomo las satisfacía también con textos que nunca eran demasiado up to date: las
costumbres de los pájaros en Buffon, las momias de Frederick Ruysch en Fontenelle, el
viaje de Colón en Robertson.
Hoy una educación clásica como la del joven Leopardi es impensable, y la biblioteca
del conde Monaldo, sobre todo, ha estallado. Los viejos títulos han sido diezmados pero
los novísimos se han multiplicado proliferando en todas las literaturas y culturas
modernas. No queda más que inventarse cada uno una biblioteca ideal de sus clásicos; y
yo diría que esa biblioteca debería comprender por partes iguales los libros que hemos
leído y para nosotros y los libros que nos proponemos leer y presuponemos que van a
contar para nosotros. Dejando una sección vacía para las sorpresas, los descubrimientos
ocasionales.
Compruebo que Leopardi es el único nombre de la literatura italiana que he citado.
Efecto de la explosión de la biblioteca. Ahora debería reescribir todo el artículo para
que resultara bien claro que los clásicos sirven para entender quiénes somos y adónde
hemos llegado, y por eso los italianos son indispensables justamente para confrontarlos
con los extranjeros, y los extranjeros son indispensables justamente para confrontarlos
con los italianos.
Después tendría que reescribirlo una vez más para que no se crea que los clásicos se han
de leer porque «sirven» para algo. La única razón que se puede aducir es que leer los
clásicos es mejor que no leer los clásicos.
Y si alguien objeta que no vale la pena tanto esfuerzo, citaré a Cioran (que no es un
clásico, al menos de momento, sino un pensador contemporáneo que sólo ahora se
empieza a traducir en Italia): «Mientras le preparaban la cicuta, Sócrates aprendía un
aria para flauta. “¿De qué te va a servir?”, le preguntaron. “Para saberla antes de
morir”».