miércoles, 26 de febrero de 2014

Literatura / El Zumbido

Después de leer
EL ZUMBIDO 
de Sergio Caracciolo

N.F.

Un zumbido tiene algo de murmullo, algo de silbido, 
algo de viento. Un zumbido tiene algo de molesto. Un zumbido, es más que un sonido, toma forma de sonido pero no es una “mera” resonancia monótona, es otra cosa, se esconde detrás de la forma sonido pero es otra cosa.  El zumbido es un algo que está y que nadie desea que esté.

Sergio Caracciolo adoptó este nombre para su novela. Un gran título que representa a la perfección la historia que cuenta, porque, como un zumbido, el tema que trata aún revolotea por encima (por detrás, por adentro, por entre) de las almas de los argentinos.

La novela cuenta una historia de amistad de quienes terminaron convirtiéndose en excombatientes de  Malvinas. (Qué fácil es poner etiquetas. Alguien que estuvo en una guerra es un “excombatiente”. Punto. Se le pone un rótulo y nos quedamos tranquilos nombrándolo así.) Me corrijo.  La historia narra combatientes, antes, durante y después de la guerra;  y con ello reflexiona de una manera sentida sobre el  zumbido que a más de treinta años de sucedido, todavía sigue surcando el aire que nos rodea. 


La novela es excelente, está extremadamente bien escrita  y contada de una manera muy original. Con un tema duro,  Sergio Caracciolo hace una obra literaria que nos lleva de la mano por campos que rozan eriales y jardines -más lo primero que lo segundo-. 

El autor nació en 1970. Cuando fue el disparate de la guerra  tenía sólo doce años. La novela está escrita y documentada con tal precisión y con tanta solidez  que  lo imaginé a él, con su pluma, uniforme de fajina  y casco de guerra agazapado arrastrándose por esas piedras perdidas en los  mares del sur. Eso sólo lo consigue un gran escritor.  Eso lo alcanza solamente un gran libro.




viernes, 7 de febrero de 2014

Literatura /Espejo Partido

ESPEJO PARTIDO
Novela de Andrés Lujilde
NF

Se dice que cuando uno termina de leer un libro que le gusta, queda contento por haberlo terminado; pero que cuando termina de  leer un libro que le gusta mucho, queda con la tristeza de haber llegado a su fin. Cuando esto pasa, ese uno, comienza a dar vuelta el libro y relee la contratapa y revisa partes de su interior, y evita –demora-  acomodarlo en el lugar de la biblioteca que ocupan los demás libros leídos, para tenerlo un poquito más a su lado.

Esto pasa con ESPEJO PARTIDO, la hermosa novela de Andrés Lujilde:   desde la primera línea, el autor nos agarra de la solapa y no nos suelta hasta el último punto. A medida que uno avanza con la lectura no quiere que la novela termine, y al llegar el inexorable final, lamenta tener que despedirse del libro.

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Lujilde tiene la virtud de contar. Cuenta con profundidad. Cuenta una historia, pero supera la anécdota.  La novela, narra parte de la vida de Renzo, y a partir del protagonista muestra un mundo, donde lo doméstico y lo cotidiano se llena de perplejidades, donde lo que aparenta estable se “disuelve en el aire como un diente de león”, donde permanentemente cada personaje se prueba zapatos nuevos.

La novela abre jaulas y deja volar pájaros, y presenta con naturalidad: intimidades, silencios, soledades, cercanías desconocidas, miedos y ansias de cambios. La figura de Renzo muestra como la realidad, se multiplica reflejándose sobre distintos pedazos de un espejo roto.
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Con su libro Lujilde nos presenta calles empedradas iluminadas por noches blancas, queda en el lector recorrerlas con todos los sentidos.

(FOTO: NF)


jueves, 6 de febrero de 2014

Arquitectura / Curanto y Arquitectura / Lo Culto y lo Popular

CURANTO Y ARQUITECTURA
NF

1. 
VISITANDO CHILOÉ
EL CURANTO

El curanto es una comida producto de la necesidad. La necesidad genera cultura. El curanto es una comida creada por los indígenas del sur de Chile, por los indígenas de Chiloé más precisamente. El clima hostil de la isla durante casi todo el año   y el viento permanente, hizo que la única manera de cocinar que encontraran los primeros habitantes de la región fuera bajo tierra.
En Chiloé sus habitantes se llaman chilotes. “No somos chilenos, somos chilotes”, dicen. Su condición insular los mantuvo separado del resto del Chile continental y en la actualidad en los meses más duros del invierno, aún, quedan aislados cuando el trasbordador que une isla y continente deja de funcionar. Esta situación hace que la isla se vuelva permanentemente sobre sí misma, que conserve sus tradiciones.
El curanto es una comida típicamente chilota. Se organiza en base a mariscos, la mayor riqueza de la región. El curanto original se hace bajo tierra, en un pozo. Todo comienza “asando” un conjunto de piedras bocha que termina transformándose en el “piso” del hoyo. Sobre estas piedras calientes se cocina. Allí se colocan los diversos tipos de  mariscos -cholgas, almejas, etc- luego el resto. Desde sus inicios estuvo presente  el milcao -una masa compuesta por papa cruda y cocida, también de origen indígena- que le da identidad al plato. Los españoles con el tiempo adoptaron esta comida como propia y le agregaron pollo y carne de cerdo,  los inmigrantes alemanes que llegaron a la zona, más tarde, le incorporaron salchichas ahumadas.
Una vez ubicados todos los ingredientes, el conjunto se cubre primero con una fina tela, luego con hojas de pangue, que crecen salvajes en la isla (cada hoja mide hasta de un metro de diámetro) y finalmente con una capa de tierra. Luego de tres horas, una vez cocido todo a vapor,  se realiza la ceremonia de quitar de a una capa que cubre al curanto (la tierra, el pangue, la tela)  hasta llegar a las distintas presas de comida cocida.
El curanto es una comida sincrética.  Cerca de Ancud, próximo a la entrada de la isla se hace el mejor curanto de todo Chiloé. Llegar a la isla y presenciar la preparación del curanto en hoyo es una buena manera de comenzar a entender la cultura del lugar.

2. 
VISITANDO CHILOÉ
LA ARQUITECTURA EN CHILOÉ

En Chiloé se puede observar una arquitectura popular, por demás rica, nutritiva, que también es parte del sincretismo cultural de la isla. Como en el resto del territorio de Chile, la arquitectura que predomina está construida en madera. Lo más conocido de Chiloé es la arquitectura sobre palafitos. Arquitectura que también nace como necesidad, dado que busca estar cerca del mar pero, a la vez, protegida del mismo. Para cualquier pueblo pescador el mar es oportunidad y sobresalto. Seduce y aterra.  
Pero además de los palafitos, Chiloé encierra, como memoria de la evangelización de los españoles al pueblo nativo, una magnífica arquitectura religiosa, que se manifiesta en pequeñas iglesias distribuidas por toda la isla, las que adaptan a las formas de la arquitectura europea una estética particular y un modo constructivo propio.
La catedral de Castro (capital de la isla de Chiloé) es un ejemplo de esta fusión de la arquitectura culta y popular.
En principio, lo más llamativo de ella es la combinación de colores. El predominio del amarillo rabioso sobre el conjunto, los detalles algunos blancos y otros rojos, el decidido color violeta de las torretas y el basamento del frente son motivo suficiente para poner nervioso a cualquier esteta académico. La original disposición de colores seleccionado rompe el molde de la solemnidad que de por sí tiene cualquier edificio religioso.
Pero hay más. Como todo el exterior está realizado en chapa, con este material se reproduce el lenguaje de la arquitectura culta europea, lo cual bajos criterios puristas, puede interpretarse como una herejía arquitectónica.
La mixtura estética de la catedral está a la orden del día. Por ejemplo, la fachada superpone distintos lenguajes. En la parte superior de la misma se utiliza un lenguaje que es una mezcla entre el neorrománico y neogótico, y en la parte inferior se recurre al lenguaje clásico, tanto que  el arco de ingreso está enmarcado con dos columnas “dóricas” (hechos en chapa).
Las “pilastras” -falsas-  de la fachada y la composición del acceso (con tres arcos de medio punto, el central más alto) están perfectamente proporcionadas según las reglas clásicas.
En el interior el concepto estético sigue siendo el mismo, aunque el material cambia. Todo es de madera.  Con este material se reproducen bóvedas de crucería, arcos, columnas (que siguen la proporción de las columnas toscanas), basamentos, etc. Aquí todo el lenguaje clásico se mezcla armónicamente, con vitrales que no son tales, rosetones y hasta con sectores que reproducen bóvedas de crucería. El despliegue artístico y el virtuosismo en la mano de obra que elaboró cada parte, es soberbio y el conjunto crea un ambiente conmovedor.
La catedral de Castro, como toda la arquitectura de Chiloé, es tan magnífica y sincrética como el curanto, donde lo culto y lo popular genera un producto auténtico y único.


3. 
Apuntes de Puerto Mont
LA CATEDRAL

Puerto Mont es la ciudad más importante de la región de los lagos. Por lo tanto es entendible que  la Catedral de Puerto Mont tenga otras necesidades estéticas y, por lo tanto, pretensiones distintas a la del resto de la arquitectura religiosa de la región.
La catedral de Puerto Mont es el emblema de la ciudad. Su fachada se orienta hacia el  mar. Como en la generalidad de las ciudades americanas la catedral está situada enfrente a la plaza principal.
La imagen de la catedral es neoclásica. Su exterior imita a un templo romano. Tiene un frontis con entablamento clásico. El  friso despliega a la perfección la sucesión de triglifos y metopas. El arquitrabe se apoya en cuatro columnas que mezcla lo dórico con lo toscano (tienen base como las columnas toscanas, y a la vez el ábaco y el fuste acanalado  que recuerdan a las columnas dóricas) y todo se despliega sobre un basamento que le da unidad al conjunto. Por encima emerge una pequeña cúpula que lleva luz hacia el interior. Todo el exterior es de madera. Detrás de esta estructura clásica, se desarrolla un cerramiento muy liviano, con gran cantidad de paños vidriados que, sumados a las aberturas laterales, hacen muy luminoso el espacio interno.
El interior es austero. Serio. Se compone de gran recinto separado por columnas que generan  tres naves de a la  misma altura. Las columnas son dóricas. Hay que tocarlas para darse cuenta están construidas en chapa. La imitación es tan perfecta que parecen de piedra. Está reproducido hasta el corte que se produce por la superposición de los cilindros ranurados que conforman las columnas de piedra. Los detalles clásicos restantes también son todos de chapa y madera. Con otra imagen, distinta a Castro,  otra vez, lo culto y lo popular se une para crear una arquitectura impura, bella y original.

4. 
Apuntes Cerca de Puerto Mont
ARQUITECTURA SIN ARQUITECTOS

La arquitectura de esta zona de Chile encierra una gran belleza. En lo genuino de su simplicidad está lo bello. Puerto Varas, El Frutillar y zonas aledañas son un compendio  de buena arquitectura popular, o de  lo que Bernard Rudofsy llama “arquitectura sin arquitectos”.
Cada vivienda es una pequeña cajita armada delicadamente. Encontramos varias tipologías que se van repitiendo en los distintos pueblos. Muy común la que hace referencia a  la antigua barraca, donde el techo actúa además como pared.
Por el clima lluvioso, todas, de una forma u otra, recurren a los techos inclinados y estos tienen las tejas de alerce. También las paredes se recubren de estas tejuelas, lo que le da identidad a la arquitectura doméstica de la zona.

5. 
Apuntes Cerca de Puerto Mont
ARQUITECTURA CON ARQUITECTOS

El Frutillar es un pequeño pueblo de poco más de 15000 habitantes fundado por inmigrantes alemanes.  El pueblo está enclavado a orillas del lago Llanquihue y tiene como privilegio la vista del volcán Osorno hacia el otro lado del espejo de agua. El Frutillar tiene una parte alta -más nueva- y una parte baja donde se encuentra el origen del pueblo.  Allí sobre el lago, como si fuera un palafito, se construyó el Teatro del Lago, cuya sala principal está capacitada para albergar más de mil espectadores. Los arquitectos Gerardo Köster y Gustavo Greene, autores del diseño de la obra, tomaron el lenguaje de arquitectura popular del lugar como referencia. Los arquitectos no buscaron diseñar un artefacto autocelebratorio, sino una obra que conjugue con el paisaje y con la idiosincrasia del pueblo. La obra se inauguró en el 2010. Es uno de los teatros más importantes de Chile y un buen ejemplo de buena arquitectura pero esta vez hecha por arquitectos.


Música / Jorge Fandermole


JORGE FANDERMOLE NAVEGA 
NF

Navega de Jorge Fandermole es, sin dudas, uno de los mejores discos que se hicieron desde el dos mil a esta parte. Por calidad musical, por poesía, por la calidez de la voz y el modo de decir, este trabajo es una joya de la discografía Argentina. 

La poesía que despliegan sus letras encierra verdad y belleza, y deja traslucir en cada fragmento todo lo que conoce y ama. En cada canción Fandermole enclava su remo en el río marrón de la simpleza y desde allí, suavemente se impulsa y navega, calmo, sereno, infinito, sabiendo adonde se dirige, pensando sus cosas, fijando posición. El disco, en cada canción y en su totalidad como obra, fluye como un susurro y suena a río, y parece iluminarse por el reflejo de la luna -queda, modosa, compañera- que toma la forma de los pliegues que genera la correntada. 

El piano virtuoso de Carlos Arregui, el bajo de Fernando Silva y la maestra percusión de Juancho Perone acompañan extraordinariamente la voz y la guitarra del músico rosarino. A las chamarritas, chacareras, zambas y guaranias se le incorporan arreglos que en otra época eran del dominio exclusivo del jazz -el final de la canción “Corazón de Luz y Sombra” es solo una pequeña pequeñísima muestra de ello- dejando claro que la inspiración musical de la obra se encuentra tanto en la húmeda y negra tierra del litoral como también en las calles de Rosario desde donde en la década del 80 el mismo Fandermole se proyectó junto a toda la trova rosarina y se consagró como parte de la historia musical argentina.


sábado, 28 de diciembre de 2013

Literatura / Cortázar relee a Arlt

Roberto Arlt: Apunte de relectura
Por Julio Cortázar



Escribo lejos de toda referencia, Arlt y yo solos en un rincón perdido de la costa pacífica. De alguna manera siempre estuvimos solos uno y otro, uno con otro; en mi juventud lo leí apasionadamente pero sin interesarme por los trabajos críticos que buscaron explicarlo después de su muerte; incluso ignoro su biografía en detalle, salvo las síntesis en las solapas de los libros y en algunas páginas de Mirta Arlt y de Raúl Larra. No se busque aquí un «estudio» sino, como prefiero, el juego de vasos comunicantes entre autor y lector, un lector que también llegó a ser autor y que cuenta entre sus nostalgias la de no haber tenido la suerte de que Arlt lo leyera, incluso con el riesgo de   que le repitiera su famoso y terrible «rajá, turrito, rajá».
 

Cualquiera sabe de esas esperanzadas exhumaciones que llegado el día practicamos con ciertos libros, ciertas películas, ciertas músicas, y de sus resultados casi siempre decepcionantes; a veces la razón está en las obras, a veces en quienes buscan repetir lo irrepetible, recobrar por un momento la juventud que mordía a ojos cerrados los frutos del tiempo. De tanto en tanto, sin embargo, salimos de un cine, de un capítulo o de un concierto con la plenitud del reencuentro sin pérdidas, de la casi indecible abolición de la edad que nos devuelve a los primeros deslumbramientos, todavía más asombrosos ahora puesto que ya no tienen por apoyo la inocencia o la ignorancia. Me ocurre eso cuando vuelvo a ver Vampyr, Les enfànts du paradis o King Kong, cuando reescucho Le sacre du printemps o Mahogany Hall Stomp, y en estos días en que retorno a las novelas y a los cuentos de Roberto Arlt (conozco mal su teatro). Casi cuarenta años después de la primera lectura, descubro con ese asombro que tanto se parece a la maravilla hasta qué punto sigo siendo el mismo lector de la primera vez.
 

Sí, pero para eso es necesario que Arlt sea el mismo escritor, que en sus libros no se haya operado la casi inevitable degradación o desleimiento que este siglo vertiginoso ha impuesto a tantas de sus criaturas. Ahora que salgo de su relectura como de una máquina del tiempo que me hubiera devuelto a mi Buenos Aires de los años cuarenta, me doy cuenta de cómo muchos escritores argentinos que en ese entonces me parecían a la altura de Arlt, Güiraldes, Girondo, Borges y Macedonio Fernández (después vendría Leopoldo Marechal, pero ésa es otra historia) se me habían ido esfumando en la memoria como otros tantos cigarrillos. La esporádica relectura de algunos de ellos por nostálgicas razones de distancia y tiempo me dejó vacío y triste, sin ganas de reincidir, y tal vez por eso Arlt se me fue quedando también atrás sin que yo me animara a entrarle de nuevo, acordándome de flaquezas y de incapacidades que, vistas por este Viejo Marinero «más sabio y más triste», podían ahogar definitivamente lo que tanto me había conmovido y enseñado en mi mocedad de grumete porteño.
 

Pero ocurre que a veces los editores son útiles, y cuando el que lanza esta reedición de Arlt me propuso un prefacio, sentí que ya no podía seguir siendo cobarde frente a un escritor tan querido, y que a riesgo de romperme los dientes que me quedan tenía que hincarlos de una vez por todas en estos ocho o nueve volúmenes polvorientos de mi biblioteca (las ediciones originales y horrendas de Claridad, y las subsiguientes y no menos horrendas de Futuro). Amigos argentinos me prestaron lo que faltaba, y me vine con todo a una playa mexicana; anteayer terminé la relectura y hoy empiezo estas páginas en caliente, un poco desolado porque Arlt se me fue de las manos con el último cuento de El criador de gorilas para dejarme solo frente a un bloc en blanco y un profundo mar azul que no me sirve de mucho. Como si de alguna manera le llegara su turno de leerme, de aprobar o desaprobar esto con el derecho de un amigo de cuarenta años.
 

Hablando de edad, pienso que Arlt me precedió en la vida por catorce años, y que yo lo he sucedido a lo largo de treinta y ocho; su brusca muerte en 1942 es como un irreparable escándalo en un país que no puede jactarse de tantos escritores como a veces pretende, y en todo caso yo me siento injustamente afortunado por haber vivido todo ese tiempo que le faltó a Arlt, sin hablar de tantas otras cosas que también le faltaron. Él lo dice en el prólogo de Los lanzallamas: «Para hacer estilo son necesarias comodidades, rentas, vida holgada.» Como era típico en él, éste es un error que encubre una verdad, porque si no es cierto que «hacer» un estilo exige esas cosas, su carencia sumada a la brevedad injusta de la vida vuelve harto difícil la conquista de una gran escritura. La falta del respaldo, del contagio cultural que se respira en un medio económicamente protegido (cuyos integrantes pueden ser perfectamente brutos pero cuentan con la biblioteca comprada para aparentar, los discos ídem, el teatro, los estudios para el diploma del nene o de la nena, al menos éste era el clima en que me tocó a mí criarme y conmigo a la mayoría de los futuros escritores nacidos en mi tiempo), hace del proletatio un paria cultural, y explica el resentimiento que dicta esas palabras de Arlt. Lo que en Buenos Aires se dio en llamar el grupo de Florida y el de Boedo (burguesía y proletariado miniburgués respectivamente, con no pocas zonas linderas o de transhumancia) determinó niveles de cultura y de técnica literaria, ya que desde luego no podía determinar los del genio. Insisto en que eso no era obligadamente una cuestión de «rentas» y de «vida holgada», puesto que, para citar un ejemplo muy posterior que conozco bien -el mío-, lo que contaba era la atmósfera familiar que rodeaba y sigue rodeando a los adolescentes con vocación literaria o artística, atmósfera no siempre directamente relacionada con los niveles económicos. Yo me crié en un suburbio que al principio era casi el campo, y fui a una escuela de Bánfield donde todos mis condiscípulos llegaban al sexto grado diciendo demelón, pantomina, se estrenaban para bosear, les dolían las amídolas, o anunciaban que ahora lo vamo a casa o que después vamo de mama. Esos chicos y chicas eran con frecuencia hijos de artesanos o pequeños comerciantes que tenían todas las rentas y la vida holgada que faltaban terriblemente en mi casa, donde los prejuicios de gente burguesa venida al cacho (se me contagia la jerga) exigían una apariencia exterior impecable para disimular la lenta degradación de las deudas, las hipotecas, los usureros y sólo buscaban empleos «de oficina» porque nadie se hubiera ensuciado las manos con un oficio o una artesanía, no faltaba más. La diferencia estaba en que mientras mis amigos no recibían el menor aliciente espiritual, yo me criaba teniendo a mi alcance los restos de una biblioteca que debió ser excelente y que lo seguía siendo para un niño, y escuchaba conversaciones de sobremesa donde la actualidad mundial, las novedades artísticas e incluso literarias, y el culto de no pocos valores espirituales e intelectuales constituían esa atmósfera que me ayudaría luego a dar mi propio salto. Si por contagio, o por ese gusto de encanallarse que tienen los niños, yo hubiera soltada un demelón o un voy de Pedro, cuatro personas por lo menos me hubieran corregido sobre el pacho (esta última expresión pasaba por aceptable, porque mi gente no era mojigata para las formas pintorescas del habla mientras no fueran groseras o gramaticalmente incorrectas). Algo muy claro y muy profundo me dice que Roberto Arlt, hijo de inmigrantes alemanes y austríacos, no tuvo esa suerte, y que cuando empezó a devorar libros y a llenar cuadernos de adolescente, múltiples formas viciadas, cursis o falsamente «cultas» del habla se habían encarnado en él y sólo lo fueron abandonando progresivamente y nunca, creo, del todo.
 

Lo malo es que en esto hay más que las carencias idiomáticas, hay esa incertidumbre en materia de gusto, de niveles estéticos, que es uno de los rasgos de mucha de la literatura tercermundista y que proviene de las circunstancias, de la atmósfera que rodea a un niño como los que conocí en mi propia infancia. ¿Qué escuchan en su casa, en la calle? ¿Qué códigos de sobrevivencia cotidiana los rigen? ¿Cuándo se les ofrece la ocasión de ver algo realmente hermoso y, si lo ven, quiénes están ahí para darles el leve empujón que podría descubrirles el mundo de la poesía, la música o la palabra? Nada tiene de extraño que el primer libro de Arlt, El juguete rabioso, se abra resentidamente con un relato de niños pobres titulado Los ladrones, y que a su vez el relato empiece con una frase que revela la vocación del autor y la misérrima oportunidad que se le da de satisfacerla: «Cuando tenía catorce años, me inició en los deleites y afanes de la literatura bandoleresca un viejo zapatero andaluz...» ¿Qué leíamos Jorge Luis Borges y yo a los catorce años?
 

La pregunta no es gratuita ni insolente, y sobre todo no pretende situar de manera paternalista esta visión de Roberto Arlt. Simplemente, cuarenta años después, dijo lo que jamás dijeron y ni siquiera pensaron muchos escritores o lectores del grupo de Florida, que en su día cayeron sobre los libros de Arlt con el fácil sistema de mostrar tan sólo sus falencias y sus imposibilidades, como él mismo lo denunciara amargamente en el prólogo de Los lanzallamas. Y si es cierto que un escritor no es sino que se hace, sea de Boedo o de Florida, a mí me duele comprender cómo las circunstancias me facilitaron el camino en la misma época en que Arlt tenía que abrirse paso hacia sí mismo con dificultades instrumentales que otros habían superado rápidamente gracias a los colegios selectos y los respaldos familiares. Toda su obra es la prueba de esa desventaja que paradójicamente me la vuelve más grande y entrañable. Basta pasar de El juguete rabioso a Los siete locos, y sobre todo de éste a Los lanzallamas, para advertir la difícil evolución de la escritura arltiana, el avance estilístico que alcanza su culminación en las admirables páginas finales donde se describe el asesinato de la Bizca por Erdosain y el suicidio de este último. Alcanzado ese límite, el lector no puede dejar de lamentar que mucho de lo anterior y lo posterior esté tan por debajo, que con todo su genio Roberto Arlt haya tenido que debatirse durante años frente a opciones folletinescas o recursos sensibleros y cursis que sólo la increíble fuerza de sus temas vuelve tolerables. Curiosamente, este tipo de desequilibrio ha sido también señalado en Edgar Allan Poe y en Fedor Dostoievski; como se ve, Arlt está en buena compañía después de todo, digámoslo para aquellos que todavía creen demasiado en eso de que el estilo es el hombre.
 

De ahí las contradicciones que en el fondo no lo son tanto: si después de Los lanzallamas el «estilo» de Arlt se depura aún más, como es fácil comprobar leyendo su tercera y última novela, El amor brujo, no es menos comprobable que este libro es perceptiblemente inferior a los precedentes. A la zaga de un personaje como Remo Erdosain, el de Estanislao Balder resulta ñoño, y todos los recursos arltianos para llenarlo de ansiedad existencial parecen tan artificiales como la personalidad de Irene, que da la impresión de estar formada por dos mujeres totalmente distintas según que se la busque al comienzo o al final del libro. El resto de su obra de ficción -los cuentos de El criador de gorilas- llega a la paradoja de una escritura prácticamente libre de defectos formales pero al servicio de mediocres cuentos exóticos, nacidos de un tardío y deslumbrado conocimiento de otras regiones del mundo, y que salvo alguno que otro pasaje carecen de esa atmósfera que es el estilo profundo de su mejor obra. Ahora que Arlt escribe «bien», poco queda de la terrible fuerza de escribir «mal»; la muerte lo esperaba demasiado pronto y, como siempre, incita a la pregunta sobre una cuarta novela posible. El éxito de las Aguafuertes porteñas y otros textos periodísticos más generales debieron alejarlo de esa concentración obsesiva que las salas de redacción no habían podido robarle mientras escribía la saga de Erdosain; de paradojas así está lleno el panteón lirerario, que lo digan Scott Fitzgerald y Malcolm Lowry entre otros.
 

Tal vez sea el momento de comprender mejor el deslumbramiento maravillado que me trae esta relectura a cuarenta años de la época en que, juntando con trabajo los cincuenta centavos que costaban las ediciones de Claridad, leí Los siete locos y de ahí fui pasando no sólo a los otros libros de Arlt sino a sus compañeros de edición y en gran medida de sensibilidad y temática, como Elías Castelnuovo, Alvaro Yunque y Nicolás Olivari, todo eso con un fondo de calles porteñas redescubiertas por ellos, iluminadas o entenebrecidas por los pasos de Remo Erdosain, guía mayor en esta visión abismal de un Buenos Aires que los otros escritores de ese tiempo no habían sabido darme. Me acuerdo de haber repetido itinerarios de Los siete locos, y admirado la minuciosa reconstrucción del viaje en tren de Retiro al Tigre que inicia El amor brujo. Me acuerdo de haber buscado, sin demasiadas ganas de encontrarla y de entrar, la fonda de los ladrones en la calle Sarmiento, al lado del diario Crítica; es así que ciertas ceremonias de la posesión y la fidelidad se repiten como prueba de que algunas novelas no son ese espejo ambulante de que hablaba Stendhal sino incitaciones y signos recortando y ahondando la realidad con una precisión estereoscópica que los ojos de todos los días no saben ver. Cada vez que algún lector me ha contado de sus itinerarios en París tras la huella de algún personaje de mis libros, me he visto de nuevo en las calles porteñas diciéndome que por ahí había pasado el Rufián Melancólico, que en esa cuadra estaba una de las roñosas pensiones donde recalaron Hipólita, la Bizca o Erdosain. Si de alguien me siento cerca en mi país es de Roberto Arlt, aunque la crítica venga a explicarme después otras cercanías desde luego atendibles puesto que no me creo un monobloc. Y esa cercanía se afirma aquí y ahora, al salir de esta relectura con el sentimiento de que nada ha cambiado en lo fundamental entre Arlt y yo, que el miedo y el recelo de tantos años no se justificaban, que Silvio Astier, Remo e Hipólita, guardan esa inmediatez y ese contacto que tanto me hicieron sufrir en su día, sufrir en esa oscura zona donde todo es ambivalente, donde el dolor y el placer, la tortura y el erotismo mezclan humana, demasiado humanamente sus raíces.
 

Hoy, claro, lo releo con un poco más de distanciamiento intelectual, de embriones de análisis, de territorios descuidados en la primera lectura y que ahora adquieren un relieve diferente. La obsesión científca en Arlt, por ejemplo, que enconces me había dejado indiferente. ¿Influencias familiares, primeros oficios, atavismos germánicos en una época en que la química, la balística y la farmacopea parecían tener su amenazante capital en Berlín? Se sabe que Arlt murió mientras trabajaba en su improvisado laboratorio, a punto de lograr un procedimiento que hubiera evitado un drama de la época que hoy resulta inconcebible: el corrimiento de las mallas en las medias de la mujeres. Múltiples temas y episodios de sus cuentos y novelas vuelven explicable y casi fatal esta vocación paralela de inventor; ya en su primer libro, el adolescente Silvio Astier ha fabricado una culebrina capaz de atraer a toda la policía del barrio, y da consejos a un amigo sobre la manera de hacer volar un aeroplano. El día en que explica ante oficiales del ejército sus ideas sobre un señalador automático de estrellas y una máquina capaz de imprimir lo que se le dicta oralmente, Silvio logra su primer empleo como mecánico de aviación, e irónicamente lo pierde cuando un teniente coronel lo da de baja con una explicación que sigue explicando tantas cosas: «Vea, amigo... su puesto está en una escuela industrial. Aquí no necesitamos personas inteligentes, sino brutos para el trabajo.»
 

Era obligado que Remo Erdosain buscara en los inventos una de las posibles salidas del laberinto donde voluntariamente se había encerrado. Siendo quien es, la maravillosa rosa de cobre que debía hacer la fortuna de los Espila y de él mismo, se deshoja entre sus manos indiferentes, de la misma manera que los planos y dibujos de la fábrica de fosgeno no son más que una manera de llenar con trabajo el horror de otra noche al borde del crimen. Arlt era un adolescente en el período de la primera guerra mundial, y el infierno que Henri Barbusse y Remarque describirían en Europa le llegó a través de los libros y los periódicos y se reflejó intensamente en sus novelas mayores. Un cuento como La luna roja condensa esas obsesiones, y también las repetidas y a veces extensas citas sobre las propiedades de los gases asfixiantes y sus técnicas de aplicación; pero el punto máximo de su fascinación y su horror frente a un arma que anuncia ya las bombas atómicas que caerían apenas tres años después de su muerte, se da en ese capítulo de Los lanzallamas titulado El enigmático visitante. Ya antes su imaginación había visto lo que luego veríamos en los noticiosos sobre la explosión en Hiroshima: las víctimas tratando de escapar de la ciudad, con los cabellos erizados verticalmente. Vaya a saber qué posición tomarán nuestros cabellos cuando caigan las bombas de neutrones, tan entusiastamente aprobadas por los Estados Unidos, Francia y otros países democráticos.
 

La perceptible falta de humor en la obra de Arlt traduce un resentimiento que él no alcanzó a superar dentro de condiciones de vida y de trabajo que sólo al final cambiaron un tanto, cuando ya era tarde para abrirle una visión más comprensiva e incluso más generosa. Su tremendismo, manifiesto desde la primera página de las novelas o los cuentos, se da privado de la compensación axiológica y estética del humor; única fuerza dominante, crece sin freno para mantener la tensión dramática, y entra obligadamente en lo repetitivo después de alcanzado el límite máximo. En lo mejor, el resultado es la posesión casi diabólica del lector por los personajes; en lo menos bueno, se resbala hacia la fatiga y la impaciencia, como ocurre en El amor brujo.
 

Buena parte de los cuentos de Arlt constituyen momentos y situaciones que él habría podido incorporar a Los siete locos o a Los lanzallamas; tanto los relatos anteriores como los que siguen a la novela del doble título, comportan esquemas que se articularían sin esfuerzo en la trama mayor; así (y no es un reproche, basta pensar en Kafka o en Mauriac), Arlt es el autor de un gran relato único que se parcela a lo largo de su búsqueda, de sus vacilaciones, de su interminable rondar al borde del abismo central en el que ha de precipitarse Remo Erdosain.
 
Un tema que creo poco o nada tratado, y que es a la vez interesante y patético: Arlt y la música. Como todo aquel que busca rebasar su medio social de origen (él agrega en su rechazo no solamente los otros medios sino la sociedad entera, pero guardando la nostalgia de estamentos culturales superiores), la única manera de evadirse consiste en negar el contexto contaminante y tratar de sustituirlo por otro del que sólo se tiene una noción aproximada. Como todos los argentinos de su tiempo, Arlt crece en un clima de tango, sólo que mientras otros poetas y escritores lo aceptan y elogian en la medida en que el tango no los acusa, no los incluye en sus letras conventilleras, malevas o de cursilería sensiblera, Arlt se siente obviamente aludido por cada tango, involucrado en su marginalidad fundamental. Muy pocas alusiones al tango aparecen en sus libros, y siempre con un claro trasfondo de desprecio y de rechazo («el tango carcelario»). La obligada sustitución estética es desafortunada; queriendo remontar a la «clásica», no va más allá de músicas como la Danza del fuego (en El amor brujo, por supuesto, lo que sólo en parte es una excusa) y sus equivalentes. Sin embargo se lo adivina sensible a la música, y en el relato El traje del fantasma dedica varias páginas a transcribir con toda clase de imágenes y climas una melodía imaginaria que el personaje improvisa en el violín. Una o dos referencias indiferentes al jazz, y eso es todo; la pintura y la música son otros tantos ingredientes de ese Buenos Aires interior que se le escapará siempre a Arlt, reducido a conocer Buenos Aires desde la calle, siempre desde fuera cuando se trata del refinamiento que empieza detrás de las puertas burguesas. El día en que sus libros y él mismo empiezan a franquearlas, ya es tarde para compensar la desventaja, y además no creo que le interesara compensarla ni que en su caso fuera una desventaja: el mundo de Erdosain no tiene lugar para colgar cuadros o escuchar sonatas.
 

Supongo que la crítica habrá ahondado en el «ideario» -como se decía en estos años- de Roberto Arlt, y no seré yo quien intente ver más claro en sus motivaciones y sus intenciones. De esa inextricable madeja de misantropía, megalomanía, miserabilismo, masoquismo, impulso fáustico, negatividad schopenhaueriana, salto bergsoniano a un dinamismo dionisíaco (y Nietzsche, claro), de ese infierno voluntario en permanente rebelión, empapado de nostalgia de cielos abiertos, de paraísos terrestres, de fugas a lo absoluto, de ese anarquismo en busca de praxis nihilistas o fascistas, de ese rechazo de la doble mugre proletaria y burguesa, no creo que quede nada históricamente aprovechable, salvo la denuncia de un orden social que hace igualmente posibles el horror de lo más bajo y de lo más alto, la configuración prostibularia del mundo del Astrólogo y de Erdosain y su reverso igualmente prostibulario pero en el nivel profiláctico y detergente del mundo empresarial y financiero. Esa denuncia, hecha sin rigor teórico, ese interminable balbuceo de ilota borracho mostrando infaliblemente las llagas del mundo, eso de príncipe Muishkin que tienen Arlt Erdosain o Arlt Balder, nos alcanza en zonas más hondas que las de cualquier cateo sociológico de gabinete, nos quema con el fosgeno imaginario de cada día y cada noche de Hipólita, de Silvio Astier, del miserable de Las fieras, del tuberculoso de Ester primavera, del Astrólogo castrado y visionario y embaucador, de Haffner golpeando salvajemente a las putas que lo hacen vivir. Roberto Arlt no necesitó la cultura porteña de la música, la pintura y las más altas letras para ser uno de nuestros videntes mayores. En último término su obra es apenas «intelectual»; la escritura tiene en él una función de cauterio, de ácido revelador, de linterna mágica proyectando una tras otra las placas de la ciudad maldita y sus hombres y mujeres condenados a vivirla en un permanente merodeo de perros rechazados por porteras y propietarios. Eso es arte, como el de un Goya canyengue (Arlt me hubiera partido la cara de haber leído esto), como el de un François Villon de quilombo o un Kit Marlowe de taberna y puñalada. Mientras la crítica pone en claro el «ideario» de ese hombre con tan pocas ideas, algunos lectores volvemos a él por otras cosas, por las imágenes inapelables y delatoras que nos ponen frente a nosotros mismos como sólo el gran arte puede hacerlo.
 

Que sea él quien cierre estos apuntes, él que ve a su doble Erdosain en ese momento en que, «igual a las fieras enjauladas, va y viene por su cubil, frente a la indestructible reja de su incoherencia». Arlt, que hace decir a Balder, su otro doble: «Mi propósito es evidenciar de qué manera busqué el conocimiento a través de una avalancha de tinieblas y mi propia potencia en la infinita debilidad que me acompañó hora tras hora.» De esa incoherencia, de esas debilidades, nacerá siempre la interminable, indestructible fuerza de la gran literatura.
 

fuente: http://www.juliocortazar.com.ar
 

viernes, 18 de octubre de 2013

Literatura / Wislawa Szymborska

ESCRIBIR EL CURRICULUM
de Wislawa Szymborska

¿Qué hay que hacer?
Presentar una instancia
y adjuntar el currículum.

Sea cual fuere el tiempo de una vida
el currículum debe ser breve.

Se ruega ser conciso y seleccionar los datos,
convertir paisajes en direcciones
y recuerdos confusos en fechas concretas.

De todos los amores basta con el conyugal,
los hijos: sólo los nacidos.

Importa quién te conoce, no a quiénes conozcas.
Viajes, sólo al extranjero.
Militancia en qué, pero no por qué.
Condecoraciones sin mencionar a qué méritos.

Escribe como si jamás hubieras dialogado contigo mismo
y hubieras impuesto entre tú y tú la debida distancia.

Deja en blanco perros, gatos y pájaros,
bagatelas cargadas de recuerdos, amigos y sueños.

Importa el precio, no el valor.
Interesa el título, no el contenido.
El número del calzado, no hacia dónde va
quien se supone que eres.
Adjuntar una fotografía con la oreja visible:
lo que cuenta es su forma, no lo que oye.
¿Qué oye?
El fragor de las trituradoras de papel.

martes, 17 de septiembre de 2013

Literatura / Claudio de Alas

Alas de Banfield
Publicado en El Banfileño Nº 10 Septiembre 2013
Nicolás Fratarelli

Luego de matar al perro ¡pbum! se pegó un tiro en la frente. El poeta andante, como buen hijo de ingeniero de caminos -heredero de sangre- no quiso recorrer solo su última ruta. Era demasiada la soledad que ya tenía en vida. Por eso buscó compañía para transitar su muerte: anhelaba no terminar como un perro.
Claudio de Alas, desconocido como tantos, fue es un poeta colombiano, un bohemio, un incansable caminante. De tanto andar llegó a Buenos Aires, y por no poder parar siguió de largo hasta Banfield, hasta la casa de su amigo, el pintor Koek Koek, un loco de la guerra (1), o un artista loco de la guerra (de la guerra callada que se tenía por aquel entonces en calles injustas).
Sus datos personales indican: que Claudio era Jorge y de Alas: Escobar Uribe; que su  piel era oscura; que nació en 1886;  en Tunja, en una de las ciudades más antiguas de América, situadas al noroeste de Bogotá; que a pesar de ser miembro de una familia burguesa (2), se alistó para defender a Panamá -en ese entonces parte del territorio colombiano- cuando Norteamérica pasó de la rutinaria prepoteada a la acostumbrada invasión.
Claudio de Alas murió muy joven. Tenía apenas 32 años. Buenos Aires era su gran meta. Admiraba la vida cultural porteña. Venía a triunfar al corazón de América, donde estaba lo que él identificaba como lo más selecto de la cultura. “Voy a vencer o a perecer”, decía. De Alas no consiguió el triunfo. Ni siquiera un empate. El ambiente literario nunca le abrió sus puertas y aún siguen cerradas para él, aunque ahora, con sigilo, entre algún cancel entreabierto, se asome la sombra de la curiosidad  por sus letras.  Los que crean listas,  los nomencladores con báculo, los que bajan el martillo, los creadores de cánones, nunca lo incluyeron en ninguna lista, nunca lo hicieron aparecer en ninguna compilación. Quizá por eso se mató joven. Quizá por eso su cansancio, quizá por eso su desmesura.
Se oyeron dos tiros. El primero directo al perro de mirada triste, luego a sí mismo.  Koek Koek, su amigo que lo albergaba en la casa de Banfield, el que le dio un lugar donde caerse muerto, no le perdonó a de Alas ese asesinato. Lloró al perro.  Pero al poeta no le importó. Él debía continuar su viaje que había emprendido en 1903.  Venía desde Colombia, antes había estado en México y Centroamérica, después bajó por Perú y siguió hasta Chile, donde se quedó un tiempo, y por último en 1917 llegó a la Argentina, su gran meta. No había más después. Apenas quedaba el  infinito. Apenas, ese cielo tan inmenso como la Pampa misma que para él era “el cansancio sin fin de andar”. Y hacia allí partió. Y cuando llegó exclamó:
 “…¡Buenos Aires! La Urbe magna presentida en sus estruendos: La Ciudad-Rey de esta nuestra América. (…) El alma del que llega queda muda y curiosa ante su grandeza.” (3)

En Chile había escrito cuatro libros: “Salmos de la muerte y el pecado”, “Fuegos y tinieblas” “Arturo Alessandri” y “La primera víctima de la aviación en Chile”. 
El último de los poemas de su primer libro evocaba una queja:

“Qué tristeza, qué tedio, qué dolor, qué amargura
El tratar a las gentes con sus mismas falsías:
Todas van disfrazadas con la vil vestidura
De las cosas del mundo, tan banales y frías…” (4)

Este lloro lo trasladó a Buenos Aires. La ciudad donde venía a triunfar apenas le ofreció indiferencia. Su depresión congénita, el no poder superar el lastre del fallecimiento de su madre en los años de su niñez, y  la negación de cualquier camino que lo llevase a ser una referencia cultural en esta zona del sur de América,  transformaron su decepción en pronta fatiga.
Aunque ávido lector de Oscar Wilde, de Rubén Darío y Edgard Poe, su comportamiento como poeta tuvo el espejo maldito de Baudelaire: deambuló como un flaneur por las ciudades, miró a la vida como un voyeur, se obstinó al fracaso y a la infelicidad, y transitó, con el sino de la parca siempre al acecho, toda esta travesía solo, con apenas una escuálida tripulación compuesta de amantes esporádicas recluidas de burdeles de poca monta.
 “El hambre el dolor y el crimen, son esfinges que cruzan incógnitas y mudas a través del oro y de los mármoles de la cosmópolis de la soberbia llanura. Y también incógnita y sin galas de terror podríais decir que desfila también Nuestra Pálida Señora la Muerte…”  (Carta al director de Zig-Zag”) (5)
Un día, un 5 marzo de 1918, en el fondo de la casa del pintor, con el perro  de su amigo al lado, sobre unos formularios telegráficos (6) escribió su poema final:
“Dadme un beso. ¡Oh, Señora!
Dadme el beso callado y no comprado,
De tus labios siniestros, por lo mudos,
Señora, y a mi lado,
Estrechemos los músculos desnudos,
Para dormir…
¿Morir?... (7)

Antes “Lloró (…) y escribió tres cartas” (8) una de ellas para su hermano, otra para el pintor.
Luego del rito: dos disparos.
Koek Koek, dijo: “¿Sabe usted por qué se mató Claudio?...porque sabía mucho (…) porque su cerebro había profundizado en la vida y poseía tan hondos conocimientos psicológicos, que se aislaba de la multitud para no hacer notar su diferencia de estatura”. Y agregó: (es que él) “no había nacido para las reglas. Había nacido para las excepciones…” (9)

Claudio de Alas,  aquí, a orillas del Río de la Plata, quiso tocar el cielo con las manos.
Lo logró.
Nos queda su recuerdo, una calle con su nombre cerca de Camino Negro, su obra realizada en vida, su obra póstuma (10), y la reivindicación de su poesía.
Ahora vuela.

(1)   Ver” El Loco de Banfield”. El Banfileño. N°8 Julio 2013. Nota de Fernando Raluy.
(2)   Harold Alvarado Tenorio. www.haroldavaradotenorio.com
(3)  Claudio de Alas. “Desde el estruendo de Buenos Aires”.  El Cansancio de Claudio de Alas. Editorial Punto de Encuentro. Buenos Aires. 2008
(4)   Claudio de Alas. “Aullidos”. Op.cit.
(5)   Claudio de Alas  “Desde el estruendo de Buenos Aires”. Op. Cit.
(6)   Gito Minore. Prólogo. Op. Cit.
(7)   Claudio de Alas. “Mientras anda la hora”. Op. Cit.
(8)   Juan José Soiza Reilly. Compilador Testamentario de la obra de Claudio de Alas.
(9)   Juan José Soiza Reilly. ibid.

(10) Obras póstumas: “El Cansancio de Claudio de Alas”, “Visiones y realidades”, y “La herencia de la sangre”