Roberto Arlt: Apunte de relectura
Por Julio Cortázar
Escribo lejos de toda referencia, Arlt y yo solos en un rincón perdido de la
costa pacífica. De alguna manera siempre estuvimos solos uno y otro, uno con
otro; en mi juventud lo leí apasionadamente pero sin interesarme por los
trabajos críticos que buscaron explicarlo después de su muerte; incluso ignoro
su biografía en detalle, salvo las síntesis en las solapas de los libros y en
algunas páginas de Mirta Arlt y de Raúl Larra. No se busque aquí un «estudio»
sino, como prefiero, el juego de vasos comunicantes entre autor y lector, un
lector que también llegó a ser autor y que cuenta entre sus nostalgias la de no
haber tenido la suerte de que Arlt lo leyera, incluso con el riesgo de que le
repitiera su famoso y terrible «rajá, turrito, rajá».
Cualquiera sabe de esas esperanzadas exhumaciones que llegado el día
practicamos con ciertos libros, ciertas películas, ciertas músicas, y de sus
resultados casi siempre decepcionantes; a veces la razón está en las obras, a
veces en quienes buscan repetir lo irrepetible, recobrar por un momento la
juventud que mordía a ojos cerrados los frutos del tiempo. De tanto en tanto,
sin embargo, salimos de un cine, de un capítulo o de un concierto con la
plenitud del reencuentro sin pérdidas, de la casi indecible abolición de la edad
que nos devuelve a los primeros deslumbramientos, todavía más asombrosos ahora
puesto que ya no tienen por apoyo la inocencia o la ignorancia. Me ocurre eso
cuando vuelvo a ver Vampyr, Les enfànts du paradis o King Kong, cuando
reescucho Le sacre du printemps o Mahogany Hall Stomp, y en estos días en que
retorno a las novelas y a los cuentos de Roberto Arlt (conozco mal su teatro).
Casi cuarenta años después de la primera lectura, descubro con ese asombro que
tanto se parece a la maravilla hasta qué punto sigo siendo el mismo lector de
la primera vez.
Sí, pero para eso es necesario que Arlt sea el mismo escritor, que en sus
libros no se haya operado la casi inevitable degradación o desleimiento que
este siglo vertiginoso ha impuesto a tantas de sus criaturas. Ahora que salgo
de su relectura como de una máquina del tiempo que me hubiera devuelto a mi
Buenos Aires de los años cuarenta, me doy cuenta de cómo muchos escritores
argentinos que en ese entonces me parecían a la altura de Arlt, Güiraldes, Girondo,
Borges y Macedonio Fernández (después vendría Leopoldo Marechal, pero ésa es
otra historia) se me habían ido esfumando en la memoria como otros tantos
cigarrillos. La esporádica relectura de algunos de ellos por nostálgicas
razones de distancia y tiempo me dejó vacío y triste, sin ganas de reincidir, y
tal vez por eso Arlt se me fue quedando también atrás sin que yo me animara a
entrarle de nuevo, acordándome de flaquezas y de incapacidades que, vistas por
este Viejo Marinero «más sabio y más triste», podían ahogar definitivamente lo
que tanto me había conmovido y enseñado en mi mocedad de grumete porteño.
Pero ocurre que a veces los editores son útiles, y cuando el que lanza esta
reedición de Arlt me propuso un prefacio, sentí que ya no podía seguir siendo
cobarde frente a un escritor tan querido, y que a riesgo de romperme los
dientes que me quedan tenía que hincarlos de una vez por todas en estos ocho o
nueve volúmenes polvorientos de mi biblioteca (las ediciones originales y
horrendas de Claridad, y las subsiguientes y no menos horrendas de Futuro).
Amigos argentinos me prestaron lo que faltaba, y me vine con todo a una playa
mexicana; anteayer terminé la relectura y hoy empiezo estas páginas en
caliente, un poco desolado porque Arlt se me fue de las manos con el último
cuento de El criador de gorilas para dejarme solo frente a un bloc en blanco y
un profundo mar azul que no me sirve de mucho. Como si de alguna manera le
llegara su turno de leerme, de aprobar o desaprobar esto con el derecho de un
amigo de cuarenta años.
Hablando de edad, pienso que Arlt me precedió en la vida por catorce años, y
que yo lo he sucedido a lo largo de treinta y ocho; su brusca muerte en 1942 es
como un irreparable escándalo en un país que no puede jactarse de tantos escritores
como a veces pretende, y en todo caso yo me siento injustamente afortunado por
haber vivido todo ese tiempo que le faltó a Arlt, sin hablar de tantas otras
cosas que también le faltaron. Él lo dice en el prólogo de Los lanzallamas:
«Para hacer estilo son necesarias comodidades, rentas, vida holgada.» Como era
típico en él, éste es un error que encubre una verdad, porque si no es cierto
que «hacer» un estilo exige esas cosas, su carencia sumada a la brevedad
injusta de la vida vuelve harto difícil la conquista de una gran escritura. La
falta del respaldo, del contagio cultural que se respira en un medio
económicamente protegido (cuyos integrantes pueden ser perfectamente brutos
pero cuentan con la biblioteca comprada para aparentar, los discos ídem, el
teatro, los estudios para el diploma del nene o de la nena, al menos éste era
el clima en que me tocó a mí criarme y conmigo a la mayoría de los futuros
escritores nacidos en mi tiempo), hace del proletatio un paria cultural, y
explica el resentimiento que dicta esas palabras de Arlt. Lo que en Buenos
Aires se dio en llamar el grupo de Florida y el de Boedo (burguesía y
proletariado miniburgués respectivamente, con no pocas zonas linderas o de
transhumancia) determinó niveles de cultura y de técnica literaria, ya que
desde luego no podía determinar los del genio. Insisto en que eso no era
obligadamente una cuestión de «rentas» y de «vida holgada», puesto que, para
citar un ejemplo muy posterior que conozco bien -el mío-, lo que contaba era la
atmósfera familiar que rodeaba y sigue rodeando a los adolescentes con vocación
literaria o artística, atmósfera no siempre directamente relacionada con los
niveles económicos. Yo me crié en un suburbio que al principio era casi el
campo, y fui a una escuela de Bánfield donde todos mis condiscípulos llegaban
al sexto grado diciendo demelón, pantomina, se estrenaban para bosear, les
dolían las amídolas, o anunciaban que ahora lo vamo a casa o que después vamo
de mama. Esos chicos y chicas eran con frecuencia hijos de artesanos o pequeños
comerciantes que tenían todas las rentas y la vida holgada que faltaban
terriblemente en mi casa, donde los prejuicios de gente burguesa venida al
cacho (se me contagia la jerga) exigían una apariencia exterior impecable para
disimular la lenta degradación de las deudas, las hipotecas, los usureros y
sólo buscaban empleos «de oficina» porque nadie se hubiera ensuciado las manos
con un oficio o una artesanía, no faltaba más. La diferencia estaba en que
mientras mis amigos no recibían el menor aliciente espiritual, yo me criaba
teniendo a mi alcance los restos de una biblioteca que debió ser excelente y
que lo seguía siendo para un niño, y escuchaba conversaciones de sobremesa
donde la actualidad mundial, las novedades artísticas e incluso literarias, y
el culto de no pocos valores espirituales e intelectuales constituían esa
atmósfera que me ayudaría luego a dar mi propio salto. Si por contagio, o por
ese gusto de encanallarse que tienen los niños, yo hubiera soltada un demelón o
un voy de Pedro, cuatro personas por lo menos me hubieran corregido sobre el
pacho (esta última expresión pasaba por aceptable, porque mi gente no era
mojigata para las formas pintorescas del habla mientras no fueran groseras o
gramaticalmente incorrectas). Algo muy claro y muy profundo me dice que Roberto
Arlt, hijo de inmigrantes alemanes y austríacos, no tuvo esa suerte, y que
cuando empezó a devorar libros y a llenar cuadernos de adolescente, múltiples
formas viciadas, cursis o falsamente «cultas» del habla se habían encarnado en
él y sólo lo fueron abandonando progresivamente y nunca, creo, del todo.
Lo malo es que en esto hay más que las carencias idiomáticas, hay esa
incertidumbre en materia de gusto, de niveles estéticos, que es uno de los
rasgos de mucha de la literatura tercermundista y que proviene de las
circunstancias, de la atmósfera que rodea a un niño como los que conocí en mi
propia infancia. ¿Qué escuchan en su casa, en la calle? ¿Qué códigos de
sobrevivencia cotidiana los rigen? ¿Cuándo se les ofrece la ocasión de ver algo
realmente hermoso y, si lo ven, quiénes están ahí para darles el leve empujón
que podría descubrirles el mundo de la poesía, la música o la palabra? Nada
tiene de extraño que el primer libro de Arlt, El juguete rabioso, se abra resentidamente
con un relato de niños pobres titulado Los ladrones, y que a su vez el relato
empiece con una frase que revela la vocación del autor y la misérrima
oportunidad que se le da de satisfacerla: «Cuando tenía catorce años, me inició
en los deleites y afanes de la literatura bandoleresca un viejo zapatero
andaluz...» ¿Qué leíamos Jorge Luis Borges y yo a los catorce años?
La pregunta no es gratuita ni insolente, y sobre todo no pretende situar de
manera paternalista esta visión de Roberto Arlt. Simplemente, cuarenta años
después, dijo lo que jamás dijeron y ni siquiera pensaron muchos escritores o
lectores del grupo de Florida, que en su día cayeron sobre los libros de Arlt
con el fácil sistema de mostrar tan sólo sus falencias y sus imposibilidades, como
él mismo lo denunciara amargamente en el prólogo de Los lanzallamas. Y si es
cierto que un escritor no es sino que se hace, sea de Boedo o de Florida, a mí
me duele comprender cómo las circunstancias me facilitaron el camino en la
misma época en que Arlt tenía que abrirse paso hacia sí mismo con dificultades
instrumentales que otros habían superado rápidamente gracias a los colegios
selectos y los respaldos familiares. Toda su obra es la prueba de esa
desventaja que paradójicamente me la vuelve más grande y entrañable. Basta
pasar de El juguete rabioso a Los siete locos, y sobre todo de éste a Los
lanzallamas, para advertir la difícil evolución de la escritura arltiana, el
avance estilístico que alcanza su culminación en las admirables páginas finales
donde se describe el asesinato de la Bizca por Erdosain y el suicidio de este
último. Alcanzado ese límite, el lector no puede dejar de lamentar que mucho de
lo anterior y lo posterior esté tan por debajo, que con todo su genio Roberto
Arlt haya tenido que debatirse durante años frente a opciones folletinescas o
recursos sensibleros y cursis que sólo la increíble fuerza de sus temas vuelve
tolerables. Curiosamente, este tipo de desequilibrio ha sido también señalado
en Edgar Allan Poe y en Fedor Dostoievski; como se ve, Arlt está en buena
compañía después de todo, digámoslo para aquellos que todavía creen demasiado
en eso de que el estilo es el hombre.
De ahí las contradicciones que en el fondo no lo son tanto: si después de Los
lanzallamas el «estilo» de Arlt se depura aún más, como es fácil comprobar
leyendo su tercera y última novela, El amor brujo, no es menos comprobable que
este libro es perceptiblemente inferior a los precedentes. A la zaga de un
personaje como Remo Erdosain, el de Estanislao Balder resulta ñoño, y todos los
recursos arltianos para llenarlo de ansiedad existencial parecen tan
artificiales como la personalidad de Irene, que da la impresión de estar
formada por dos mujeres totalmente distintas según que se la busque al comienzo
o al final del libro. El resto de su obra de ficción -los cuentos de El criador
de gorilas- llega a la paradoja de una escritura prácticamente libre de
defectos formales pero al servicio de mediocres cuentos exóticos, nacidos de un
tardío y deslumbrado conocimiento de otras regiones del mundo, y que salvo
alguno que otro pasaje carecen de esa atmósfera que es el estilo profundo de su
mejor obra. Ahora que Arlt escribe «bien», poco queda de la terrible fuerza
de escribir «mal»; la muerte lo esperaba demasiado pronto y, como siempre,
incita a la pregunta sobre una cuarta novela posible. El éxito de las
Aguafuertes porteñas y otros textos periodísticos más generales debieron
alejarlo de esa concentración obsesiva que las salas de redacción no habían
podido robarle mientras escribía la saga de Erdosain; de paradojas así está
lleno el panteón lirerario, que lo digan Scott Fitzgerald y Malcolm Lowry entre
otros.
Tal vez sea el momento de comprender mejor el deslumbramiento maravillado que
me trae esta relectura a cuarenta años de la época en que, juntando con trabajo
los cincuenta centavos que costaban las ediciones de Claridad, leí Los siete
locos y de ahí fui pasando no sólo a los otros libros de Arlt sino a sus
compañeros de edición y en gran medida de sensibilidad y temática, como Elías
Castelnuovo, Alvaro Yunque y Nicolás Olivari, todo eso con un fondo de calles
porteñas redescubiertas por ellos, iluminadas o entenebrecidas por los pasos de
Remo Erdosain, guía mayor en esta visión abismal de un Buenos Aires que los otros
escritores de ese tiempo no habían sabido darme. Me acuerdo de haber repetido
itinerarios de Los siete locos, y admirado la minuciosa reconstrucción del
viaje en tren de Retiro al Tigre que inicia El amor brujo. Me acuerdo de haber
buscado, sin demasiadas ganas de encontrarla y de entrar, la fonda de los
ladrones en la calle Sarmiento, al lado del diario Crítica; es así que ciertas
ceremonias de la posesión y la fidelidad se repiten como prueba de que algunas
novelas no son ese espejo ambulante de que hablaba Stendhal sino incitaciones y
signos recortando y ahondando la realidad con una precisión estereoscópica que
los ojos de todos los días no saben ver. Cada vez que algún lector me ha
contado de sus itinerarios en París tras la huella de algún personaje de mis
libros, me he visto de nuevo en las calles porteñas diciéndome que por ahí
había pasado el Rufián Melancólico, que en esa cuadra estaba una de las roñosas
pensiones donde recalaron Hipólita, la Bizca o Erdosain. Si de alguien me
siento cerca en mi país es de Roberto Arlt, aunque la crítica venga a
explicarme después otras cercanías desde luego atendibles puesto que no me creo
un monobloc. Y esa cercanía se afirma aquí y ahora, al salir de esta relectura
con el sentimiento de que nada ha cambiado en lo fundamental entre Arlt y yo,
que el miedo y el recelo de tantos años no se justificaban, que Silvio Astier,
Remo e Hipólita, guardan esa inmediatez y ese contacto que tanto me hicieron
sufrir en su día, sufrir en esa oscura zona donde todo es ambivalente, donde el
dolor y el placer, la tortura y el erotismo mezclan humana, demasiado
humanamente sus raíces.
Hoy, claro, lo releo con un poco más de distanciamiento intelectual, de
embriones de análisis, de territorios descuidados en la primera lectura y que
ahora adquieren un relieve diferente. La obsesión científca en Arlt, por
ejemplo, que enconces me había dejado indiferente. ¿Influencias familiares,
primeros oficios, atavismos germánicos en una época en que la química, la
balística y la farmacopea parecían tener su amenazante capital en Berlín? Se
sabe que Arlt murió mientras trabajaba en su improvisado laboratorio, a punto
de lograr un procedimiento que hubiera evitado un drama de la época que hoy
resulta inconcebible: el corrimiento de las mallas en las medias de la mujeres.
Múltiples temas y episodios de sus cuentos y novelas vuelven explicable y casi
fatal esta vocación paralela de inventor; ya en su primer libro, el adolescente
Silvio Astier ha fabricado una culebrina capaz de atraer a toda la policía del
barrio, y da consejos a un amigo sobre la manera de hacer volar un aeroplano.
El día en que explica ante oficiales del ejército sus ideas sobre un señalador
automático de estrellas y una máquina capaz de imprimir lo que se le dicta
oralmente, Silvio logra su primer empleo como mecánico de aviación, e
irónicamente lo pierde cuando un teniente coronel lo da de baja con una
explicación que sigue explicando tantas cosas: «Vea, amigo... su puesto está en
una escuela industrial. Aquí no necesitamos personas inteligentes, sino brutos
para el trabajo.»
Era obligado que Remo Erdosain buscara en los inventos una de las posibles
salidas del laberinto donde voluntariamente se había encerrado. Siendo quien
es, la maravillosa rosa de cobre que debía hacer la fortuna de los Espila y de
él mismo, se deshoja entre sus manos indiferentes, de la misma manera que los
planos y dibujos de la fábrica de fosgeno no son más que una manera de llenar
con trabajo el horror de otra noche al borde del crimen. Arlt era un adolescente
en el período de la primera guerra mundial, y el infierno que Henri Barbusse y
Remarque describirían en Europa le llegó a través de los libros y los
periódicos y se reflejó intensamente en sus novelas mayores. Un cuento como La
luna roja condensa esas obsesiones, y también las repetidas y a veces extensas
citas sobre las propiedades de los gases asfixiantes y sus técnicas de
aplicación; pero el punto máximo de su fascinación y su horror frente a un arma
que anuncia ya las bombas atómicas que caerían apenas tres años después de su
muerte, se da en ese capítulo de Los lanzallamas titulado El enigmático
visitante. Ya antes su imaginación había visto lo que luego veríamos en los
noticiosos sobre la explosión en Hiroshima: las víctimas tratando de escapar de
la ciudad, con los cabellos erizados verticalmente. Vaya a saber qué posición
tomarán nuestros cabellos cuando caigan las bombas de neutrones, tan
entusiastamente aprobadas por los Estados Unidos, Francia y otros países
democráticos.
La perceptible falta de humor en la obra de Arlt traduce un resentimiento que
él no alcanzó a superar dentro de condiciones de vida y de trabajo que sólo al
final cambiaron un tanto, cuando ya era tarde para abrirle una visión más
comprensiva e incluso más generosa. Su tremendismo, manifiesto desde la primera
página de las novelas o los cuentos, se da privado de la compensación
axiológica y estética del humor; única fuerza dominante, crece sin freno para
mantener la tensión dramática, y entra obligadamente en lo repetitivo después
de alcanzado el límite máximo. En lo mejor, el resultado es la posesión casi
diabólica del lector por los personajes; en lo menos bueno, se resbala hacia la
fatiga y la impaciencia, como ocurre en El amor brujo.
Buena parte de los cuentos de Arlt constituyen momentos y situaciones que él
habría podido incorporar a Los siete locos o a Los lanzallamas; tanto los
relatos anteriores como los que siguen a la novela del doble título, comportan
esquemas que se articularían sin esfuerzo en la trama mayor; así (y no es un
reproche, basta pensar en Kafka o en Mauriac), Arlt es el autor de un gran
relato único que se parcela a lo largo de su búsqueda, de sus vacilaciones, de
su interminable rondar al borde del abismo central en el que ha de precipitarse
Remo Erdosain.
Un tema que creo poco o nada tratado, y que es a la vez interesante y patético:
Arlt y la música. Como todo aquel que busca rebasar su medio social de origen
(él agrega en su rechazo no solamente los otros medios sino la sociedad entera,
pero guardando la nostalgia de estamentos culturales superiores), la única
manera de evadirse consiste en negar el contexto contaminante y tratar de
sustituirlo por otro del que sólo se tiene una noción aproximada. Como todos
los argentinos de su tiempo, Arlt crece en un clima de tango, sólo que mientras
otros poetas y escritores lo aceptan y elogian en la medida en que el tango no
los acusa, no los incluye en sus letras conventilleras, malevas o de cursilería
sensiblera, Arlt se siente obviamente aludido por cada tango, involucrado en su
marginalidad fundamental. Muy pocas alusiones al tango aparecen en sus libros,
y siempre con un claro trasfondo de desprecio y de rechazo («el tango
carcelario»). La obligada sustitución estética es desafortunada; queriendo
remontar a la «clásica», no va más allá de músicas como la Danza del fuego (en
El amor brujo, por supuesto, lo que sólo en parte es una excusa) y sus
equivalentes. Sin embargo se lo adivina sensible a la música, y en el relato El
traje del fantasma dedica varias páginas a transcribir con toda clase de
imágenes y climas una melodía imaginaria que el personaje improvisa en el
violín. Una o dos referencias indiferentes al jazz, y eso es todo; la pintura y
la música son otros tantos ingredientes de ese Buenos Aires interior que se le
escapará siempre a Arlt, reducido a conocer Buenos Aires desde la calle,
siempre desde fuera cuando se trata del refinamiento que empieza detrás de las
puertas burguesas. El día en que sus libros y él mismo empiezan a franquearlas,
ya es tarde para compensar la desventaja, y además no creo que le interesara
compensarla ni que en su caso fuera una desventaja: el mundo de Erdosain no
tiene lugar para colgar cuadros o escuchar sonatas.
Supongo que la crítica habrá ahondado en el «ideario» -como se decía en estos
años- de Roberto Arlt, y no seré yo quien intente ver más claro en sus
motivaciones y sus intenciones. De esa inextricable madeja de misantropía,
megalomanía, miserabilismo, masoquismo, impulso fáustico, negatividad
schopenhaueriana, salto bergsoniano a un dinamismo dionisíaco (y Nietzsche,
claro), de ese infierno voluntario en permanente rebelión, empapado de
nostalgia de cielos abiertos, de paraísos terrestres, de fugas a lo absoluto,
de ese anarquismo en busca de praxis nihilistas o fascistas, de ese rechazo de
la doble mugre proletaria y burguesa, no creo que quede nada históricamente
aprovechable, salvo la denuncia de un orden social que hace igualmente posibles
el horror de lo más bajo y de lo más alto, la configuración prostibularia del
mundo del Astrólogo y de Erdosain y su reverso igualmente prostibulario pero en
el nivel profiláctico y detergente del mundo empresarial y financiero. Esa
denuncia, hecha sin rigor teórico, ese interminable balbuceo de ilota borracho
mostrando infaliblemente las llagas del mundo, eso de príncipe Muishkin que
tienen Arlt Erdosain o Arlt Balder, nos alcanza en zonas más hondas que las de
cualquier cateo sociológico de gabinete, nos quema con el fosgeno imaginario de
cada día y cada noche de Hipólita, de Silvio Astier, del miserable de Las
fieras, del tuberculoso de Ester primavera, del Astrólogo castrado y visionario
y embaucador, de Haffner golpeando salvajemente a las putas que lo hacen vivir.
Roberto Arlt no necesitó la cultura porteña de la música, la pintura y las más
altas letras para ser uno de nuestros videntes mayores. En último término su
obra es apenas «intelectual»; la escritura tiene en él una función de cauterio,
de ácido revelador, de linterna mágica proyectando una tras otra las placas de la
ciudad maldita y sus hombres y mujeres condenados a vivirla en un permanente
merodeo de perros rechazados por porteras y propietarios. Eso es arte, como el
de un Goya canyengue (Arlt me hubiera partido la cara de haber leído esto),
como el de un François Villon de quilombo o un Kit Marlowe de taberna y
puñalada. Mientras la crítica pone en claro el «ideario» de ese hombre con tan
pocas ideas, algunos lectores volvemos a él por otras cosas, por las imágenes
inapelables y delatoras que nos ponen frente a nosotros mismos como sólo el
gran arte puede hacerlo.
Que sea él quien cierre estos apuntes, él que ve a su doble Erdosain en ese
momento en que, «igual a las fieras enjauladas, va y viene por su cubil, frente
a la indestructible reja de su incoherencia». Arlt, que hace decir a Balder, su
otro doble: «Mi propósito es evidenciar de qué manera busqué el conocimiento a
través de una avalancha de tinieblas y mi propia potencia en la infinita
debilidad que me acompañó hora tras hora.» De esa incoherencia, de esas
debilidades, nacerá siempre la interminable, indestructible fuerza de la gran
literatura.
fuente: http://www.juliocortazar.com.ar