miércoles, 29 de febrero de 2012

Arquitectura / La Galería Güemes


Otro Cielo
Nicolás Fratarelli
Publicado en "Mirada y Crítica"
(Fragmento) 
 



En la Galería Güemes,  la sociedad selecta se encontraba sin cita previa, se cruzaba, se miraba y se dejaba ver. Simulaba y era una manera de mostrarse genuina. El edificio, mucho más que un pasaje comercial, era el espejo de esa imagen en movimiento, el reflejo de las vanidades individuales y colectivas, el retrato de una ciudad moderna en constante mutación. La piedra se proyectaba en los paseantes y estos bebían de su agua. Objeto y sujeto se reflejaban entre sí sin inhibiciones, se necesitaban, se construían. Se deban sentido. Ambos se sabían parte de la historia compartiéndose cotidianamente. Todo entraba en escena al mismo tiempo. El espacio del paseante se conformaba con el espacio del edificio. Los gestos, las posturas los movimientos, los rostros, los olores, los sonidos, los suspiros, los sonrojos, la vestimenta conformaban el espacio arquitectónico,  las luces, los apliques, la bóveda, las cúpulas, los ascensores, eran casi la bijou del paseante. Todo interactuaba y todo era parte de la gran vidriera abovedada que materializaba la metáfora social donde el espacio público y el espacio privado se fundían en una misma representación.

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La ciudad del centenario tenía en sus deseos ser una de las grandes capitales del mundo, para ello necesitaba de íconos urbanos que la representara. Las aspiraciones europeas de la elite de esta parte del mundo, requerían de lugares adecuados a sus apetitos de consumos refinados que les quite los sudores agrícolo-ganaderos y la convierta en ser urbano. Así, la calle Florida de a poco fue dejando de ser  lugar de residencia de la burguesía para convertirse en  vía comercial. Allí se instalaron grandes tiendas como Gath & Chaves y Harrod’s  y confiterías elegantes y la Galería Guemes encontró el sitio ideal para erigirse como un hito del progreso de toda la ciudad.

Un hacendado salteño, ex gobernador de su provincia, y luego senador nacional, David Ovejero, junto a los hermanos San Miguel -también acaudalados salteños-  y al  Banco Superville (que suma el terreno que da hacia la calle San Martín) fueron los impulsores económicos de la construcción de la Galería

Francisco Gianotti (1881-1967),  arquitecto italiano, autor de, entre numerosas obras, la Confitería el Molino, la residencia de Adolfo San Miguel en Buenos Aires y diversas obras en la provincia de Salta, fue el encargado del proyecto.

Gianotti, con la Galería Güemes, más que un edificio, se propuso hacer un signo cargado de sentido, un emblema que enorgulleciera a los habitantes de la metrópolis. Así implementa realizar la obra más alta de la ciudad, el primer rascacielos porteño.

Anchorena aprueba los planos sin ruborizarse, porque, aunque el proyecto no condecía con las legislaciones vigentes, sí respondía al imaginario simbólico de su generación, a la voluntad civilizatoria de su clase,  a la  idea de ciudad moderna.  Además, resulta por demás significativo, que el edificio se levantase sobre un terreno donde se encontraba una propiedad de 1830, vestigio de la antigua Buenos Aires y que  el presidente Victorino de la Plaza (también salteño) corra presuroso a inaugurarlo, como acto de devoción al progreso indefinido.

La obra comenzó en  1913, un año después de comenzada la Primera Guerra Mundial,  y se inauguró en 1915. Como paradoja del destino,  mientras en Europa se destruían edificios, de los rasos  y de los  emblemáticos, aquí se levantaba una ciudad entera  con obras que actuaban como monumentos urbanos y que, por lo general, copiaban los modelos del viejo continente.

El Edificio


Para el proyecto, Gianotti toma como modelo las galerías “Vittorio Emmanuele” , símbolo de Milán, “Humberto 1°” de la misma ciudad italiana  y las “Nacional” y “Subalpina” de Turín (ciudad donde se formó como arquitecto).  Lejos del plagio, estos modelos  y quizá algunos otros como el Pasaje Madler en Leipzig o el Príncipe de Bruselas, son tomados por  la admiración que Gianotti tenía por estos lugares, tanto desde el punto de vista formal como significativo.

Los accesos enmarcan un arco del triunfo de 116 m de largo que cruza toda la manzana y arma un contrapunto con las otras  grandes tiendas de la Florida peatonal y con las sedes bancarias sobre San Martín.

La galería era una máquina multifuncional, con un programa de necesidades complejo. Locales comerciales -en Planta baja-,  esparcimiento resumido en un teatro y un restaurante - en el subsuelo -,  pisos de vivienda - hacia Florida - y pisos de oficina - hacia San Martín -; restaurante-mirador - en el piso mas alto (14) - y como postre, una torre a la que se podía acceder para mirar el crecimiento de la ciudad  y la llegada de los barcos, que eran casi la misma cosa. El edificio si bien podría decirse que era autosuficiente, no pretendía ser una ciudad dentro de la ciudad, por el contrario, buscaba dialogar con ella, abrirse, mostrarse y mirarla desde su punto más alto.

(Fotografías N.F.)

miércoles, 22 de febrero de 2012

Literatura / Rodolfo Walsh

Esa Mujer
Rodolfo Walsh 1927-1977

Publicado en "Los oficios terrestres",
Ediciones De la Flor, 1986.

El coronel elogia mi puntualidad:
­Es puntual como los alemanes ­dice.
­O como los ingleses.
El coronel tiene apellido alemán.
Es un hombre corpulento, canoso, de cara ancha, tostada.
­He leído sus cosas ­propone­. Lo felicito.
 Mientras sirve dos grandes vasos de whisky, me va informando, casualmente, que tiene veinte años de servicios de informaciones, que ha estudiado filosofía y letras, que es un curioso del arte. No subraya nada, simplemente deja establecido el terreno en que podemos operar, una zona vagamente común.
Desde el gran ventanal del décimo piso se ve la ciudad en el atardecer, las luces pálidas del río. Desde aquí es fácil amar, siquiera momentáneamente, a Buenos Aires. Pero no es ninguna forma concebible de amor lo que nos ha reunido.
El coronel busca unos nombres, unos papeles que acaso yo tenga.
Yo busco una muerta, un lugar en el mapa. Aún no es una búsqueda, es apenas una fantasía: la clase de fantasía perversa que algunos sospechan que podría ocurrírseme.
Algún día (pienso en momentos de ira) iré a buscarla. Ella no significa nada para mí, y sin embargo iré tras el misterio de su muerte, detrás de sus restos que se pudren lentamente en algún remoto cementerio. Si la encuentro, frescas altas olas de cólera, miedo y frustrado amor se alzarán, poderosas vengativas olas, y por un momento ya no me sentiré solo, ya no me sentiré como una arrastrada, amarga, olvidada sombra.
El coronel sabe dónde está.
Se mueve con facilidad en el piso de muebles ampulosos, ornado de marfiles y de bronces, de platos de Meissen y Cantón. Sonrío ante el Jongkind falso, el Fígari dudoso. Pienso en la cara que pondría si le dijera quién fabrica los Jongkind, pero en cambio elogio su whisky.
El bebe con vigor, con salud, con entusiasmo, con alegría, con superioridad, con desprecio. Su cara cambia y cambia, mientras sus manos gordas hacen girar el vaso lentamente.
­Esos papeles ­dice.
Lo miro.
­Esa mujer, coronel.
Sonríe.
­Todo se encadena ­filosofa.
A un potiche de porcelana de Viena le falta una esquirla en la base. Una lámpara de cristal está rajada. El coronel, con los ojos brumosos y sonriendo, habla de la bomba.
­La pusieron en el palier. Creen que yo tengo la culpa. Si supieran lo que he hecho por ellos, esos roñosos.
¿Mucho daño? ­pregunto. Me importa un carajo.
 Bastante. Mi hija. La he puesto en manos de un psiquiatra. Tiene doce años ­dice.
 El coronel bebe, con ira, con tristeza, con miedo, con remordimiento.
 Entra su mujer, con dos pocillos de café.
 Contale vos, Negra.
 Ella se va sin contestar; una mujer alta, orgullosa, con un rictus de neurosis. Su desdén queda flotando como una nubecita.
­La pobre quedó muy afectada ­explica el coronel­. Pero a usted no le importa esto.
­¡Cómo no me va a importar!... Oí decir que al capitán N y al mayor X también les ocurrió alguna desgracia después de aquello.
El coronel se ríe.
­La fantasía popular -dice-. Vea cómo trabaja. Pero en el fondo no inventan nada. No hacen más que repetir.
Enciende un Marlboro, deja el paquete a mi alcance sobre la mesa.
-Cuénteme cualquier chiste -dice.
Pienso. No se me ocurre.
Cuénteme cualquier chiste político, el que quiera, y yo le demostraré que estaba inventado hace veinte años, cincuenta años, un siglo. Que se usó tras la derrota de Sedán, o a propósito de Hindenburg, de Dollfuss, de Badoglio.
-¿Y esto?
­La tumba de Tutankamón -dice el coronel-. Lord Carnavon. Basura.
 El coronel se seca la transpiración con la mano gorda y velluda.
-Pero el mayor X tuvo un accidente, mató a su mujer.
 ­¿Qué más? ­dice, haciendo tintinear el hielo en el vaso.
 -Le pegó un tiro una madrugada.
 ­La confundió con un ladrón ­sonríe el coronel . Esas cosas ocurren.
­Pero el capitán N. . .
­Tuvo un choque de automóvil, que lo tiene cualquiera, y más él, que no ve un caballo ensillado cuando se pone en pedo.
¿Y usted, coronel?
­Lo mío es distinto ­dice­. Me la tienen jurada.
Se para, da una vuelta alrededor de la mesa.
­Creen que yo tengo la culpa. Esos roñosos no saben lo que yo hice por ellos. Pero algún día se va a escribir la historia. A lo mejor la va a escribir usted.
­Me gustaría.
­Y yo voy a quedar limpio, yo voy a quedar bien. No es que me importe quedar bien con esos roñosos, pero sí ante la historia, ¿comprende?
­Ojalá dependa de mí, coronel.
­Anduvieron rondando. Una noche, uno se animó. Dejó la bomba en el palier y salió corriendo.
Mete la mano en una vitrina, saca una figurita de porcelana policromada, una pastora con un cesto de flores.
-Mire.
A la pastora le falta un bracito.
­Derby -dice. Doscientos años.
La pastora se pierde entre sus dedos repentinamente tiernos. El coronel tiene una mueca de fierro en la cara nocturna, dolorida.
­¿Por qué creen que usted tiene la culpa?
­Porque yo la saqué de donde estaba, eso es cierto, y la llevé donde está ahora, eso también es cierto. Pero ellos no saben lo que querían hacer, esos roñosos no saben nada, y no saben que fui yo quien lo impidió.
El coronel bebe, con ardor, con orgullo, con fiereza, con elocuencia, con método.
-Porque yo he estudiado historia. Puedo ver las cosas con perspectiva histórica. Yo he leído a Hegel.
¿Qué querían hacer?
­Fondearla en el río, tirarla de un avión, quemarla y arrojar los restos por el inodoro, diluirla en ácido. ¡Cuanta basura tiene que oír uno! Este país está cubierto de basura, uno no sabe de dónde sale tanta basura, pero estamos todos hasta el cogote.
­Todos, coronel. Porque en el fondo estamos de acuerdo, ¿no? Ha llegado la hora de destruir. Habría que romper todo.
 -Y orinarle encima.
­Pero sin remordimientos, coronel. Enarbolando alegremente la bomba y la picana. ¡Salud! -digo levantando el vaso.
No contesta. Estamos sentados junto al ventanal. Las luces del puerto brillan azul mercurio. De a ratos se oyen las bocinas de los automóviles, arrastrándose lejanas como las voces de un sueño. El coronel es apenas la mancha gris de su cara sobre la mancha blanca de su camisa.
­Esa mujer ­le oigo murmurar­. Estaba desnuda en el ataúd y parecía una virgen. La piel se le había vuelto transparente. Se veían las metástasis del cáncer, como esos dibujitos que uno hace en una ventanilla mojada.
El coronel bebe. Es duro.
­Desnuda ­dice­. Éramos cuatro o cinco y no queríamos mirarnos. Estaba ese capitán de navío, y el gallego que la embalsamó, y no me acuerdo quién más. Y cuando la sacamos del ataúd -el coronel se pasa la mano por la frente­, cuando la sacamos, ese gallego asqueroso...
Oscurece por grados, como en un teatro. La cara del coronel es casi invisible. Sólo el whisky brilla en su vaso, como un fuego que se apaga despacio. Por la puerta abierta del departamento llegan remotos ruidos. La puerta del ascensor se ha cerrado en la planta baja, se ha abierto más cerca. El enorme edificio cuchichea, respira, gorgotea con sus cañerías, sus incineradores, sus cocinas, sus chicos, sus televisores, sus sirvientas, Y ahora el coronel se ha parado, empuña una metralleta que no le vi sacar de ninguna parte, y en puntas de pie camina hacia el palier, enciende la luz de golpe, mira el ascético, geométrico, irónico vacío del palier, del ascensor, de la escalera, donde no hay absolutamente nadie y regresa despacio, arrastrando la metralleta.
­Me pareció oír. Esos roñosos no me van a agarrar descuidado, como la vez pasada.
Se sienta, más cerca del ventanal ahora. La metralleta ha desaparecido y el coronel divaga nuevamente sobre aquella gran escena de su vida.
 ­...se le tiró encima, ese gallego asqueroso. Estaba enamorado del cadáver, la tocaba, le manoseaba los pezones. Le di una trompada, mire -el coronel se mira los nudillos­, que lo tiré contra la pared. Está todo podrido, no respetan ni a la muerte. ¿Le molesta la oscuridad?
­No.
­Mejor. Desde aquí puedo ver la calle. Y pensar. Pienso siempre. En la oscuridad se piensa mejor.
Vuelve a servirse un whisky.
­Pero esa mujer estaba desnuda -dice, argumenta contra un invisible contradictor-. Tuve que taparle el monte de Venus, le puse una mortaja y el cinturón franciscano.
Bruscamente se ríe.
­Tuve que pagar la mortaja de mi bolsillo. Mil cuatrocientos pesos. Eso le demuestra, ¿eh? Eso le demuestra.
Repite varias veces "Eso le demuestra", como un juguete mecánico, sin decir qué es lo que eso me demuestra.
-Tuve que buscar ayuda para cambiarla de ataúd. Llamé a unos obreros que había por ahí. Figúrese como se quedaron. Para ellos era una diosa, qué sé yo las cosas que les meten en la cabeza, pobre gente.
­¿Pobre gente?
­Sí, pobre gente.­El coronel lucha contra una escurridiza cólera interior­. Yo también soy argentino.
­Yo también, coronel, yo también. Somos todos argentinos.
­Ah, bueno ­dice.
­¿La vieron así?
­Sí, ya le dije que esa mujer estaba desnuda. Una diosa, y desnuda, y muerta. Con toda la muerte al aire, ¿sabe? Con todo, con todo...
La voz del coronel se pierde en una perspectiva surrealista, esa frasecita cada vez más rémova encuadrada en sus líneas de fuga, y el descenso de la voz manteniendo una divina proporción o qué. Yo también me sirvo un whisky.
­Para mí no es nada -dice el coronel­. Yo estoy acostumbrado a ver mujeres desnudas. Muchas en mi vida. Y hombres muertos. Muchos en Polonia, el 39. Yo era agregado militar, dése cuenta.
Quiero darme cuenta, sumo mujeres desnudas más hombres muertos, pero el resultado no me da, no me da, no me da... Con un solo movimiento muscular me pongo sobrio, como un perro que se sacude el agua.
­A mí no me podía sorprender. Pero ellos...
 ­¿Se impresionaron?
 Uno se desmayó. Lo desperté a bofetadas. Le dije: "Maricón, ¿ésto es lo que hacés cuando tenés que enterrar a tu reina? Acordate de San Pedro, que se durmió cuando lo mataban a Cristo." Después me agradeció.
Miró la calle. "Coca" dice el letrero, plata sobre rojo. "Cola" dice el letrero, plata sobre rojo. La pupila inmensa crece, círculo rojo tras concéntrico círculo rojo, invadiendo la noche, la ciudad, el mundo. "Beba".
­Beba ­dice el coronel.
Bebo.
­¿Me escucha?
-Lo escucho.
  Le cortamos un dedo.
­¿Era necesario?
El coronel es de plata, ahora. Se mira la punta del índice, la demarca con la uña del pulgar y la alza.
­Tantito así. Para identificarla.
-¿No sabían quién era?
Se ríe. La mano se vuelve roja. "Beba".
­Sabíamos, sí. Las cosas tienen que ser legales. Era un acto histórico, ¿comprende?
­Comprendo.
 -La impresión digital no agarra si el dedo está muerto. Hay que hidratarlo. Más tarde se lo pegamos.
 ­¿Y?
­Era ella. Esa mujer era ella.
¿Muy cambiada?
­No, no, usted no me entiende. lgualita. Parecía que iba a hablar, que iba a... Lo del dedo es para que todo fuera legal. El profesor R. controló todo, hasta le sacó radiografías.
­¿El profesor R.?
 -Sí. Eso no lo podía hacer cualquiera. Hacía falta alguien con autoridad científica, moral.
En algún lugar de la casa suena, remota, entrecortada, una campanilla. No veo entrar a la mujer del coronel, pero de pronto esta ahí, su voz amarga, inconquistable.¿Enciendo?
No.
Teléfono.
­Deciles que no estoy.
Desaparece.
Es para putearme ­explica el coronel-. Me llaman a cualquier hora. A las tres de la madrugada, a las cinco.
-Ganas de joder ­digo alegremente.
­Cambié tres veces el número del teléfono. Pero siempre lo averiguan.
­¿Qué le dicen?
  Que a mi hija le agarre la polio. Que me van a cortar los huevos. Basura.
Oigo el hielo en el vaso, como un cencerro lejano.
­Hice una ceremonia, los arengué. Yo respeto las ideas, les dije. Esa mujer hizo mucho por ustedes. Yo la voy a enterrar como cristiana. Pero tienen que ayudarme.
El coronel está de pie y bebe con coraje, con exasperación, con grandes y altas ideas que refluyen sobre él como grandes y altas olas contra un peñasco y lo dejan intocado y seco, recortado y negro, rojo y plata.
­La sacamos en un furgón, la tuve en Viamonte, después en 25 de Mayo, siempre cuidándola, protegiéndola, escondiéndola. Me la querían quitar, hacer algo con ella. La tapé con una lona, estaba en mi despacho, sobre un armario, muy alto. Cuando me preguntaban qué era, les decía que era el transmisor de Córdoba, la Voz de la Libertad.
 
Ya no sé dónde está el coronel. El reflejo plateado lo busca, la pupila roja. Tal vez ha salido. Tal vez ambula entre los muebles. El edificio huele vagamente a sopa en la cocina, colonia en el baño, pañales en la cuna, remedios, cigarrillos, vida, muerte.
-Llueve -dice su voz extraña.
Miro el cielo: el perro Sirio, el cazador Orión.
­Llueve día por medio ­dice el coronel-. Día por medio llueve en un jardín donde todo se pudre, las rosas, el pino, el cinturón franciscano.
Dónde, pienso, dónde.
­¡Está parada! -grita el coronel­. ¡La enterré parada, como Facundo, porque era un macho!
Entonces lo veo, en la otra punta de la mesa. Y por un momento, cuando el resplandor cárdeno lo baña, creo que llora, que gruesas lágrimas le resbalan por la cara.
­No me haga caso -dice, se sienta­. Estoy borracho.
Y largamente llueve en su memoria.
Me paro, le toco el hombro.
¿Eh? -dice­ ¿Eh? -dice.
Y me mira con desconfianza, como un ebrio que se despierta en un tren desconocido.
-¿La sacaron del país?
-Sí.
­¿La sacó usted?
­Sí.
-¿Cuántas personas saben?
­DOS.
­¿El Viejo sabe?
Se ríe.
-Cree que sabe.
­¿Dónde?
No contesta.
­Hay que escribirlo, publicarlo.
­Sí. Algún día.
Parece cansado, remoto.
­¡Ahora! ­me exaspero­. ¿No le preocupa la historia? ¡Yo escribo la historia, y usted queda bien, bien para siempre, coronel!
La lengua se le pega al paladar, a los dientes.
 -Cuando llegue el momento... usted será el primero...
­No, ya mismo. Piense. Paris Match. Life. Cinco mil dólares. Diez mil. Lo que quiera.
Se ríe.
­¿Dónde, coronel, dónde?
Se para despacio, no me conoce. Tal vez va a preguntarme quién soy, qué hago ahí.
Y mientras salgo derrotado, pensando que tendré que volver, o que no volveré nunca. Mientras mi dedo índice inicia ya ese infatigable itinerario por los mapas, uniendo isoyetas, probabilidades, complicidades. Mientras sé que ya no me interesa, y que justamente no moveré un dedo, ni siquiera en un mapa, la voz del coronel me alcanza como una revelación.
­Es mía -dice simplemente­. Esa mujer es mía.

miércoles, 15 de febrero de 2012

Ensayo / José Pablo Feinmann

EVITA Y EL TANGO
“Evita –y posiblemente sea éste uno de sus perfiles más profundos, más ricos- no es como la mujer del tango, que se ha ido del barrio para el centro. No es “la Margot (…) o Milonguita. (…) La piba del tango hace su peregrinaje en busca del ascenso social, la ambición que la empuja es la del dinero, la del lujo, ese lujo que le darán los “morlacos del otario”, la de trepar.
“… Eva (…) no es como la mina del tango. Su viaje de Junín a Buenos Aires se le parece. Pero ella no vino por los “morlacos del otario”. No es (como dice Tim Rice, el guionista de la ópera Evita) “la más grande trepadora después de la Cenicienta”. Grave error, señor Rice. Evita no vino a probarse ningún zapatito, no vino a levantarse al Príncipe (…) para vivir siempre en Palacio jugándola de Reina, aprendiendo buenos modales de la monarquía para ser aceptada por ella. Vino para insultarlos de frente. Trepó para descender hacia los pobres y compartir con ellos que había conquistado (…) vino para no traicionarse. Para no abandonar su resentimiento. Del que vivirá y morirá orgullosa. Porque la piba de barrio se hace amante y mantenida de los ricos. Porque la Cenicienta sólo busca al príncipe para reinar junto a él cuando el momento que llegará, llegue. Porque la tan trinada rebeldía de Victoria Ocampo sólo exhibe la historia de niña rica y traviesa, de la alborotadora, de la prefeminista a lo sumo o de la incorregible de la familia oligárquica, pero nunca cambió su destino de clase, siempre reposó en la más honda densidad del Ser fue previsible, tanto en su aliadofismo antifascista de los cuarenta como en su macartismo pronorteamericano de fines de los cincuenta, tanto en su antiperonismo elitista tramado por el odio de clase y desdén cultural como en su discurso de 1977, al ocupar su esperable, totalmente previsible lugar en la Academia de Letras, en el que defiende un feminismo abstracto en tanto las Madres de Plaza de Mayo se jugaban la vida en un feminismo concreto… (…) Evita, contrariamente vino para desmentir lo lineal, lo previsible, los caminos trillados de las trepadoras. Si no la única, ha de ser una de las muy escasas perdedoras que triunfó sin olvidar ni abjurar de su origen. Eso, muy pocas.”
José Pablo Feinmann
Peronismo. Filosofía política de una persistencia argentina. Capiítulo 15. Fragmento

jueves, 9 de febrero de 2012

Relato / Luis Alberto Spinetta

Adiós alma de diamante




" ...y aunque tu corazón recircule
siga de paso o venga
pretenda volar con las manos
sueñe, despierte o duerma
o beba el elixir
de la eternidad

sos alma de diamante"
L.A.Spinetta 1950-1912

Uno trata de huir de sus garras. Busca escabullirse. Trata de fletarlo de algún modo, pero este se resiste como las cucarachas a las explosiones nucleares,  y vuelve hacia nosotros, y nos pega, de tanto en tanto -más de tanto que de tanto- una flor de cachetada, una de esas que se dan con la mano abierta, para que nos duela, pero también para que nos despertemos y para que no nos olvidemos nunca de él, del tiempo, del tiempo que ahorca y no afloja.
Él, el tiempo, de existencia infinita, no nos deja en paz, nos sacude como si nada. Así como el viento junta hojas (todas las hojas son del viento), él, el tiempo -impertérrito- va trayendo penas como estas que dice: murió otro flaco.
Como tantos pocos, el flaco puso canciones en nuestros ´uokmans´. Desde ayer ya no está en este mundo, se fue con las estrellas y con él se llevó, junto al banderín de River Play,  parte de nuestra primera juventud.
Por suerte, y como venganza de esa trampa miserable que es el tiempo, que todo lo corroe, lo que queda de nosotros aún puede leer melodías de aquel alma de diamante.
NF.
9-2-12



lunes, 9 de enero de 2012

Ajedrez / Miguel Najdorf

"Un día un amigo me dijo ´Acá con lo que trabajás ganás para el puchero´, en Polonia decíamos ´ganarse el pan´, así que pensé: puchero es más que pan y fue así como decidí quedarme a vivir en la Argentina"

Miguel Najdorf nació el 15 de abril de 1910 en Varsovia, Polonia. Hijo de una familia judía llegó a la Argentina en 1939 como capitán del equipo polaco de ajedrez para participar en las VII Olimpíadas de ese deporte. Tras pisar este suelo estalló la segunda guerra, y con ella el genocidio que hizo desaparecer a sus padres, hermanos, amigos, esposa y a su pequeña hija de 3 años de edad.
El mismo general nazi, Hans Frank, que tres años antes lo había condecorado con la medalla de oro por su desempeño en las olimpíadas de ajedrez de Munich en 1936 fue el responsable del exterminio de toda su familia.

Najdorf se nacionalizó argentino. Aquí rearmó su vida, tuvo dos hijas y cinco nietos y llegó a ser una de las mayores figuras del ajedrez nacional, fue campeón argentino en ocho oportunidades y representó al país en once olimpíada, y fue uno de los mejores jugadores a nivel mundial en su tiempo, destacándose en las modalidades de partidas simultáneas.

Además de ser rivales de varios campeones mundiales, jugó partidas con Kruschev, Fidel Castro, el Mariscal Tito, Churchill y el "Che" Guevara. (Foto. La Habana 1962)

Falleció el 4 de julio de 1997 en Málaga, España.

lunes, 26 de diciembre de 2011

Literatura / Alejo Carpentier

La ciudad de las Columnas
Alejo Carpentier (1904-1980)
y su visión de La Habana
(fragmento inicial)

"El aspecto de La Habana, cuando se entra en su puerto escribía Alejandro de Humboldt en los primerísimos años del siglo pasado es uno de los más rientes y de los más pintorescos que puedan gozarse en el litoral de la América equinoccial, al norte del Ecuador. Este lugar, celebrado por los viajeros de todas las naciones, no tiene el lujo de vegetación que las orillas del río de Guayaquil, ni la salvaje majestad de las costas rocosas de Río de Janeiro, puertos del hemisferio austral, pero la gracia que, en nuestros climas, embellece los paisajes de naturaleza culta, se mezcla aquí a la majestad de las formas vegetales, al vigor orgánico que caracteriza la zona tórrida. Solicitado por tan suaves impresiones, el europeo se olvida del peligro que le amenaza en el seno de las ciudades populosas de las Antillas; trata de entender los elementos diversos de un vasto paisaje, contemplar esas fortalezas que coronan las rocas al este del puerto, ese lago interior, rodeado de poblados y de haciendas, esas palmeras que se elevan a una prodigiosa altura; esta ciudad, medio oculta por una selva de mástiles y los velámenes de las naves..."
 Pero añade el amigo de Goethe, dos páginas más adelante, al referirse a la calle de los mercaderes: "Aquí, como en nuestras más antiguas ciudades de Europa, sólo con suma lentitud se logra enmendar el mal trazado de las calles".
Urbanismo, urbanistas, ciencia de la urbanización. Todavía recordamos las conjugaciones que de la palabra urbanismo se daban, con espesos caracteres entintados, en los ya clásicos artículos que publicaba Le Corbusier, hace más de cuarenta años, en las páginas del Esprit Neuveau. Tanto se viene hablando de urbanismo, desde entonces, que hemos acabado por creer que jamás ha existido, antes, una visión urbanística, o al menos, un instituto del urbanismo. Humboldt se quejaba, en su tiempo, del mal trazado de las calles habaneras. Pero llega uno a preguntarse, hoy, si no se ocultaba una gran sabiduría en ese mal trazado que aún parece dictado por la necesidad primordial -tropical- de jugar al escondite con el sol, burlándose superficies, arrancándole sombras, huyendo de sus tórridos anuncios de crepúsculos, con una ingeniosa multiplicación de aquellas esquinas de fraile que tanto se siguen cotizando, aun ahora, en la vie ja ciudad de lo que fuera intramuros hasta comienzos del siglo. Hubo además, mucho embadurno -en azafrán oscuro, azul sepia, castaños claros, verdes de oliva- hasta los comienzos de este siglo. Pero ahora que esos embadurnos se han quedado en los pueblos de provincia, entendemos, acaso, que eran una forma del brise-soleil, neutralizador de reverberaciones, como lo fueron también, durante tanto tiempo, los medios puntos de polícroma cristalería criolla que volvemos a encontrar, como constantes plásticas definidoras, en la pintura de Amelia Peláez o René Portocarrero. Mal trazadas estarían, acaso, las calles de La Habana visitadas por Humboldt. Pero las que nos quedan, con todo y mal trazadas como pudieron estar, nos brindan una impresión de paz y de frescor que difícilmente hallaríamos en donde los urbanistas conscientes ejercieron su ciencia.
La vieja ciudad antaño llamada de intramuros es ciudad de sombras, hecha para la explotación de las sombras -sombra, ella misma, cuando se la piensa en contraste con todo lo que le fue germinando, creciendo, hacia el oeste, desde los comienzos de este siglo, en que la superposición de estilos, la innovación de estilos, buenos y malos, más malos que buenos, fueron creando a La Habana ese estilo sin estilos que a la larga, por proceso de simbiosis, de amalgama se erige en un barroquismo peculiar que hace las veces de estilo, inscribiéndose en la historia de los comportamientos urbanísticos. Porque, poco a poco, de lo abigarrado, de lo entremezclado, de lo encajado entre realidades distintas, han ido surgiendo las constantes de un empaque general que distingue a La Habana de otras ciudades del continente.

martes, 20 de diciembre de 2011

Literatura / La Línea (La línea y otros cuentos)

La línea
Nicolás Fratarelli
Premiado
en el XVIII Concurso Nacional de Cuento y Poesía “Leopoldo Marechal”
Categoría cuentos

La línea estaba allí, derechita, tiesa, imperturbable, perfectamente trazada. ¿Qué hace eso ahí? Me acerco, me arrodillo, la miro de cerca, tomo un paño húmedo con la intención de borrarla, de limpiarla de hacerla humo. Cuando aproximo mi mano a ella, veo que se mueve hacia adelante.
No lo entiendo. Hago algunos pasos con mis rodillas siguiéndola, vuelve a moverse. Se instala debajo de la mesa. Corro las sillas, la persigo con mi trapo de limpiar, pero vuelve a desplazarse, esta vez más rápido. No se deja agarrar la turra, se me escapa. Me siento un estúpido. Un verdadero inútil.  Si no puedo detener a una simple línea negra de un metro de largo, hecha en lápiz, estoy perdido.
Ante la impotencia le grito: “detente” (no sé porqué consideré que a una línea se le habla de “tu”, pero así lo hice) “¡detente!” le dije, pero no me hizo caso. Giró noventa grados sobre si misma y salió disparada hacia el otro lado. Ya sé que hacer, pensé, la voy a arrinconar, a llevar a algún lugar donde no tenga escapatoria y allí me voy a lanzar encima de la insurrecta. Así lo hice, me fui acercando a hurtadillas, con disimulo, con sigilo, con sumo cuidado, en silencio, cuando la tuve a tiro, cuando la tuve al acecho, pronto  para atraparla, la muy insignificante da otra vuelta pero esta vez de más o menos quince grados latitud sur  y se me escabulle entre las piernas. Enfurecí, me di vuelta con decisión, me tiré al piso, con la amenaza de que esta vez no se me iba a volver a escapar, pero para mi sorpresa a partir de ese momento, no la volví a ver. Desapareció de mi vista. La busqué, pero no la pude encontrar. Husmeé por debajo de la mesa y nada, desplacé muebles, moví la cómoda grande del comedor (que bastante bien vino porque aproveché para sacar el polvo y las pelusas impregnadas al piso desde tiempos legendarios, inmemoriales, quizá desde antes de Cristo,) y nada. Seguí buscando, hurgando, escudriñando rincones  hasta que desistí.
Por la noche, aunque estaba con otros menesteres, no había olvidado el incidente. Me fui a dormir. En la cama di vueltas pensando en dónde estaría esa línea que me tuvo a mal traer durante todo el día. Desvelado, me levanté, volví a revisar todos los lugares posibles en donde se podía llegar a esconder la línea pero no la hallé. Me costó conciliar el sueño, pero mi cansancio pudo más y caí dormido.

Por la mañana, luego del baño, cuando me acerco a la cocina para preparar mi desayuno ataviado con chancletas y bata, la veo. La distingo allí bajo la luz del sol: Impávida, impertérrita, lozana, altanera, desafiante. Estaba en el piso casi pegada a la pared, cerca de la intersección entre el plano vertical del antepecho de la ventana y el plano horizontal perfecto que arman los mosaicos. ¿Es que anoche estaba allí  y no la pude distinguir o acaso fue durante la madrugada que se apostó en ese sector de la casa? No lo pude responder, necesitaba pensar. Me tomé un momento. Encendí la radio, comencé a silbar sobre la canción que partía del sintonizador, me puse a arreglar trastos dándole la espalda a la línea, fingiendo ignorarla,  hasta que de pronto, en ese instante divino, se me hizo la luz, y veloz como un rayo me di vuelta sobre un pie y con el otro la pisé, la apretujé con mi calzado de paño gris, tomándola desprevenida y efusivo exclamé con sorna: “¡Te atrapé!, te tengo, ahora soy yo quien te domina”.
Para que no se escape la pisé fuerte, en el medio de su espalda, en su mitad, podríamos decir a cincuenta centímetro de cada punta. Allí la tenía cuando de repente veo -debo reconocerlo que no sin asombro- que sus extremos se comienzan a levantar, ambas puntas se elevaban perpendiculares del piso y poco a poco la línea iba arqueándose hasta convertirse en un arco de medio punto perfecto. Abatido, apesadumbrado, le quité el pie de encima. La línea, ahora curva, no modificó su nueva forma, apenas si se movió un poco de lugar saliendo debajo del sol, que se notaba le molestaba un poco.
Allí quedó.
Sin salir de mi sorpresa me pongo en cuclillas para mirarla de cerca. No se inmutó. La toco, la acaricio. No ofreció resistencia, se dejó acariciar. Empujo ligeramente una de sus puntas, se mece; se tambalea sobre la tangente que forma con el piso. Vuelvo a empujarla esta vez con más fuerza, de nuevo se mece, pero más rápido; me entusiasmo con el juego y la empujo cada vez con más intensidad, hasta que se me va la mano y le doy un envión demasiado grande, es entonces que con semejante inercia vuela por el aire, cae por la fuerza de la gravedad, golpea sobre el piso, rebota  y vuelve a tomar impulso, da una cabriola, -todo esto en forma perpendicular a mi mosaicos recientemente lustrados-  y en el segundo golpeteo contra el suelo la línea que era curva, une sus extremos y se convierte en un círculo perfecto.

En ese momento llamé a mi trabajo. Di parte de enfermo. No podía separarme de este  fenómeno geométrico que tenía en mi propia casa. Fui al dormitorio, me cambié, me puse jogging y zapatillas. Me hice otro café. Taza en mano me acerqué al ahora círculo, antes línea recta, luego arco, que se había trasladado hacia el comedor. Tomé mi calculadora. Saqué cuentas. Si el perímetro de un círculo es igual a pi por diámetro, quiere decir que la división del perímetro por tres coma catorce  da que frente a mis narices tengo un círculo de 0,31847134 metros de diámetro.
Me siento en el sillón, estiro los brazos sobre su respaldo. Contemplo al círculo. Siento que ya somos amigos. Suena el teléfono. Es el médico de la obra social, me pregunta que qué tengo, le digo, que nada grave, que solo algo de fiebre “apenas unas líneas”, cuando me escuché decir esto traté de contener la risa pero no lo logré del todo, sin mucho convencimiento el médico me dio su visto bueno y me dijo que si la fiebre aumentaba que lo llame que se acercaba a mi domicilio.
Cuando corté, el círculo ya no estaba en un lugar fijo, andaba dando vueltas por toda la casa, por el piso, por las paredes, por el techo. Curioseaba cada rincón y yo no me aburría de mirar su paseo.
En un momento lo llamé “¡ey!“,  le hice un gesto con la mano para que se me acerque, obedeció.  Cuando se me acerca, lo hago rodar. Se dejó ir y luego volvió. Una vez, otra y otra vez más. Entendió el código. Luego cambio el juego le pongo mi dedo índice encima y lo hago girar sobre su eje, y gira. Cuando se detiene,  otra vez lo hago girar, esta vez un poco más fuerte, y vuelve a girar divertido, luego hago el mismo movimiento pero esta vez violentamente; el impulso que le genero sobre su punto de apoyo es tan fuerte que veo como frente a mi vista el círculo se convierte en esfera.

Ahora somos inseparables. La, otrora línea, luego arco, antes círculo y  ahora, esfera, salta, salta. Salta por toda la casa.