viernes, 18 de octubre de 2013

Literatura / Wislawa Szymborska

ESCRIBIR EL CURRICULUM
de Wislawa Szymborska

¿Qué hay que hacer?
Presentar una instancia
y adjuntar el currículum.

Sea cual fuere el tiempo de una vida
el currículum debe ser breve.

Se ruega ser conciso y seleccionar los datos,
convertir paisajes en direcciones
y recuerdos confusos en fechas concretas.

De todos los amores basta con el conyugal,
los hijos: sólo los nacidos.

Importa quién te conoce, no a quiénes conozcas.
Viajes, sólo al extranjero.
Militancia en qué, pero no por qué.
Condecoraciones sin mencionar a qué méritos.

Escribe como si jamás hubieras dialogado contigo mismo
y hubieras impuesto entre tú y tú la debida distancia.

Deja en blanco perros, gatos y pájaros,
bagatelas cargadas de recuerdos, amigos y sueños.

Importa el precio, no el valor.
Interesa el título, no el contenido.
El número del calzado, no hacia dónde va
quien se supone que eres.
Adjuntar una fotografía con la oreja visible:
lo que cuenta es su forma, no lo que oye.
¿Qué oye?
El fragor de las trituradoras de papel.

martes, 17 de septiembre de 2013

Literatura / Claudio de Alas

Alas de Banfield
Publicado en El Banfileño Nº 10 Septiembre 2013
Nicolás Fratarelli

Luego de matar al perro ¡pbum! se pegó un tiro en la frente. El poeta andante, como buen hijo de ingeniero de caminos -heredero de sangre- no quiso recorrer solo su última ruta. Era demasiada la soledad que ya tenía en vida. Por eso buscó compañía para transitar su muerte: anhelaba no terminar como un perro.
Claudio de Alas, desconocido como tantos, fue es un poeta colombiano, un bohemio, un incansable caminante. De tanto andar llegó a Buenos Aires, y por no poder parar siguió de largo hasta Banfield, hasta la casa de su amigo, el pintor Koek Koek, un loco de la guerra (1), o un artista loco de la guerra (de la guerra callada que se tenía por aquel entonces en calles injustas).
Sus datos personales indican: que Claudio era Jorge y de Alas: Escobar Uribe; que su  piel era oscura; que nació en 1886;  en Tunja, en una de las ciudades más antiguas de América, situadas al noroeste de Bogotá; que a pesar de ser miembro de una familia burguesa (2), se alistó para defender a Panamá -en ese entonces parte del territorio colombiano- cuando Norteamérica pasó de la rutinaria prepoteada a la acostumbrada invasión.
Claudio de Alas murió muy joven. Tenía apenas 32 años. Buenos Aires era su gran meta. Admiraba la vida cultural porteña. Venía a triunfar al corazón de América, donde estaba lo que él identificaba como lo más selecto de la cultura. “Voy a vencer o a perecer”, decía. De Alas no consiguió el triunfo. Ni siquiera un empate. El ambiente literario nunca le abrió sus puertas y aún siguen cerradas para él, aunque ahora, con sigilo, entre algún cancel entreabierto, se asome la sombra de la curiosidad  por sus letras.  Los que crean listas,  los nomencladores con báculo, los que bajan el martillo, los creadores de cánones, nunca lo incluyeron en ninguna lista, nunca lo hicieron aparecer en ninguna compilación. Quizá por eso se mató joven. Quizá por eso su cansancio, quizá por eso su desmesura.
Se oyeron dos tiros. El primero directo al perro de mirada triste, luego a sí mismo.  Koek Koek, su amigo que lo albergaba en la casa de Banfield, el que le dio un lugar donde caerse muerto, no le perdonó a de Alas ese asesinato. Lloró al perro.  Pero al poeta no le importó. Él debía continuar su viaje que había emprendido en 1903.  Venía desde Colombia, antes había estado en México y Centroamérica, después bajó por Perú y siguió hasta Chile, donde se quedó un tiempo, y por último en 1917 llegó a la Argentina, su gran meta. No había más después. Apenas quedaba el  infinito. Apenas, ese cielo tan inmenso como la Pampa misma que para él era “el cansancio sin fin de andar”. Y hacia allí partió. Y cuando llegó exclamó:
 “…¡Buenos Aires! La Urbe magna presentida en sus estruendos: La Ciudad-Rey de esta nuestra América. (…) El alma del que llega queda muda y curiosa ante su grandeza.” (3)

En Chile había escrito cuatro libros: “Salmos de la muerte y el pecado”, “Fuegos y tinieblas” “Arturo Alessandri” y “La primera víctima de la aviación en Chile”. 
El último de los poemas de su primer libro evocaba una queja:

“Qué tristeza, qué tedio, qué dolor, qué amargura
El tratar a las gentes con sus mismas falsías:
Todas van disfrazadas con la vil vestidura
De las cosas del mundo, tan banales y frías…” (4)

Este lloro lo trasladó a Buenos Aires. La ciudad donde venía a triunfar apenas le ofreció indiferencia. Su depresión congénita, el no poder superar el lastre del fallecimiento de su madre en los años de su niñez, y  la negación de cualquier camino que lo llevase a ser una referencia cultural en esta zona del sur de América,  transformaron su decepción en pronta fatiga.
Aunque ávido lector de Oscar Wilde, de Rubén Darío y Edgard Poe, su comportamiento como poeta tuvo el espejo maldito de Baudelaire: deambuló como un flaneur por las ciudades, miró a la vida como un voyeur, se obstinó al fracaso y a la infelicidad, y transitó, con el sino de la parca siempre al acecho, toda esta travesía solo, con apenas una escuálida tripulación compuesta de amantes esporádicas recluidas de burdeles de poca monta.
 “El hambre el dolor y el crimen, son esfinges que cruzan incógnitas y mudas a través del oro y de los mármoles de la cosmópolis de la soberbia llanura. Y también incógnita y sin galas de terror podríais decir que desfila también Nuestra Pálida Señora la Muerte…”  (Carta al director de Zig-Zag”) (5)
Un día, un 5 marzo de 1918, en el fondo de la casa del pintor, con el perro  de su amigo al lado, sobre unos formularios telegráficos (6) escribió su poema final:
“Dadme un beso. ¡Oh, Señora!
Dadme el beso callado y no comprado,
De tus labios siniestros, por lo mudos,
Señora, y a mi lado,
Estrechemos los músculos desnudos,
Para dormir…
¿Morir?... (7)

Antes “Lloró (…) y escribió tres cartas” (8) una de ellas para su hermano, otra para el pintor.
Luego del rito: dos disparos.
Koek Koek, dijo: “¿Sabe usted por qué se mató Claudio?...porque sabía mucho (…) porque su cerebro había profundizado en la vida y poseía tan hondos conocimientos psicológicos, que se aislaba de la multitud para no hacer notar su diferencia de estatura”. Y agregó: (es que él) “no había nacido para las reglas. Había nacido para las excepciones…” (9)

Claudio de Alas,  aquí, a orillas del Río de la Plata, quiso tocar el cielo con las manos.
Lo logró.
Nos queda su recuerdo, una calle con su nombre cerca de Camino Negro, su obra realizada en vida, su obra póstuma (10), y la reivindicación de su poesía.
Ahora vuela.

(1)   Ver” El Loco de Banfield”. El Banfileño. N°8 Julio 2013. Nota de Fernando Raluy.
(2)   Harold Alvarado Tenorio. www.haroldavaradotenorio.com
(3)  Claudio de Alas. “Desde el estruendo de Buenos Aires”.  El Cansancio de Claudio de Alas. Editorial Punto de Encuentro. Buenos Aires. 2008
(4)   Claudio de Alas. “Aullidos”. Op.cit.
(5)   Claudio de Alas  “Desde el estruendo de Buenos Aires”. Op. Cit.
(6)   Gito Minore. Prólogo. Op. Cit.
(7)   Claudio de Alas. “Mientras anda la hora”. Op. Cit.
(8)   Juan José Soiza Reilly. Compilador Testamentario de la obra de Claudio de Alas.
(9)   Juan José Soiza Reilly. ibid.

(10) Obras póstumas: “El Cansancio de Claudio de Alas”, “Visiones y realidades”, y “La herencia de la sangre”

martes, 27 de agosto de 2013

Literatura / Osvaldo Soriano "El gordo ese"

Graneros y Soriano.
El Gordo Ese.
Nicolás Fratarelli 

Publicado en El BanfileñoNº 9. Agosto 2013.

“Podemos borrar o confundir las huellas de una vida,
pero las llevamos a cuestas”
Ovaldo Soriano. Rosebud


Dos juegan al truco. Uno, el más retacón, lleva puesto un buzo de arquero, amarillo, lavado; el otro, el gordo  de barba candado, una camisa rayada.  La imagen aparece algo borrosa. Se mezclan los colores. Se cruzan las cronologías. No está clara cuál es la presión atmosférica, ni los hectopascales, ni la temperatura ambiente que hay en el lugar, ni por qué una niebla densa, como sahumerio profano, cubre el piso y le  tapa los pies a los protagonistas, que seguro llevan botines.

Están sentados en un café. Parecen tener las alas apoyadas en los respaldos de las sillas. Por momentos están en el bar “El Sol”, por momentos  en “Juancito”, en ambos casos en una mesa que mira hacia Maipú, de pronto, como si nada, están en “Cafetín” allá en Cipolletti y miran a la calle Roca, a la plaza, al peral, al Rosebud.

- ¡Treinta y tres! –dijo el gordo y pegó una risotada de satisfacción.
- Imposible ganarte a vos  –contestó el otro abriendo los brazos.

El silencio se expandió por un instante. Se hizo amenaza. Hasta que el gordo apuró más nostálgico que imperativo:
- Y bue, dale.
- ¿Dale qué?
- El Recuerdo. Me debés el recuerdo.
- ¿De qué hablás?
- Dale Graneros, las deudas se pagan. Lo jugamos a las barajas y te gané. Contame. ¿Cómo fue el gol  que te hicieron en Cipolletti?
- ¡Dejate de embromar con eso!
- Me lo debés, Negro, lo acabamos de jugar al truco.
- ¿No querés  mejor que te cuente la final contra Racing?
- En la próxima mano, si me ganás. Esta la gané yo.

Graneros, Manuel Orlando Graneros,  quería contarle de aquel equipo del 51 del que todavía, hoy en día, se sigue hablando en las calles de Banfield. Le quería contar que él, el gran arquero de ese gran Banfield,  pocos años antes había atajado en ese club de Avellaneda  y que por esas cosas del destino  tuvo  que enfrentar a  sus ex colores en una final. Tenía ganas de decir, Graneros, que fue injusto el resultado a favor de Racing, que Banfield era mejor  y que el partido aún en estos días se encuentra en discusión por  el tan mentado  “arreglo” que, como un crimen perfecto,  nunca se esclareció. Quería dejar en claro, Graneros, Manuel Orlando Graneros,   que a pesar de la derrota ese equipo fue heroico.  Quería decir esas cosas sin embargo, respondió:

-Dejame pensar…de ese partido lo que más me acuerdo fue del viaje a Cipolletti. Fue un suplicio. Treinta y seis horas le puso el tren.  Paró en todos los pueblos. A veces cargaba agua, otras  a algún paisano, o algún que otro paquete de esos que iban envueltos con papel madera atados con hilo de cáñamo y asegurado con lacre rojo.  El viaje me hacía acordar a un libro que trataba de un tipo -ingeniero creo que era- que recorría las rutas de la provincia de Buenos Aires con un Gordini  y se metía en todos los pueblos. Recuerdo que en Bahia Blanca estuvimos un buen rato. Allí la locomotora cambiaba de lugar ¿sabés?,  y el que iba mirando hacia la dirección que llevaba el tren quedaba  de pronto andando de espaldas.
-Dale,  Negro, contame el gol.
-Pará, pará, te dije que el tren iba lento…  Después de Bahía el desierto, la meseta patagónica, el aburrimiento, el hastío,  hasta que se comienza a ver el verde del Valle y de a poco empieza el olor a manzana. Una línea de álamos divide el desierto de la vida.  Una línea hecha por el hombre. Pura geometría. Llegamos a destino más destruidos que lo que habíamos quedado después de los partidos finales que jugamos contra Racing.
-Y llenos de polvo, me los imagino.
-Exactamente. El tema es que bajamos en Neuquén, la ciudad vecina a  Cipolletti. Ambas ciudades corresponden a distintas provincias pero están  unidas por un puente muy simpático. Un puente con jorobas.  
-Dejá la geografía para otro día, Negro. Contá el partido.
-Mirá que sos ansioso vos eh. Fue uno de los tantos partidos amistosos que se juegan en la vida. Fue contra la selección de Cipolletti. Para nosotros era un partido más.  Se ve que para ellos no. ¡Cómo ponían esos gringos!, parecían que estaban jugando la final del mundo. Te juro que si en vez de Carrizo, Corbatta, y Sanfilippo iban ellos al mundial de Suecia del 58 seguro que no hacíamos el papelón que hicimos… 
-Segui dale.
 -Nosotros ganábamos uno a cero, tranquilos. Regulábamos. Entonces en el segundo tiempo hicimos cambios. Ellos metieron tres pibes fresquitos. De pronto uno puso un pase de otro partido,  y apareció un  gordito corriendo a lo  loco,  le ganó las espaldas a Ferretti y a Bagnato ¡nada menos!, ¡dos fieras!, y se vino solo con la pelota dominada, le salgo bien, lo cubro, trato de tapar el tiro pero “Scotta” me la metió al lado del palo. ¡Cómo gritó el gol el gordo ese!, no sé que decía, nombraba a Farro, Pontoni, Chazaretta, Rendo, Romagnioli, que sé yo, pero la cara pasaba del rojo al azul, y del azul al rojo…
Eso es todo. Para mí fue un gol más de los tantos que me hicieron. Lo peor de todo era que  todavía nos quedaba el viaje de vuelta.



El silencio se impuso nuevamente como manto. Ambos sabían que era el  tiempo de la revancha. Los naipes volvieron a sobrevolar la mesa.
Con las cartas en las manos el gordo le preguntó a Graneros
-Che conocés a  Camus.
-¿A Quién?
-A Albert  Camus el de “El extranjero”, “El hombre rebelde”…
-¿De qué jugaba?
-Era arquero como vos.  De allí Peter Handke se inspiró para escribir “La angustia del arquero frente al tiro penal”.
-¡Falta Envido! –gritó Graneros entusiasmado.
-¡Quiero!
-¡Cante Soriano!
- ¡Veintisiete!
-Mirá que sos suertudo vos eh –dijo Graneros simulando desazón y pegó el grito: ¡Treinta y tres son mejores! 

El gordo se fue  al mazo sin mostrar los puntos que cantó (siempre fue mentiroso), y sin decir nada se levantó y despareció, tenuemente, como un fantasma.
Graneros le gritó “¡Osvaldo, eh, Gordo, Me debés  tu recuerdo…!, pero cuando miró a la mesa en vez de las cartas estaba la edición de El  Gráfico de 1951.  En la tapa estaba  él, el gran arquero,  con el mismo buzo amarillo lavado que llevaba puesto en ese momento, tomándose de la red del arco y a su lado sus dos zagueros centrales  que le ponían candado al área chica.
En las páginas principales, un reportaje del periodista Carlos Ferreyra  realizado en  1983 recorría la vida del consagrado escritor Osvaldo Soriano que  declaraba:

"Un día Banfield fue a Cipolletti. (…) Para nosotros era como si nos visitara el Santos. Banfield… el de Graneros, Ferretti y Bagnato… Enfrentaba a la selección de Cipolletti y yo estaba en el banco. Te imaginas: ellos habían viajado como treinta horas; llegaron cansados, pero con lo que sabían, a puro oficio (…) ganaban 1 a 0. Cuando iban quince del segundo tiempo entramos tres pibes, yo era nueve, medio torpe, pero goleador; algo así como un Héctor Scotta.  (Entonces) me tiraron un pelotazo largo, piqué antes que la defensa, enganché hacia adentro y me fui trayendo al arquero conmigo hasta que le cacheteé con la parte de afuera del botín derecho y se la coloqué al lado del palo izquierdo… Esa fue mi mayor hazaña. Mi mayor hazaña futbolística fue haberle hecho un gol al Negro Graneros". 


martes, 13 de agosto de 2013

relato / El Sol de Banfield

El Sol de Banfield
Nicolás Fratarelli
Publicado en El Banfileño Julio 2013

El aroma del café negro se mezcla con la punzante fragancia que expele la ginebra. El pocillo de porcelana montado sobre un platito que apenas juega de acompañante segundón,  invita a una partida de tute cabrero al vasito transparente que estría al alcohol.
El sonido acompaña. Las bolas de billar se golpean entre sí. Se acarician, se saludan, límpidas se reconocen por un instante y se acomodan para que ese taco de lapacho,  lustrado, suave,  algo desvencijado, atiborrado de huellas superpuestas, les vuelva a pegar y a llamarlas Marta.
El paño verde del único mueble nivelado del bar se prolonga en las voces asimétricas que rebotan en las bandas. La felpa se extiende en la barra del estaño, en las disquisiciones de las carambolas, en el sonido poético de los dados que no logran completar la generala porque los cuatro ases se resisten en aparecer todos juntos y a la vez, el paño se explaya en las discusiones políticas que arrancan con un comentario del clima ni bien entra aquel pintor de mameluco blanco que a modo de saludo expresa entusiasmado “qué hermosa mañana tenemos hoy” para luego completar la sentencia: “es un día peronista”.
El humo del cigarrillo se mezcla con aquel hálito perfumado del café, mientras Crítica - luego Crónica- para unos La Razón para otros y La Prensa para pocos, se desdoblan sobre la mesa a la espera de una lectura que busca argumentos para defender posturas preexistentes.

El  Bar El Sol era el bar de Banfield. La antigua tienda y mercería nacida con ese nombre a finales del siglo XIX se había convertido primero en un bar suburbano, para transformarse con el tiempo, en un hito de la ciudad incipiente.

En sus paredes tronaba cada tren que puntualmente surcaba las hiedras que crecían entre los durmientes, allí sus parroquianos apretujaban sus ojos para mirar por las ventanas al eterno Febo que asomaba lejano detrás de los pastizales de la calle Arenales. Las sillas descoladas, las esterillas vencidas, las mesas emparejadas con servilletas de papel fueron testigos de devaneos morosos, de insomnios asistemáticos, de palabras que se cruzaban en el aire, que chocaban con rezongos, enojos, y murmullos; el bar era testigo de las respiraciones roncas, sus mesas escuchaban, refrendaban y  ocultaban en las hendiduras que dejan los resquicios  de la cola del carpintero, secretos y penas de amor. El Sol era un confesionario sin celosía que vivía al ritmo ferroviario. Su atmósfera obligaba a la amistad, a calentar los corazones de aquellos que llegaban en pleno invierno con las manos en los bolsillos, la barbilla entumecida y la postura digna del que no quiere aparecer como un flojo.

El Sol era bar de esquina, lugar de encuentro. Allí el susurro encontraba consejos melancólicos, manos en el hombro. Quizá alguna lágrima caída imposible de reprimir aún continúe escondida sobre algún zócalo perdido. En El Sol se catalogaban las confidencias de los hombres sensibles. Sólo de hombres. Porque El Sol era como el ágora del ciudadano griego, donde no entraban mujeres y niños, donde no ingresaba el espacio doméstico. Era un bar con todas las letras, o mejor, con las tres letras que conforman la palabra  y que tanto significado tiene para cualquier habitante de esta ciudad que conoce bares de “sabiondos y suicidas”. El Sol no era una confitería. Nada que ver con La Guillermina, que del otro lado de la estación, con sus glorietas y  espacios verdes admitía novias y mujeres como parte de su discurso. No. En  El Sol, ellas se hacían presentes como elegía, como esperanza, como sujeto de deseo. Estaban presentes en su ausencia.

El bar El Sol era un muestreo de la ciudad, como esa gota que es el agua, como esa espiga que es la tierra.  El Sol no era la ciudad, hacía ciudad. La variable de cambio, no era el café, sino la palabra. El Sol tejía urdimbres de soledades, intercambiaba pareceres, creaba un lenguaje único, un sánscrito banfileño que reunía a los tanos, gallegos, judíos y turcos que por allí aparecían, y esparcía ese menjunje por el aire, por encima de todos y lo hacía bajar de a poco como una neblina  para que se  incorpore en cada hablante, en cada argumento, en cada habitante del lugar hasta hacerse uno.

Desde el norte del sur hasta el sur más sur era uno de los pocos lugares que estaba abierto día y noche. Las letras amarillas que se acomodaban sobre las hendijas del cartel del fondo de paño negro conformando las palabras que indicaban el menú que ofrecían los especiales de jamón y queso, vivían desacomodadas. Su mensaje se transformaba en anagramas creados por los jóvenes que se acodaban en las mesas, aburridos por las madrugadas, luego de  salidas poco exitosas a pesar de sus esmerados galanteos y de su cuello perfumado.

Encrucijadas
Hoy la esquina muestra en su ochava un sol en bajo relieve, un sol con la cara golpeada. Con su nariz  rota parece mirar  a las mesas que ya desaparecieron. Mira, mira y ve.
Ve a Osvaldo Ardizzone. Fuma. Con el final del cigarrillo próximo a apagar prende uno nuevo. El humo lo envuelve, lo envuelve, vuelve. Lee algo, escribe cosas en un papelucho.  El cenicero se repleta de arrugas, de ojeras  de ceniciento talento, de dones de buen tipo. Allí está charlando a de fútbol, de libros, de la vida.  Los ojos de El Sol ven como el  mozo se guarda ese cenicero para su colección de objetos preciados como si fuese un Cáliz consagrado de cenizas.

Desde la esquina el sol, que hoy es sólo una cara, ve la visita de los hermanos Navarra, los ve haciendo fantasías sobre la mesa de billar, ve a esos pibes que aún no tenían dieciochos años apiñados en las ventanas,  esperando cumplirlos para entrar y tener cerca a estos maestros para estudiarles su posición, la flexión de sus rodillas, el arqueo de sus cinturas, sus  jugadas de ensueños.

Ve llegar, el sol, este sol que añora, ve llegar a Valentín Suárez, ve que entra saluda y se sienta en una de las mesas, y que en menos que canta un gallo, uno, dos, tres, un  séquito que se le acerca dispuesto a escuchar sus historias. Ve llegar a Florencio Sola bien vestido. Lo ve bajar de su voituré descapotable, ve como saca de sus bolsillos caramelos para dárselos a los niños que andan por la vereda, ve como estira el brazo y ofrece  la llave de su máquina  a quien se anime a probarla.  Ve a Lencho, manejando su negocio de juego, contando cómo salvó su vida a pesar de los tiros que recibió en la redada fundamentalista de la timba clandestina que dejó sin vida a su padre. 


Allí ellos, allí todos. Allí la polémica. Allí los cambios gobiernos, las democracias débiles y los militares al acecho, allí la ciudad que llegaba, allí los cambios de hábitos que dejaron atrás a los años cuarenta, cincuenta, sesenta y más, allí la disolución del aura que lo hacía bar con nombre propio. Allí el comienzo del ocaso.  Allí una cortina que se baja. Allí el 2008. Allí el fin. Allí, ahora un comercio más, un  sol ñato, amarillito descolorido que antes, entero y altivo marcaba presencia en Maipú y Vergara,  porque veía una esquina,  y ahora  sólo ve una  intersección  de dos calles, apuradas con sus buenas y con sus malas.

Imagen: 
Pintura realizada por Fernando Izaguirre y Juan Simón Paz Figueira. 
Detalle de un cuadro exhibido en la estación de Banfield. 
Foto. N.F.



lunes, 5 de agosto de 2013

Se mueren los que se van

SE MUEREN LOS QUE SE VAN
(y quedan en mi corazón)
Agosto-2013


Se van sin querer irse
Se van
Entonces se mueren.
Entonces se nos mueren
Y nos matan un poco a nosotros que nos quedamos
convencidos de que acá tenemos que estar
Convencidos de que es este el lugar donde nosotros tenemos que morir,
porque  esta es nuestra tierra
Porque ellos nos la hicieron nuestra.

Se van.
Se van por distintas razones, se van sin querer irse.
Y en ese no querer irse
Se llevan el cuerpo y dejan el resto.
Todo el resto.
Y ese cuerpo que habla aprende a decir
“lindo es por acá”,   ”linda la nieve”, “linda las autopistas nuevas”
Y entonces, mientras ese cuerpo dice eso
las palabras destilan babas de indolencia
y apenas suenan
y caen al vacío sin fuerza, sin significado, sin sentido.

Pero ellos son débiles y se van.
Porque dicen que se tienen que ir.
Porque “las cosas son así”
Porque se deben ir.
No porque quieran irse.
Entonces se van y se mueren
Mejor dicho
Entonces se van y terminan de morirse,
porque en realidad comienzan su muerte,  ya, en el primer viaje de ida.

De los que se van
sobreviven  sólo aquellos 
que creen que  eso de
“lindo es por acá”,   ”linda la nieve”, “linda las autopistas nuevas”
es verdad.
De los que se van
Sobreviven aquellos que hacen propios el idioma de los otros
que les gusta vivir vidas que
siempre, siempre, siempre, siempre, siempre, siempre
eternamente siempre
serán  vidas ajenas.

Los que no
Los que no pueden llevar esa cruz
Se mueren.
Se mueren entonces.
Porque no pueden hacer otra cosa.
Y nos matan un poco a todos nosotros que nos quedamos.

Pero, les digo,
Se los digo, se los digo a ustedes que se murieron - sé que me escuchan-
no les va a ser fácil, morirse así como así,
Porque entre el barro, y los baches y la inflación, y los cortes de luz, y la falta de presión de agua y
Póngale-el-defecto-que-más-le-guste-a-este-lugar-de-porquería-al-que-nos-tocó-vivir
vamos a atesorar lo que dejaron,
vamos a hacer vivir lo que nos dejaron
por lo menos

mientras vivamos.

martes, 25 de junio de 2013

Relato/ Apuntes de Junín

APUNTES DE JUNÍN
N.F.

No conocía Junín.  El encuentro organizado por el Instituto Cultural Latinoamericano me sirvió, para, además de conversar con mucha gente interesante, descubrir  la ciudad.
Me encantó encontrarme con  una localidad grande, activa, rica, envuelta en Pampa Húmeda, rodeada de campo, de verde, de producción.

Eva, tan cerca y tan lejos
El trazado de la ciudad de Junín  tiene la forma de un golpe seco que dejó el sello de las leyes de indias. Es, como tantas ciudades americanas de origen español, una tela a cuadrillé, pero, en este caso, desplegada  en medio de una llanura fértil.
Entonces, la plaza central. Entonces la reunión de los puntos cívicos más importantes a su alrededor.  Entonces un colegio.
Pero no cualquier colegio, sino el colegio donde estudió Eva Perón.
Y desde allí se puede ver  participar de un acto escolar a esa niña con sueños de actriz.
 Junín está cerca de Los Toldos, lugar de nacimiento de Evita. En Los Toldos está el museo que la recuerda. En Junín no hay ninguna placa que la mencione. Quizá sea injusto pero en sus calles, no vi ninguna inscripción que la recordara aunque esta ciudad  haya sido el primer hogar  de Esa Mujer.
Fue en  Junín que Eva se casó con Perón. Aún está el edificio donde dieron el sí. Está caído, abandonado. En el frente una frase indica: “declarado de interés municipal”. Será que el  interés  del municipio es tenerlo así como está. Y bueno, no es poco.  Podría ser peor. Podría no existir. Pero no, está, abandonado pero está.
Enfrente  hay una colchonería. Dicen que allí vivió Eva.
Desde allí  se puede ver corretear a una piba bastarda con sueños de lápiz labial.
En la otra punta de la ciudad está la estación de ferrocarril. Siempre el  tren. El tren  que enhebraba el país. Enhebraba, pasado imperfecto.  En esa estación se paró alguna vez la joven Duarte, con una valija. De allí partió.
Desde allí se puede ver a una jovencita de vestido austero  con sueños de Capital.
  
Unitario
Superó las expectativas la convocatoria del  Instituto.  El encuentro fue sumamente federal. Escritores de Jujuy, Córdoba, Corrientes, La Pampa, Chubut, Santa Cruz… y más. Casi todas las provincias estuvieron  allí representadas. (También hubo trabajos de Latinoamérica  -escritores de Uruguay, Perú, Colombia se hicieron presentes- de  España y hasta de Suecia  -que incluyó la visita de su representante-).
La reunión fue en sobre la calle Alsina.  Una lástima tener que nombrar a alguien así en medio de tanto federalismo.

Banfield y Sarmiento
En el paseo por la ciudad pedí que nos sacaran algunas fotos  a mi mujer y a mí. Amablemente  la gente aceptaba fotografiarnos. En medio del encuadre nos  preguntaban de dónde éramos.  Cuando le decíamos “de Banfield”  quitaban la mirada de la cámara y nos hacían algún comentario  futbolístico.  La disputa entre Banfield y Sarmiento por un puesto para subir a primera estaba todavía caliente. El fútbol siempre presente en todos lados.

Desayuno literario.
Fue muy hermoso levantarse al día siguiente del encuentro y encontrar que todos los que nos hospedábamos en ese hotel estábamos unidos  por un único tema: la literatura.  Esa mañana con mi mujer compartimos el desayuno una poeta de Buenos Aires (Patricia Della Mónica) y el escritor colombiano radicado en Suecia (Gustavo Figueroa Velasquez)
Entre las medialunas surgieron los nombres de Cortázar, Mankell, Larsson, Strindberg y de Benedetti recitando alemán.
Le nombré a Shakira, se  rió. No me dio nombrarle a Abba.
Recibimos la recomendación de leer a Selma  Lagerlöf. Lo apuntamos.

Otra vez Banfield antes de la vuelta
Antes del regreso, ruta 7, fin de semana largo, fuimos a conocer la laguna  de Gómez.  Lindo camino. Casas quintas y más allá el autódromo. Nos encantó. Nos gustó su costanera, su muelle. El agua se veía azul. Sacamos fotos. Recorriéndola hacia el norte  nos encontramos con el club náutico.  Desde allí pudimos ver unos bungalows  y casas perfectas para el descanso.
Tomamos hacia el sur.  En esa zona debe haber buen pique. Cada vez se ven más pesadores.
Al llegar al final del recorrido vemos una rotonda con una estatua en el medio. Se trata de un hombre de brazos abiertos. ¿Será? ¿Es?  Sí es. Es ¡la estatua de Sandro de América! ¡La estatua de Sandro de Banfield! Sus brazos abiertos nos dan la bienvenida.
Ríe.

Arte Contemporáneo / Mondongo en el MAMBA

PROBAR MONDONGO
N.F.

Entre las muestra que se exhiben  en el  Museo de Arte Moderno de Buenos Aires (MAMBA) se encuentra la de Mondongo (colectivo artístico compuesto por Agustina Picasso, Juliana Laffitte y Manuel Mendanha).


La exposición, curada por Kevin Power,  se compone de los trabajos realizados por el grupo desde 2009 hasta la fecha, y se presenta dividida en dos ejes temáticos: Retratos  y Paisajes. En ambos segmentos, encontramos diversas expresiones  y  técnicas variadas, no obstante (y, aunque tengamos que tomar un ascensor que nos lleve de una sala a otra para seguir viendo la muestra –como si fuese parte de la propuesta artística-)  el conjunto se lee como una unidad. Todo lo amalgama la libertad expresiva y  la destreza y la autoridad artística con la que los artistas dominan el material.


Más que retratos
Los retratos están trabajados con hilos de algodón sobre madera.  Parece increíble que con este material se consiga un resultado tan realista, una imagen tan fotográfica  y a la vez con tantas sutilezas.
Entre los retratos llama particularmente la atención el de Rodolfo Fogwill. La expresión conseguida es  tan poderosa que trasmite, sin mayores necesidades de interpretaciones, la fuerte personalidad del escritor devenido en modelo para la ocasión, cada trazo, expresa su nervio, su carácter, su energía.


Aparte de los retratos, en esta misma sala, encontramos unos cuadros que se insertan dentro de la pared del museo y que juegan con la idea del espacio y la perspectiva casi como una ironía, dado que ambos conceptos se hacen cuerpo en la profundidad del mismo cuadro. Completa este grupo  un, desde lejos, verdadero-costillar- de- vaca- disecado- producto- por- el -efecto- del- desierto,  que en principio parece una traspolación de ese elemento  al ámbito museo, y desde cerca  (como en casi toda la producción artística de este grupo),  nos guiña el ojo cuando ese hipotético resabio animal se manifiesta  realizado con monedas de cinco y diez centavos de curso legal.

Natural mente
Las obras de los paisajes (¿los, el?) se encuentran en otra sala.  La lectura comienza en un extremo y termina en el otro, en ese recorrido van pasando cosas. Va cambiando el panorama, vamos deslumbrándonos. 



Todo es un conjunto se compone de quince cuadros de aproximadamente dos metros de alto por tres de largo, dispuesto como una gran cinta,  curva, armada con cada obra  una al lado de otra, dando continuidad a todo un relato natural del paisaje -boscoso, casi selvático-  entrerriano. 



Lo que queda delante de nuestros ojos es altamente realista  sólo hay que animarse a dar un paso para entrar en ellos y comenzar a correr enloquecidamente en aquellos matorrales. Pero lo más original del tema es el material: está realizado todo en plastilina. Ramas que se escapan de los planos, el barro  que casi salpica, el ruido del agua, la  humedad que se nos impregna, los olores más o menos densos según el punto donde nos hallemos, los sonidos de los animales, todo eso está presente, no hay alegoría todo es real.


En este contexto, cada cuadro nos pide compromiso, complicidad, como en el juego de “Buscando a Wally”, no paramos de encontrar  elementos nuevos, cada mirada nos lleva a descubrir un detalle, nos hace entender  la composición del paisaje y esto, a su vez nos hace comprender  al arte que expresa este grupo de nombre tan particular.