jueves, 14 de junio de 2012

Literatura / Alejo Carpentier

Concierto barroco
Inicio - Fragmento

Alejo Carpentier
(1904-1980)

De plata los delgados cuchillos, los finos tenedores; de plata los platos donde un árbol de plata labrada en la concavidad de sus platas recogía el  jugo de los asados; de plata los platos fruteros, de tres bandejas redondas, coronadas por una granada de plata; de plata los jarros de vino amartillados por los trabajadores de la plata; de plata los platos pescaderos con su pargo de plata hinchado sobre un entrelazamiento de algas; de plata los saleros, de plata los cascanueces, de plata los cubiletes, de plata las cucharillas con adorno de iniciales.
Y todo esto se iba llevando quedamente, acompasadamente, cuidando de que la plata no topara con la plata, hacia las sordas penumbras de cajas de madera, de huacales en espera, de cofres con fuertes cerrojos, bajo la vigilancia del Amo que, de bata, sólo hacía sonar la plata, de cuando en cuando, al orinar magistralmente, con chorro certero, abundoso y percutiente, en una bacinilla de plata, cuyo fondo se ornaba de un malicioso ojo de plata, pronto cegado por una espuma que de tanto reflejar la plata acababa por parecer plateada.

viernes, 8 de junio de 2012

Literatura / Clarice Lispector



Clarice Lispector
(1920-1977)


Un soplo de vida
(fragmento)



Tengo miedo de escribir. Es tan peligroso. Quien lo ha intentado lo sabe. Peligro de hurgar en lo que está oculto, pues el mundo no está en la superficie, está oculto en sus raíces sumergidas en las
profundidades del mar. Para escribir tengo que instalarme en el vacío. Es en este vacío donde existo intuitivamente. Pero es un vacío terriblemente peligroso, de él extraigo sangre. Soy un escritor que tiene miedo de la celada de las palabras: Las palabras que digo esconden otras ¿Cuáles? Tal vez las diga. Escribir es una piedra lanzada a lo hondo del pozo.

Meditación leve y suave sobre la nada. Escribo casi totalmente liberado de mi cuerpo. Como si éste levitase. Mi espíritu está vacío por tanta felicidad. Tengo ahora una libertad íntima sólo comparable a un cabalgar sin destino a campo traviesa. Estoy libre de destino. ¿Será mi destino alcanzar la libertad? No hay una arruga en mí espíritu, que se explaya en espuma fugaz. Ya no me siento acosada. Estado de gracia.

Estoy oyendo música. Debussy usa la espuma del mar que muere en la arena, refluyendo y fluyendo. Bach es matemático. Mozart es lo divino impersonal. Chopin cuenta su vida más íntima. Schubert, a través de su yo, llega al clásico yo de todo el mundo. Beethoven es la emulsión humana en tempestad que busca lo divino y sólo lo alcanza en la muerte. Yo, que no pido música, sólo llego al umbral de la palabra nueva. Sin valor para exponerla. Mi vocabulario es triste y a veces Wagneriano.- polifónico-paranoico. Escribo de manen muy sencilla y desnuda. Por eso hiere. Soy un paisaje agrisado y azul. Me elevo en la fuente seca y en la luz fría.

Quiero un escribir desaliñado y estructural como el resultado de escuadras, de compases, de agudos ángulos de un estrecho triángulo enigmático.

¿«Escribir» existe por sí mismo? No. Es sólo el reflejo de una cosa que pregunta. Yo trabajo con lo inesperado. Escribo como escribo, sin saber cómo ni por qué: escribo por fatalidad de voz. Mi timbre soy yo. Escribir es un interrogante. Es así: ?

¿Me estaré traicionando? ¿Estaré desviando el curso de un río? Tengo que confiar en ese río abundante. ¿O habré puesto un azud en el curso de un río? Intento abrir las compuertas, quiero ver brotar el agua con ímpetu. Quiero que haya un clímax en cada frase de este libro.

Paciencia, que los frutos serán sorprendentes.

Este es un libro silencioso. Y habla, habla en voz baja.

Este es un libro flamante: recién salido de la nada. Se toca al piano, delicada y firmemente al piano, y todas las notas son límpidas y perfectas, unas separadas de las otras. Este libro es una paloma mensajera. Escribo para nada y para nadie. Si alguien me lee será por su propia cuenta y riesgo. No hago literatura: sólo vivo al paso del tiempo. El resultado fatal de que yo viva es el acto de escribir. Hace tantos años que me perdí de vista que vacilo en intentar encontrarme. Me da miedo comenzar. Existir me da a veces taquicardia. Me da tanto miedo ser yo. Soy tan peligrosa. Me pusieron un nombre y me apartaron de mí.

Siento que no estoy escribiendo todavía. Presiento y quiero un hablar más fantasioso, más exacto, con mayor arrobamiento, que haga volutas en el aire.

Cada nuevo libro es un viaje. Pero un viaje con los ojos vendados por mares jamás vistos: con la venda en los ojos, el terror de la oscuridad es total. Cuando siento una inspiración, muero de miedo porque sé que de nuevo viajaré sola por un mundo que me rechaza. Pero mis personajes no tienen la culpa de que así sea y entonces los trato lo mejor posible. Ellos vienen de ningún lugar. Son la inspiración. Inspiración no es locura. Es Dios. Mi problema es el miedo a volverme loca. Tengo que controlar Existen leyes que rigen la comunicación. Una condición es la impersonalidad. Separarse e ignorar son el pecado en un sentido general. Y la locura es la tentación de poderlo todo. Mis limitaciones son la materia prima que ha de trabajarse mientras no se alcance el objetivo.

Yo vivo en carne viva, por eso me interesa tanto darles cuerpo a mis personajes. Pero no aguanto y los hago llorar sin venir a qué.

¿Raíces que no están plantadas y se mueven por sí solas o la raíz de un diente? Pues también yo suelto mis amarras: mato lo que me molesta y, como lo bueno y lo malo me molesta voy definitivamente al encuentro de un mundo que está dentro de mí, yo que escribo para librarme de la difícil carga de ser una persona.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Relato / Rina

Rina




El tiempo, intransigente, intolerante, inexorable, entendió como eran las cosas, y decidió conferirle a  esa mujer de hierro, unos instantes más, sobre esta tierra que, impávida, gira alrededor de sí misma llueva o truene.
Así fue como ella, por un rato más pudo:
 
      Ver la espuma del mar llegando a esta orilla del mundo.
      Caminar con los pies descalzos por la arena empañada de despojos.
      Recordar su infancia alrededor de una mesa junto a sus hermanos.
       Cantar melodías como si lavara la ropa en aquel ruscello de agua limpia.
      Cruzar el Atlántico al revés
       Reencontrarse con la tierra de olivos en el sur de una Italia que se hizo otra.
      Disfrutar del brillo de los ojos de sus nietos.
      Acariciarles el pelo a sus hijas.
      Saborear el cariño que en otros tiempos pareció esquivo.
El tiempo, intransigente, intolerante, inexorable, le concedió en la partida varios últimos deseos, sólo no  le permitió, que ese día jugara al número que era fija, pero fija, que salía.

sábado, 12 de mayo de 2012

Prensa


Alma, corazón y letras2012-05-12 00:00:00
Más allá de los nombres ilustres que engalardonan la literatura nacional, en la región hay cientos de hombres y mujeres que vuelcan su talento a la escritura. Ensayos, novelas, cuentos, poesías e investisgaciones levantan vuelo desde el Sur y enriquecen la cultura, muchas veces sólo por el impulso que les da la vocación y el amor por este arte. 


"Escribir concede ciertos privilegios, como viajar de colado por el mundo, propio, de otras gentes. La literatura permite que desde una mesa de café se pueda viajar en el tiempo, con un ‘jubón de prímula’ o con un saco sastre marrón otoño con las mangas sin devanar. Permite que se pueda viajar en el espacio sobre bicicletas bucaneras, sobre globos aerostáticos a medio inflar, o encima de un bicho bolita. (…) La literatura nos permite andar, recorrer, rodar, transitar, vagar, errar por caminos con la misma curiosidad con la que Leopoldo Bloom deambulaba, con rumbo aún sin certezas, por las calles de Dublín”. 

El párrafo, incompleto, pero no por eso censurado en su belleza, es de Nicolás Fratarelli, un vecino de Banfield, arquitecto y docente, pero proclive también a crear fantásticos universos con la palabra, por ese don que tienen los escritores de saber combinar, ensamblar y conjugar fórmulas de letras que después hacen una frase, y después un fragmento; después una página y con muchas de ellas un mundo. 

Lo bueno es que Nicolás -conservando su rica singularidad- es uno entre muchos hombres y mujeres de la región que escriben: poesías, ensayos, investigaciones periodísticas, novelas, cuentos y biografías se elevan desde este suelo del Sur del Gran Buenos Aires y se integran a la vasta producción de la cultura, enriqueciéndola con matices y visiones peculiares, tanto como puede serlo cada pluma. 

(Fragmento del Informe "Con tinta del Sur" Edición 12/05/12) 
(Texto completo www.inforegion.com.ar)

Analía Agostino

miércoles, 9 de mayo de 2012

Literatura / Manejo (Relatos)

Manejo
Manejo. Veo mi mano. Mi mano que envejece. Sus torpes dobleces, sus surcos ahondados. Los pliegues de mi piel que cubren tendones y venas se parecen a ese plano de arena de las playas desiertas, en otoño, en invierno, en agosto en pleno agosto en los mares del sur. Voy en viaje. Creo conducir. Prendo la radio, miro el paisaje.


Listas
Me gusta hacer listas. Puedo hacer listas de cualquier cosa. De equipos de fútbol, de cantantes de tangos, de bares notables, de políticos con barba candado, de productos eléctricos, de países que llevan color verde en sus banderas, de las películas de Hitchcock.
Es mi manera de acomodar el mundo, este mundo tan desordenado.

Opinión
-         ¿Te gusta?
-         Sí, me parece horrible.
-         ¿Me queda bien, entonces?
-         Sí, espantoso. Te queda pésimo. Me encanta.
-         ¿Entonces me lo dejo puesto?
-         Sin duda. Aunque tu figura no ayude… y chingue en los costados.
-         Entonces te parece bien…
-         Perfecto.


   
N.F

jueves, 19 de abril de 2012

Relato / Américo Lagomarsino

Américo
Nicolás Fratarelli

El domingo 15 de abril Américo cumplió 80 años. Américo además de Américo, es el Dr. Américo Lagomarsino.

Américo es uno de esas figuras casi anónimas para los grandes medios que nunca hablan “ni de ti ni de mí”, pero es mucho más importante que cualquier figurón mediático que ocupa cientos de minutos por los medios audiovisuales y litros de tinta escrita. 

Américo, es una de las mejores personas que conozco. Quizá dicho así no sirva de mucho, pero no es un caso individual, mío,  es que para muchos es una de las mejores personas que cada uno conoce.

Américo, además de ser un tipo inteligente, lúcido, de una gran cultura, de una  sabiduría prodigiosa en muchos temas que exceden los meramente médicos, es una persona de una gran sensibilidad social. Se le pueden destacar muchas virtudes, yo le rescato apenas una: su coherencia entre el decir y el hacer. La virtud más difícil que puede conseguir cualquier ser humano.

Desde joven eligió vivir en un barrio común de Lomas  de Zamora, Laprida, y tener un palo borracho en su jardín y una casa normal que no responde al imaginario de la casa de un médico con cincuenta años de trayectoria. Desde recibido se dedicó siempre a su vocación: pensar y ayudar a los demás. También se dedicó a la medicina.  Corrió siempre que lo llamaron, estuvo siempre que lo necesitaron,  miró a la persona enferma antes que el carné de la obra social. Curó, escuchó y aconsejó a sus pacientes con y sin plata. Nada de lo que sé de él me lo contó él. Todo lo hizo en silencio.

El domingo se festejó su cumpleaños en la plaza de su barrio. Fue una fiesta cultural y popular. Sus hijas y toda su familia encabezaron la organización del cumpleaños y todo se extendió de boca en boca evitando que se enterara el homenajeado.
Antes de la fiesta de su cumpleaños las mujeres de la Sociedad de Fomento de la zona barrieron la plaza y arreglaron todo para el festejo. El trabajo de la gente pública del barrio hizo que la municipalidad colaborase con escenarios, sonido infraestructura y le regale la participación de la orquesta de tango liderada por el maestro Lavallén, arreglador nada menos que de Pugliese.

Alrededor de las tres de la tarde, paulatinamente, los vecinos fueron llegando con tortas, que ocuparon una mesa gigante, vestida de  manteles blancos y guirnaldas en la falda. Globos, fotos familiares de épocas variadas y caramelos a modo de recordatorio de los que suele tener el doctor Lagomarsino  en su consultorio, decoraban el palco. A medida que se acercaba la hora de su arribo al lugar, el anfiteatro de la plaza se iba poblando y  las sillas que habían llegado en un camión municipal se encontraban todas en uso. Las mujeres grandes y chicas  se cubrían del sol con lo que tenían a mano. El Barrio de Américo, del doctor Lagomarsino, su barrio, todo Lomas, se había vestido de fiesta. Cuando llegó él sonaron campanas y bocinas y comenzaron los aplausos.  Más de quinientas personas lo estaban esperando. Fabián lo llevaba en su camioneta de colección decorada con una cruz verde, Facundo con sus rastas sacaba hermosas fotos para apropiarse  del momento y transformar las imágenes en memoria popular. No hizo falta que el locutor desde el estrado anunciara que Américo había arribado a la plaza. Todos los vecinos ya se habían acercado a expresarle su cariño, su respeto.

Luego de un masivo canto de feliz cumpleaños, Américo habló y dijo que no podía creer lo que estaba pasando, que su tarea no había sido tan destacada como para recibir semejante homenaje y que él apenas había cumplido con su deber, con su trabajo, con su forma de vida. Dijo, además, que lo que más rescataba del acontecimiento era el acto de amor que significaba, y que este, en si mismo,  hablaba bien de cada una de las personas que estaba en la plaza, porque podían dar sin más.

Más de quinientas personas lo saludaron. Entre la cantidad de regalos que recibió, había cartas, cartitas y carteles de agradecimientos escritos por mujeres, hombres y chicos; hubo canciones italianas -interpretadas por un hombre de 93 años que no desafinó ni una nota-  tangos  cantados tocados y bailados, actuaciones estelares y hasta una murga que hizo mover a todo el mundo con sus redobles. La fiesta popular estaba completa.

Pasaron los abrazos de historiadores, de bicicleteros, de otros médicos, de maestras, de monjas, de los hijos de Juan, de la hija de Cholo (sus grande amigos que seguro lo miraban desde el cielo) y hasta de algún que otro caco conocido  que se tomó licencia ese día porque el acontecimiento lo ameritaba. Así, a su manera, la gente le devolvió lo que alguna vez no pudo pagar y le agradeció lo que él había hecho por cada uno de ellos.

La reunión terminó con la plantación de un árbol en su honor. Fue una manera de decir que cada uno cosecha lo que planta.  Y Américo cosecha, no hay dudas de eso, porque plantó.

miércoles, 11 de abril de 2012

Ensayo / Villa Victoria

Villa Victoria
El sol cae suave en abril.
Nicolás Fratarelli

El sol cae suave en abril. Va bajando, cálido, sobre los jardines de la casa que aún tienen la arena que Victoria traía desde el mar. La casa mira hacia el parque, no hacia la calle. A esta le da casi la espalda. Podríamos decir que poco le importa. La casa mira al parque, al camino circular que recorre lo que queda de él, mira a los árboles, a las flores, huele a lavanda, a romero, huele a verde.  La galería, mira al mar, recibe el rocío de la costa lejana pero presente. Desde el plácido barrio del Divino Rostro, pispea en línea recta las playas del centro. Quizá esa mirada añore otras tierras, que no le son desconocidas.
Las pisadas de otra época,  parecen recobrarse a cada paso. Aunque etéreas y lejanas, cada una de ellas parece tomar cuerpo,  presencia vívida. Estos pasos son parte del lugar, son sus dueños, los únicos que se acomodan a las huellas perdidas como las plantas de los pies descalzos a las rocas húmedas,  los demás que  por allí pisamos somos apenas huéspedes, fisgones, mirones indiscretos de jadeos aristocráticos.
La casa está elevada, para ingresar a ella hay que subir varios escalones. Para llegar a Victoria Ocampo, hay que subir varios escalones. Ella no era para todos. Su cultura, delicatesen, se separaba del resto. Junto a ella caminaban cotidianamente su hermana Silvina, su cuñado Bioy, sus amigos Borges, Mallea y Dante, sus amigas Gabriela (Mistral), Francesca y Beatrice, el paraíso el purgatorio y el infierno.
Victoria trajo su formación de Francia (Sorbona),  su padre la casa prefabricada de Inglaterra (Boulton & Paul Ltda).  Buena combinación. La casa, Villa Victoria, no tiene el señorío de la de San Isidro, Villa Ocampo, ni el pretencioso snobismo de la casa de Barrio Parque.  No es, con seguridad, una gran obra arquitectónica, ni la más destacada de todas las que se encuentran en la ciudad. Pero tiene calidez, mística y perfume a sur. Sus paredes de madera encierran secretos, aromas diplomáticos, julianes martínez, literaturas distinguidas; amores, amores a las letras y también al arte. Sus paredes hablan. Su empapelado con figuras florales y avecillas de ojos atentos arma su propio medio ambiente, dice. Una modesta casa normanda, destinada al casero la vigila y otra neorenacentista desde sus loggias asoma servidumbres.
Victoria Ocampo aglutinó parte de la inteligencia de su tiempo. Fue una conservadora moderna,  una oligarca mecenas, una aristócrata rebelde, una egoísta generosa. Fue amiga de coincidencias y disidencias y se enemistó con varios que no pensaron como ella, que se atrevieron a adherir a revoluciones cubanas. Sufrió un matrimonio frustrado y vivió un romance prohibido, se desbocó con sus cartas a Delfina (Bunge). Quiso ser actriz, terminó siendo escritora. Tradujo, difundió, y recibió a gran cantidad de artistas y pensadores. Editó libros de Virginia Woolf, Sartre, Camus. Federico García Lorca. Militó contra el peronismo. En eso fue políticamente correcta ubicándose del mismo lado que sus congéneres y criticándolo por antidemocrático, aunque no hizo lo mismo con Videla cuando, ya de grande, la nombraron (la primera mujer) miembro de la Academia de las Letras. Rompió reglas culturales y aceptó malestares de la cultura. Fumó, manejó autos, fue feminista, y aunque escandalizó a los de su clase nadie se animó a llamarla loca. Borges dijo de ella “en un país y en una época donde las mujeres eran genéricas, ella tuvo el valor de ser un individuo”.
Victoria Ocampo vivió en aquella casa que lleva su nombre, y no su apellido. Vivió, no moró. Como una estaca, como esa flecha-insignia de la tapa de la revista Sur que creó y sostuvo por años, se instaló en esa casa que la acogió mirando al mar. Su mirada saltona, anteojuda, desafiante, presumida, triste y arrogante a la vez se siente en la espalda de quien, tiquet mediante, se propone recorrer la casa y visitarla, ahora, como museo.
(Fotografías N.F)