sábado, 25 de mayo de 2013

Ensayo / El espacio público como amenaza

La ciudad mediática:
El espacio público como amenaza
Nicolás Fratarelli

Revista Contratiempo.
Año XI Nº3 primavera 2011 


El espacio mediático

Las ciudades se van impregnando cada vez de más frivolidad. Unas buscan parecerse a otras, siguiendo los esquemas urbanos considerados exitosos por el orden global, sin importar su posición geográfica, su cultura  y sus habitantes.

El discurso mediático, en manos de intereses privados, se aprovecha de las ingrávidas democracias  para caerles al acecho y desplegar sin pudor un relato de  ciudad a su medida, llena de corazas, pautas publicitarias, y preconceptos,  produciendo “ideas de ciudad, críticas, análisis, figuraciones, hipótesis, instrucciones de uso, prohibiciones, órdenes (y) ficciones de todo tipo.” (Beatriz Sarlo)

Estos relatos buscan proteger intereses sectoriales creando una ciudad mediática a su imagen y semejanza, despegada de la vida de quienes la habitan y la hacen diariamente.

Como la sábana que convierte a la nada en fantasma, el discurso omnímodo procura transformar lo soso en sustancia, reemplazando el debate con sobreinformación; exponiendo  un  catálogo de datos inútiles, lleno de slogans de fácil digestión, que busca opacar cualquier posición crítica que le haga frente y desautorizar cualquier propuesta alternativa de ciudad.

La intervención mediática sobre la ciudad transita por dos senderos: uno que muestra de forma exacerbada los problemas de la ciudad real, donde se propicia el miedo, y se les refriega  a sus habitantes los peligros y los riesgos que se corren en sus espacios públicos; y paralelamente otro, que ofrece  como solución una “ciudad ideal”, en donde se exaltan las ventajas de una ciudad vigilada, controlada, dirigida, sin conflictos sociales, con una población homogénea y de pensamiento uniforme, generando de este modo una representación que promete una falsa idea de bienestar y coincide con los negocios propiciados por quienes escriben estos guiones


Las sociedades actuales, atomizadas y  apáticas frente a la impiedad y a la injusticia,   prefieren ver en directo por la pantalla de televisión el eclipse lunar con tal de no levantar la persiana que muestra el cielo frente a sus narices. Ante cualquier acontecimiento que infrinja el orden conservador bajado por los medios hegemónicos solo espera una explicación audiovisual de algún pope bien pagado, echarse de costado, apagar la luz de noche y disponerse a dormir, dejando que los discursos dominantes completen los desdeñados intersticios participativos.

“Ciertamente, el poder siempre ha tratado de asegurarse el control de la comunicación social, sirviéndose del lenguaje como medio para difundir la propia ideología y para inducir a la obediencia voluntaria” (Zygmunt Bauman), sin embargo, frente al panorama descrito ya no es necesario el poder de un estado totalitario para lograr el control social. El poder invisible, la imposición masiva del relato mediático con fines determinados, reemplaza sus métodos aunque no sus fines.

Hoy los discursos de los medios de comunicación dominantes, convencen cordialmente sobre las bondades de su plan. Como nos dice Bauman, el secreto de toda socialización exitosa  reside en pugnar para que los individuos deseen hacer lo que sea necesario para que el sistema logre autorreproducirse y “esto puede realizarse abierta o explícitamente (…) inculcando o imponiendo (…) ciertos patrones de comportamiento”. La irónica profecía de  Aldous Huxley en Un mundo feliz,  “el secreto de la felicidad y la virtud es amar lo que uno tiene que hacer (donde todo) condicionamiento se dirige a lograr que la gente ame su inevitable destino social”,  parece cumplirse sin dolor.

Todo este bagaje mediático influye directamente en la conformación espacial de la ciudad, promueve el aislamiento de los actores sociales urbanos y desdeña el uso de los espacios públicos produciendo fragmentaciones y limitaciones de uso, y  predisponiendo  su espacio físico al simple acto funcional de circular o comprar. El acto de usar la ciudad, con el sentido de apropiársela, de sentirla de uno, de tomarla como la casa propia, de quererla y a la vez, de cuidarla, de desear mejorarla y de transformarla, termina siendo una idea sediciosa y conspirativa frente a los intereses de las corporaciones que buscan persuadir al habitante urbano que la ciudad es una amenaza, que transitar por sus calle es peligroso e inseguro y que los lugares públicos son de nadie (salvo cuando, desde los propios medios se llama a  protestar en contra de la “inseguridad”). 


De este modo, al espacio público de la ciudad, que desde sus orígenes fue un lugar impuro, un lugar de discusión, de controversia, de intercambio, de encuentro, hoy se lo pretende como un lugar de paso, prolijo, insulso, chirle, rodeado por una escenografía ajena, separada de la vida, al que el hombre urbano no tiene acceso.  La ciudad perfecta para este discurso es la no ciudad o bien la ciudad virtual, como brillantemente lo planteara Marc Auge, donde los “habitantes de esos espacios públicos convencidos que lo público, no les pertenece, pasan a ser espectadores (…) de una vida sin imperativos” (Gilles Lipovtsky) y simplemente se adecuan a acatar y a ocupar los  lugares que quedan vacante para beber de la fantasía del derrame. 


El espacio del Consumo

El relato mediático como cualquier producto perecedero, tiene fecha de vencimiento, y como mercancía desechable de permanente recirculación, necesita de un reacondicionamiento periódico. Para ello, debe ser eficiente y creíble y por lo tanto debe exponer la información y sus opiniones como verdades inobjetables.

En manos de las grandes empresas que transaccionan comunicación, el ideal de ciudad termina siendo un objeto de consumo más, como cualquier producto ubicado en la góndola de supermercado. Bajo este precepto el consumo termina siendo el único valor que redime a la ciudad y a su espacio público de los lugares conflictivos.

El mensaje estimula el sedentarismo social, o mejor dicho, más que al sedentarismo estimula a caminar en una cinta sin fin, que permiten hacer cientos de kilómetros, regular las velocidades y disponer de las dificultades preestablecidas, pero no moverse nunca del mismo lugar.

La ciudad mediática, es bien recibida por una sociedad desganada, sin espíritu de lucha, malcriada “por el facilismo del mercado de consumo, que promete hacer de cada elección una transacción segura y única, que no genera obligaciones a futuro” (Bauman).  Es bien recibida por una sociedad que lejos de sentirse parte de una comunidad, sueña con encontrar las soluciones de sus desventuras yéndose a otras ciudades (de países centrales) con topónimos que suenan a seguridad y buen vivir,  y al no lograr dicho objetivo, termina eligiendo -como el recurso menos malo- arrinconarse en barrios privados, en torres country o en alternativas similares; tomando, así, el atajo propiode esa vida de niños mimados, de riesgo mínimo, responsabilidad reducida o eludida, y subjetividad neutralizada a priori.” (Bauman)

La ciudad del consumo encuentra su horma en los zoológicos privados al estilo Temaiken, donde todo es pulcro, ordenado y estudiado en cada detalle. Donde no hay olor de animales y los sonidos de pájaros salen de altoparlantes; gusta de los grandes parques temáticos concesionados como el Parque Nacional Iguazú donde uno debe caminar por los senderos obligatorios, y mojarse la cabeza con agua mineral embasada porque el control espacial es tan grande que nadie puede acercar el cuenco de sus manos en los millones de hectolitros de agua que bajan por la increíble catarata que solo está para ser observada. De este modo el discurso mediático encuentra la virtud en “una ciudad simulada, controlada, compuesta por iguales, donde todo está previsto y es previsible (incluyendo la) felicidad encapsulada, segura y esterilizada.” (Zaida Muxi)



El espacio público como amenaza

Dice Habermas: “Por espacio público entendemos un ámbito de nuestra vida social, en el que se puede construir algo así como opinión pública. La entrada está fundamentalmente abierta a todos los ciudadanos. En cada conversación en la que los individuos privados se reúnen como público se constituye una porción de espacio público.”

En cada uno de estos ámbitos el habitante de la ciudad, interactúa con el otro, se proyecta, se refleja, se identifica con el otro.

El espacio público, es un lugar un lugar antropológico que al decir de Marc Auge “constituye las formas elementales del espacio social (…) donde los hombres se cruzan se encuentran y se reúnen”. Su posición en la ciudad la genera las intersecciones de los itinerarios “trazados por los hombres”

En estos centros, se entreteje lo individual con lo colectivo, se unifican diferencias, se unen heterogeneidades, se comparten experiencias, el hombre se identifica con el medio que lo cobija y en la interacción se produce identidades mutuas (del hombre con el medio y del medio con el hombre).

Los espacios públicos de la ciudad son generadores de un discurso propio y por si mismo critican a las expresiones que vienen de los medios de comunicación electrónicos. La ciudad “es un organismo vital que precisamente empieza a morir cuando el hombre no ve en él su reflejo, cuando no entabla una comunión con sus elementos, pero sobre todo, cuando de alguna manera no forma parte de sus problemas.” (Zenda Liendivit)

El espacio público asusta. Aterra. Con su vida propia y contradicciones, se opone a cualquier imposición externa. Las ciudades basan su carácter en estos espacios comunes, en estos espacios de todos. El relato mediático mediante el poder del mercado busca igualar a todas las ciudades, su ideal es hacer a todas parecidas a aquellas ciudades europeas protegidas por Unesco, con sede en Ginebra, Suiza, (país históricamente neutral de todo y modelo de lo insulso), que resultan insoportables de tan perfectas donde es impensado encontrar vida propia, transpiración, suciedad, alguna bacteria que contamine  de vitalidad. El mensaje dominante desea tener ciudades sin alma, sin nervio, sin fibra, igualadas por una manera de ser, donde sus habitantes actúen como turistas, o para ser más específicos, como turistas de museos quienes se adecuan -al igual que quienes se congregan “en los shoppings y en los espectáculos televisivos”- a la “imposibilidad de usar, de habitar, de hacer experiencia.” (Giorgio Agamben)  Frente a esto, el espacio público resiste y actúa como amenaza.

  
Notas
Beatriz Sarlo. La ciudad vista. Siglo XXI. Buenos Aires. 2009
Zygmunt Bauman. Vida de consumo. F. de Cultura Económica. Buenos Aires. 2007
Marc Augé. Los no lugares. Espacios del anonimato. Gedisa. Barcelona 2005
Zaida Muxi. La arquitectura de la ciudad global. Nobuko. Buenos Aires  2009
Gilles Lipovetsky. La era del vacío. Anagrama. Barcelona 2008
Jürgen, Habermas. Historia y crítica de la opinión pública. La transformación estructural de la vida pública. Ed. Gustavo Gilli. Barcelona. 2009
Zenda Liendivit. La ciudad como problema estético. Contratiempo. Buenos Aires. 2009
Giorgio Agamben. Profanaciones. Adriana Hidalgo. Buenos Aires 2005

jueves, 9 de mayo de 2013

Literatura / Italo Calvino: Por qué leer los clásicos

Por qué leer los clásicos
Italo Calvino  (1981)

Empecemos proponiendo algunas definiciones.
1. Los clásicos son esos libros de los cuales se suele oír decir: «Estoy releyendo...» y
nunca «Estoy leyendo...».
Es lo que ocurre por lo menos entre esas personas que se supone «de vastas lecturas»;
no vale para la juventud, edad en la que el encuentro con el mundo, y con los clásicos
como parte del mundo, vale exactamente como primer encuentro.
El prefijo iterativo delante del verbo «leer» puede ser una pequeña hipocresía de todos
los que se avergüenzan de admitir que no han leído un libro famoso. Para tranquilizarlos
bastará señalar que por vastas que puedan ser las lecturas «de formación» de un
individuo, siempre queda un número enorme de obras fundamentales que uno no ha
leído.
Quien haya leído todo Heródoto y todo Tucídides que levante la mano. ¿YSaint-Simon?
¿Y el cardenal de Retz? Pero los grandes ciclos novelescos del siglo XIX son también
más nombrados que leídos. En Francia se empieza a leer a Balzac en la escuela, y por la
cantidad de ediciones en circulación se diría que se sigue leyendo después, pero en
Italia, si se hiciera un sondeo, me temo que Balzac ocuparía los últimos lugares. Los
apasionados de Dickens en Italia son una minoría reducida de personas que cuando se
encuentran empiezan enseguida a recordar personajes y episodios como si se tratara de
gentes conocidas. Hace unos años Michel Butor, que enseñaba en Estados Unidos,
cansado de que le preguntaran por Emile Zola, a quien nunca había leído, se decidió a
leer todo el ciclo de los Rougon-Macquart. Descubrió que era completamente diferente
de lo que creía: una fabulosa genealogía mitológica y cosmogónica que describió en un
hermosísimo ensayo.
Esto para decir que leer por primera vez un gran libro en la edad madura es un placer
extraordinario: diferente (pero no se puede decir que sea mayor o menor) que el de
haberlo leído en la juventud. La juventud comunica a la lectura, como a cualquier otra
experiencia, un sabor particular y una particular importancia, mientras que en la
madurez se aprecian (deberían apreciarse) muchos detalles, niveles y significados más.
Podemos intentar ahora esta otradefinición:
2. Se llama clásicos a los libros que constituyen una riqueza para quien los ha leído y
amado, pero que constituyen una riqueza no menor para quien se reserva la suerte de
leerlos por primera vez en las mejores condiciones para saborearlos. En realidad, las lecturas de juventud pueden ser poco provechosas por impaciencia,
distracción, inexperiencia en cuanto a las instrucciones de uso, inexperiencia de la vida.
Pueden ser (tal vez al mismo tiempo) formativas en el sentido de que dan una forma a la
experiencia futura, proporcionando modelos, contenidos, términos de comparación,
esquemas de clasificación, escalas de valores, paradigmas de belleza: cosas todas ellas
que siguen actuando, aunque del libro leído en la juventud poco o nada se recuerde. Al
releerlo en la edad madura, sucede que vuelven a encontrarse esas constantes que ahora
forman parte de nuestros mecanismos internos y cuyo origen habíamos olvidado. Hay
en la obra una fuerza especial que consigue hacerse olvidar como tal, pero que deja su
simiente. La definición que podemos dar será entonces:
3. Los clásicos son libros que ejercen una influencia particular ya sea cuando se
imponen por inolvidables, ya sea cuando se esconden en los pliegues de la memoria
mimetizándose con el inconsciente colectivo o individual.
Por eso en la vida adulta debería haber un tiempo dedicado a repetir las lecturas más
importantes de la juventud. Si los libros siguen siendo los mismos (aunque también
ellos cambian a la luz de una perspectiva histórica que se ha transformado), sin duda
nosotros hemos cambiado y el encuentro es un acontecimiento totalmente nuevo.
Por lo tanto, que se use el verbo «leer» o el verbo «releer» no tiene mucha importancia.
En realidad podríamos decir:
4. Toda relectura de un clásico es una lectura de descubrimiento como la primera.
5. Toda lectura de un clásico es en realidad una relectura. La definición 4 puede
considerarse corolario de ésta:
6. Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir.
Mientras que la definición 5 remite a una formulación más explicativa, como:
7. Los clásicos son esos libros que nos llegan trayendo impresa la huella de las lecturas
que han precedido a la nuestra, y tras de sí la huella que han dejado en la cultura o en
las culturas que han atravesado (o más sencillamente, en el lenguaje o en las
costumbres).
Esto vale tanto para los clásicos antiguos como para los modernos. Si leo la Odisea leo
el texto de Homero, pero no puedo olvidar todo lo que las aventuras de Ulises han
llegado a significar a través de los siglos, y no puedo dejar de preguntarme si esos
significados estaban implícitos en el texto o si son incrustaciones o deformaciones o
dilataciones. Leyendo a Kafka no puedo menos que comprobar o rechazar la legitimidad
del adjetivo «kafkiano» que escuchamos cada cuarto de hora aplicado a tuertas o a
derechas. Si leo Padres e hijos de Turguéniev o Demonios de Dostoyevski, no puedo
menos que pensar cómo esos personajes han seguido reencarnándose hasta nuestros
días.
La lectura de un clásico debe depararnos cierta sorpresa en relación con la imagen que
de él teníamos. Por eso nunca se recomendará bastante la lectura directa de los textos
originales evitando en lo posible bibliografía crítica, comentarios, interpretaciones. La escuela y la universidad deberían servir para hacernos entender que ningún libro que
hable de un libro dice más que el libro en cuestión; en cambio hacen todo lo posible
para que se crea lo contrario. Por una inversión de valores muy difundida, la
introducción, el aparato crítico, la bibliografía hacen las veces de una cortina de humo
para esconder lo que el texto tiene que decir y que sólo puede decir si se lo deja hablar
sin intermediarios que pretendan saber más que él. Podemos concluir que:
8. Un clásico es una obra que suscita un incesante polvillo de discursos críticos, pero
que la obra se sacude continuamente de encima.
El clásico no nos enseña necesariamente algo que no sabíamos; a veces descubrimos en
él algo que siempre habíamos sabido (o creído saber) pero no sabíamos que él había
sido el primero en decirlo (o se relaciona con él de una manera especial). Y ésta es
también una sorpresa que da mucha satisfacción, como la da siempre el descubrimiento
de un origen, de una relación, de una pertenencia. De todo esto podríamos hacer derivar
una definición del tipo siguiente:
9. Los clásicos son libros que cuanto más cree uno conocerlos de oídas, tanto más
nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad.
Naturalmente, esto ocurre cuando un clásico funciona como tal, esto es, cuando
establece una relación personal con quien lo lee. Si no salta la chispa, no hay nada que
hacer: no se leen los clásicos por deber o por respeto, sino sólopor amor. Salvo en la
escuela: la escuela debe hacerte conocer bien o mal cierto número de clásicos entre los
cuales (o con referencia a los cuales) podrás reconocer después «tus» clásicos. La
escuela está obligada a darte instrumentos para efectuar una elección; pero las
elecciones que cuentan son las que ocurren fuera o después de cualquier escuela.
Sólo en las lecturas desinteresadas puede suceder que te tropieces con el libro que
llegará a ser tu libro. Conozco a un excelente historiador del arte, hombre de vastísimas
lecturas, que entre todos los libros ha concentrado su predilección más honda en Las
aventuras de Pickwick, y con cualquier pretexto cita frases del libro de Dickens, y cada
hecho de la vida lo asocia con episodios pickwickianos. Poco a poco él mismo, el
universo, la verdadera filosofía han adoptado la forma de Las aventuras de Pickwick en
una identificación absoluta.
Llegamos por este camino a una idea de clásico muy alta y exigente:
10. Llámase clásico a un libro que se configura como equivalente del universo, a
semejanza de los antiguos talismanes.
Con esta definición nos acercamos a la idea del libro total, como lo soñaba Mallarmé.
Pero un clásico puede establecer una relación igualmente fuerte de oposición, de
antítesis. Todo lo que Jean-Jacques Rousseau piensa y hace me interesa mucho, pero
todo me inspira un deseo incoercible de contradecirlo, de criticarlo, de discutir con él.
Incide en ello una antipatía personal en el plano temperamental, pero en ese sentido me
bastaría con no leerlo, y en cambio no puedo menos que considerarlo entre mis autores.
Diré por tanto: 11. Tu clásico es aquel que no puede serte indiferente y que te sirve para definirte a ti
mismo en relación y quizás en contraste con él.
Creo que no necesito justificarme si empleo el término «clásico» sin hacer distingos de
antigüedad, de estilo, de autoridad. Lo que para mí distingue al clásico es tal vez sólo un
efecto de resonancia que vale tanto para una obra antigua como para una moderna pero
ya ubicada en una continuidad cultural. Podríamos decir:
12. Un clásico es un libro que está antes que otros clásicos; pero quien haya leído
primero los otros y después lee aquél, reconoce enseguida su lugar en la genealogía.
Al llegar a este punto no puedo seguir aplazando el problema decisivo que es el de
cómo relacionar la lectura de los clásicos con todas las otras lecturas que no son de
clásicos. Problema que va unido a preguntas como: «¿Por qué leer los clásicos en vez de
concentrarse en lecturas que nos hagan entender más a fondo nuestro tiempo?» y
«¿Dónde encontrar el tiempo y la disponibilidad de la mente para leer los clásicos,
excedidos como estamos por el alud de papel impreso de la actualidad?».
Claro que se puede imaginar una persona afortunada que dedique exclusivamente el
«tiempo-lectura» de sus días a leer a Lucrecio, Luciano, Montaigne, Erasmo, Quevedo,
Marlowe, el Discurso del método, el Wilhelm Meister, Coleridge, Ruskin, Proust y
Valéry, con alguna divagación en dirección a Murasaki o las sagas islandesas. Todo esto
sin tener que hacer reseñas de laúltima reedición, ni publicaciones para unas
oposiciones, ni trabajos editoriales con contrato de vencimiento inminente. Para
mantener su dieta sin ninguna contaminación, esa afortunada persona tendría que
abstenerse de leer los periódicos, no dejarse tentar jamás por la última novela o la última
encuesta sociológica. Habría que ver hasta qué punto sería justo y provechoso semejante
rigorismo. La actualidad puede ser trivial y mortificante, pero sin embargo es siempre el
punto donde hemos de situarnos para mirar hacia adelante o hacia atrás. Para poder leer
los libros clásicos hay que establecer desde dónde se los lee. De lo contrario tanto el
libro como el lector se pierden en una nube intemporal. Así pues, el máximo
«rendimiento» de la lectura de los clásicos lo obtiene quien sabe alternarla con una sabia
dosificación de la lectura de actualidad. Y esto no presupone necesariamente una
equilibrada calma interior: puede ser también el fruto de un nerviosismo impaciente, de
una irritada insatisfacción.
Tal vez el ideal sería oír la actualidad como el rumor que nos llega por la ventana y nos
indica los atascos del tráfico y, las perturbaciones meteorológicas, mientras seguimos el
discurrir de los clásicos, que suena claro y articulado en la habitación. Pero ya es mucho
que para los más la presencia de los clásicos se advierta como un retumbo lejano, fuera
de la habitación invadida tanto por la actualidad como por la televisión a todo volumen.
Añadamos por lo tanto:
13. Es clásico lo que tiende a relegar la actualidad a la categoría de ruido de fondo,
pero al mismo tiempo no puede prescindir de ese ruido de fondo.
14. Es clásico lo que persiste como ruido de fondo incluso allí donde la actualidad más
incompatible se impone. Queda el hecho de que leer los clásicos parece estar en contradicción con nuestro ritmo
de vida, que no conoce los tiempos largos, la respiración del otium humanístico, y
también en contradicción con el eclecticismo de nuestra cultura, que nunca sabría
confeccionar un catálogo de los clásicos que convenga a nuestra situación.
Estas eran las condiciones que se presentaron plenamente para Leopardi, dada su vida
en la casa paterna, el culto de la Antigüedad griega y latina y la formidable biblioteca
que le había legado el padre Monaldo, con el anexo de toda la literatura italiana, más la
francesa, con exclusión de las novelas y en general de las novedades editoriales,
relegadas al margen, en el mejor de los casos, para confortación de su hermana («tu
Stendhal», le escribía a Paolina). Sus vivísimas curiosidades científicas e históricas,
Giacomo las satisfacía también con textos que nunca eran demasiado up to date: las
costumbres de los pájaros en Buffon, las momias de Frederick Ruysch en Fontenelle, el
viaje de Colón en Robertson.
Hoy una educación clásica como la del joven Leopardi es impensable, y la biblioteca
del conde Monaldo, sobre todo, ha estallado. Los viejos títulos han sido diezmados pero
los novísimos se han multiplicado proliferando en todas las literaturas y culturas
modernas. No queda más que inventarse cada uno una biblioteca ideal de sus clásicos; y
yo diría que esa biblioteca debería comprender por partes iguales los libros que hemos
leído y para nosotros y los libros que nos proponemos leer y presuponemos que van a
contar para nosotros. Dejando una sección vacía para las sorpresas, los descubrimientos
ocasionales.
Compruebo que Leopardi es el único nombre de la literatura italiana que he citado.
Efecto de la explosión de la biblioteca. Ahora debería reescribir todo el artículo para
que resultara bien claro que los clásicos sirven para entender quiénes somos y adónde
hemos llegado, y por eso los italianos son indispensables justamente para confrontarlos
con los extranjeros, y los extranjeros son indispensables justamente para confrontarlos
con los italianos.
Después tendría que reescribirlo una vez más para que no se crea que los clásicos se han
de leer porque «sirven» para algo. La única razón que se puede aducir es que leer los
clásicos es mejor que no leer los clásicos.
Y si alguien objeta que no vale la pena tanto esfuerzo, citaré a Cioran (que no es un
clásico, al menos de momento, sino un pensador contemporáneo que sólo ahora se
empieza a traducir en Italia): «Mientras le preparaban la cicuta, Sócrates aprendía un
aria para flauta. “¿De qué te va a servir?”, le preguntaron. “Para saberla antes de
morir”». 

Relato / Mohamed, el Tilingo

MOHAMED, EL TILINGO
(O algunas consideraciones sobre un chiste antes de ir al laundry)
N.F.

¿Qué es un tilingo? Un tilingo es aquel que quiere pero no puede. No, no es eso. Un tilingo es aquel que quiere y cree que es eso que quiere. Para decirlo de otra manera: es el que cree que es algo que no es. Ahí va mejor. Digamos: es el que aunque crea que llegó, no lo hará porque los que deciden su arribo no le certifican la meta. Un tilingo, en definitiva, es aquel que se queja por el precio del salmón que come una vez al año pagándolo con los ahorros del aguinaldo.


El término, tilingo, tiene muchas acepciones. Podríamos decir que está emparentado con la alienación o con la falsa conciencia. Muchos autores se ocuparon del concepto que encierra el término. Jauretche lo presentó como una zoncera. Pero no quiero meterme en un berenjenal. Mi intención, con estas líneas, es apenas contar un chiste que escuché en la radio hace pocos días y que, entre risas, me dejó pensando.

Basta de introducciones, lo cuento: 

El relato se divide en tres partes. La escena transcurre en París.

1) Un niño árabe va a la escuela. Es el primer día de clase. La señorita le pregunta cuál es su nombre. Este responde: Mohamed. La señorita, con dulzura le explica que no puede llamarse así en Francia, ese no es un nombre francés. Entonces acariciándole el pelo le dice “desde ahora te llamarás Jean Pierre”.

2) Por la tarde, luego de un día normal de clases, el niño regresa a su casa. La madre le pregunta qué tal le había ido en su primer día. El niño le dice que bien, y que traía una novedad: ya no se llamaba más Mohamed ahora su nombre era Jean Pierre. La madre al escuchar esto se enfurece y le da una paliza mientras le dice “¡Es que acaso reniegas de tus orígenes! ¡Cuando venga del trabajo se lo voy a decir a tu padre!”. Cuando el padre llega y se entera del hecho vuelve a golpear a su hijo llamándolo “indigno” y lo manda a dormir sin comer.

3) Al día siguiente el niño vuelve al colegio. La maestra lo ve triste y golpeado. Le pregunta “¿Qué te pasó Jean Pierre?” El niño responde: “Dos terroristas árabes me atacaron por ser francés”.

El chiste es bueno, el remate es estupendo y el relato es tan jugoso que permite poner el dedo sobre varios puntos. Se me ocurre presentar algunos:

1) La maestra, es amable, como buena europea. Es culta, como lo indica el imaginario occidental, porque todos los franceses son cultos (y usan perfume). Seguro que la maestra (linda sin dudas) no tira bollitos de papel en la calle y cuando anda en su auto frena ni bien ve a un peatón pisar la senda peatonal. No le gusta mucho la inmigración, es cierto, pero como es de buen pensar –socialdemócrata, nada polémico- trata, con buenos modales, de afrancesar a lo extraño que tiene cerca, y busca incorporarle la educación y la mirada central de concebir el mundo.

2) El niño (quitémosle la ingenuidad de la niñez: el niño en esta explicación deja de ser “un infante”) el niño es la figura de cualquier adulto alienado, que sabe cómo son las cosas y por lo tanto conoce sin discusión que el otro es “superior” (¿o hay alguna duda, que para el pensamiento medio, un francés es más que un árabe?). Este se alegra de haberse convertido en francés, de haber sido aceptado en el jardín del edén. Siente que en pocos minutos subió un escalón social. Varios escalones. Ya dejó de ser Margarita ahora lo llaman Margot.

3) En la casa, con razón, los padres árabes se quejan por la falta de personalidad de su hijo para defender su origen (le molesta que se deje convencer tan fácilmente por "el otro") pero como son “incivilizados” (¿o hay alguna duda, que para el pensamiento medio, el árabe es "incivilizado"?) educan a su hijo a los golpes. En vez de explicar pegan. Típico de una pedagogía antigua, retrógrada. Típico de una "cultura menor". 

4) Y en el remate, cuando la maestra francesa, sensible, no violenta como los árabes, la maestra linda, que no tira papeles fuera de cestos y frena apenas ve a un peatón pisando la calle, le pregunta que le pasó este responde ni más ni menos que como un tilingo. (¿o hay alguna duda, que para el pensamiento medio todos los árabes son terroristas?)

Fin. Acá dejo el chistecito. Queda abierto el tema. No tengo tiempo para seguirlo es que debo ir a la tienda de carnes rojas porque en la cena quiero rehogar algunos cortes premium en el wok. Pero antes (¡Dios, me estaba olvidando!) debo pasar por el laundry.